VIDA SANA

«Hay gente que en vez de tomarse un Lexatín se da un atracón»

La coautora del libro «Doctor, ¿por qué no puedo adelgazar?», nos da las claves para vencer la ansiedad por la comida

MadridActualizado:

¿Por qué hay tantas personas que, a pesar de que les gustaría, no consiguen una dieta saludable? ¿Qué les ha sucedido a tantos pacientes con sobrepeso u bbesidad que, pese a haber conseguido perder muchos kilos, en pocos meses vuelven a recuperarlos? En la pérdida de peso, ¿es la voluntad más importante o intervienen otras motivaciones ocultas que ni siquiera sospechamos? A estas y otras dudas da respuesta la doctora Alejandra Menassa, médico internista y psicoanalista, responsable del departamento de Salud Mental de la Clínica Medicina Integrativa y coautora, junto a la psicoanalista Pilar Rojas y otros, del libro «Doctor, ¿por qué no puedo adelgazar?». «Escribimos este libro porque en consulta veíamos a diario que mucha gente fracasaba en las dietas. Nos pusimos a investigar y vimos que muchas de las obesidades que tratábamos tenían su raíz en distintos problemas mentales como la depresión, la ansiedad... etc.».

—Según su libro, la obesidad no está tanto en la genética, como en los factores ambientales, o los hábitos de vida. ¿Nadie nace destinado a ser gordo? ¿Qué hay detrás de los que nunca engordan, y los que comen y directamente se les instala un michelín?

—Nadie nace destinado a ser gordo. La influencia de los genes supone como máximo un 10%, todo lo demás son hábitos. Es cierto que en la obesidad hay un componente genético, pero esa es la excusa que la mayoría de pacientes ponen para no adelgazar, y escudarse en que no hay nada que hacer. Eso no es cierto. La mayoría de los genes que se asocian con la obesidad son genes cuya expresión cambia mucho dependiendo de los factores ambientales, de los hábitos de vida que tengamos en cuanto al consumo de grasas, a la realización de ejercicio, al tabaco, alcohol... Lo que la gente no sabe es que los genes no son, digamos, rígidos e incapaces de transformarse. Hay genes reguladores que se dejan influir. Casi siempre se puede hacer algo. Respecto a aquellos que dicen que comen poco y que engordan, lo que les puede ocurrir es que tienen una alteración genética, un déficit en las proteínas desacoplantes en la mitocondría, que se puede mejorar tomando la coenzima Q-10, entre otros complementos nutricionales.

—Lo relevante de su libro es que apuntan a que adelgazar no solo es una cuestión física sino que el aspecto emocional es determinante. ¿El mito del gordito feliz es mentira?

—Hay muy pocos libros que traten la cuestión de la obesidad dando el peso a la parte emocional o a la parte psíquica, donde se engloban los trastornos de ansiedad. Para mucha gente la comida es una droga ansiolítica. En vez de tomarse un Lexatín, comen o se dan un atracón. Eso les hace aparentemente relajarse pero, ¿cuál es el problema? Que la relajación que produce la comida dura muy poco, y después viene la culpa por haber comido de más. No solucionamos nada. Lo que hay que resolver es la angustia que tiene ese paciente, que generalmente es por problemas o conflictos psíquicos.

—¿Cuál es el trastorno psíquicos más frecuente detrás de los kilos de más?

—Hay muchos. La angustia, la soledad, la depresión... aparecen con frecuencia. Pero la ansiedad por la comida es el problema más frecuente. En el tratamiento de la ansiedad es necesario ver a cada paciente de forma individual, porque cada uno tendrá un motivo diferente que se la produce. En realidad, el estrés no viene tanto de fuera, que si el trabajo o los hijos... Es más una cosa interna, que nace de un conflicto interior de la persona. Puede ser porque no se siente a gusto con la profesión que ha escogido, o porque no sabe si quiere estar con su pareja el resto de su vida. Duda sobre decisiones vitales muy importantes que afectan al sujeto.

—¿Cómo se puede luchar contra la ansiedad por la comida?

—Hay que intentar diferenciar entre el hambre fisiológica «de verdad» del comer por ansiedad. Esa información se distingue por unos síntomas en concreto: En el hambre fisiológica tienen que haber pasado unas horas de la anterior comida, en el hambre por ansiedad uno está comiendo todo el rato, hay un picoteo constante. En el hambre fisiológica se presentan síntomas físicos, ruidos intestinales, uno se vuelve más torpe, más lento, manifiesta peor humor (los síntomas del hambre)… Sin embargo en la ansiedad no hay ruidos, no hay sensación de hipoglucemia, simplemente hay deseo de comer. Cuando el hambre es de verdad, es muy probable que teniendo en cuenta los gustos de cada uno, nos de igual dulce que salado. El hambre de la ansiedad es muy específica y caprichosa, y casi siempre es por algo dulce e hipercalórico que sienta fatal a la salud. Por eso es muy importante aprender a distinguir cuando la comida se ha convertido en un ansiolítico. Solo entonces podremos tratar de sustituir el placer de comer por el placer de, por ejemplo, charlar con un amigo, hablar con alguien o hacer ejercicio, que es algo que calma mucho la ansiedad porque produce sustancias relajantes, libera sustancias tranquilizantes, y es muy recomendable para la gente con obesidad.

—La depresión, según citan en su obra, es otra causa de obesidad muy frecuente. ¿Por qué?

—Primero porque los antidepresivos son orexígenos, es decir, que dan hambre o abren el apetito, y además la depresión te deja en casa sin hacer ninguna actividad física. Los pacientes con depresión tienen además mucha tendencia a comer cosas dulces porque les sube la serotonina, les da sensación de que se encuentran mejor, tienen un pequeño subidón, les sube la glucemia, viene la insulina para bajar la glucemia, y luego tienen un bajón de glucosa, con el correspondiente bajón anímico. Todo el día arriba y abajo. Comer dulces no es la solución. Hay que tratar la depresión con psicoanálisis.

—Ustedes también dan mucha responsabilidad a las madres en la obesidad de los hijos. ¿Por qué?

—Como madre, es importante que eduques a tus hijos no solamente en el aspecto nutricional, también en el emocional. Es fundamental no utilizar el método del premio o castigo con la comida. Es decir, no castigarles sin cenar, sin comer... Los niños son supersensibles a eso, y muchas patologías del adolescente o del mayor (bulimia, anorexia…) tienen que ver con esas restricciones, o castigos que sufrieron de niños.

Otro problema en relación a la comida y la familia suponen las madres que aman a través de la comida. De hecho, hay un exceso de preocupación por la comida, pero la relación con un hijo no se basa en cebarlo. Con el niño se puede conversar, jugar, no hace falta que sea todo mediado por la comida. Por fin la teoría del niño gordito y sano empieza a dejarse atrás. Mientras que los niños crezcan bien no hay que agobiarse con la comida.

—O las que hacen de «coche-escoba», y se comen todo lo que sus hijos dejan en el plato.

—Efectivamente. Esto es superfrecuente. Pero hay que separarse del «otro», en el sentido de que el hijo y la madre son personas distintas. Lo mismo ocurre con las parejas. Es muy habitual también que una mujer engorde cuando tiene una relación con un hombre que es un comilón, y se come la misma ración de espaguetis. No nos identifiquemos con todo lo que hace el otro, somos dos personas, no solo una. Hay que cuidarse siempre por uno mismo, porque vamos a durar muchos años y hay que hacerlo en las mejores condiciones.

—Adelgazar y mantenerse son dos trabajos diferentes. ¿Cuáles son las claves de cada uno?

—Mucha gente adelgaza para volver a comer. Lo fundamental es diferenciar entre hacer una dieta y aprender a comer sano que eso es para toda la vida. Hay veces que comemos con gente que hace que nos siente mal, es importante la gente y el ambiente en el que comes. Hay gente que te pone nerviosa y te hace comer mucho más de lo que tú comerías…

—Últimamente está muy de moda hacer terapia de grupo para adelgazar, y ustedes mismas lo aconsejan y lo llevan a cabo. ¿No podemos adelgazar solos?

—No digo que no se pueda. Pero siempre que se pacta algo con alguien es más fácil de cumplir. Los grupos terapéuticos funcionan muy bien porque la cuestión de la grupalidad es efectiva: Otros me miran, puedo adelgazar «para otros», compartir logros, y estar en un ambiente donde está bien visto adelgazar.

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