Vega pesó al nacer 720 gramos
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Día Mundial del PrematuroPrematuros extremos: una madre cuenta cómo es dar a luz a las 26 semanas

Mar Floria narra su experiencia como madre en el blog «Un día inolvidable»

MADRIDActualizado:

¿Cuantas veces habéis escuchado la maravillosa experiencia de mujeres de la familia al dar a luz? Seguro que millones. Cuando estás embarazada es recurrente que la gente de tu entorno e incluso una señora con la que coincides en la peluquería te cuente su experiencia. Lo normal es que, cansada o no de escuchar estas historias, divagues sobre cómo será ese momento. En mi caso, esperaba mellizos. Estás deseando ver la cara de tus bebés, oír su llanto cuando acaban de salir al mundo por primera vez, descubrir cómo te miran cuando te los apoyan en el pecho y tenemos ese contacto tan maravilloso que es el piel con piel… Sin duda sería un día inolvidable.

Para mí lo fue. No puedo olvidar ni un minuto de ese día y en cambio no se pareció absolutamente nada a lo que había soñado.

Piel con piel. Cuando tus hijos deciden ver el mundo antes de tiempo y nacer en la semana 26, tres meses antes de lo esperado, el contacto piel con piel no existe. Son prematuros extremos. Van a nacer tan pequeños y corren tanto peligro que te avisan de antemano que no los podrás ver y que no los escucharás llorar (no suelen estar preparados). Por muy advertida que estés, escuchar cómo los han sacado de tus entrañas donde ya no los puedes proteger más y se los han entregado a un equipo de la UCI de neonatos es desgarrador.

Mellizos en la semana 26 de gestación

Estás rodeada de gente, de manos expertas, el quirófano parecía el camarote de los hermanos Marx. Había dos ginecólogas con los respectivos equipos de enfermeras, la anestesista y sus auxiliares, y un pediatra neonatólogo y dos enfermeras por cada niño. Y aún así estás más sola que nunca, se han llevado a tus hijos, no sabes nada de ellos y no tienes a tu marido para compartir ese momento porque no le dejan entrar. No es un parto al uso.

La necesidad de saber. A pesar de todo, necesitas que alguien te informe sobre cómo están los pequeños. ¿Respiran? ¿Se mueven? ¿Están vivos?. Mientras mis ginecólogas intentaban recolocar todo lo que habían tenido que desplazar y dejarme una hermosa cicatriz, recurrí a la única cara que veía disponible, la de la anestesista. Muy amablemente me dijo que los había visto muy bien y que incluso habían llorado (me lo quise creer).

El que espera desespera. Sabía que mi sufrimiento y sobre todo mi intranquilidad no eran nada en comparación de lo que debían estar pasando mi marido y mi madre a las puertas de los quirófanos y mi padre viniendo hacia el hospital. Temían por los niños, por saber cómo estarían, y temían por mí. Nunca me habían visto sufrir tanto como con las contracciones. Una vez que asumí que mis hijos estaban en las mejores manos, mi obsesión fue que me bajaran pronto a la habitación para que mi familia me viera la cara y quitarles al menos uno de los enormes yunques que tanto les pesaban en ese momento.

Flashback: las contracciones. Mi hija se movía de lado a lado de la tripa, no sabía qué pasaba, me moría de dolor, cada vez era más rápido y ni siquiera estaba segura de que fueran contracciones (vaya si lo eran). Llevaba 15 días ingresada en el hospital en reposo absoluto desde la rotura de la bolsa de mi hijo en la semana 24. Mi objetivo era llegar a la semana 28. El dolor era insoportable, mi madre intentaba calmar mi dolor y nerviosismo, mi marido me daba su mano y confiaba que las doctoras me lo pararan y pudiera seguir cuidando a los niños dentro de mí. Creo que mi primer acto de «malamadre» fue decir «que los saquen ya», y eso que creía conocer los riesgos. La decisión evidentemente no fue mía, el parto era imparable.

Fotos. El médico responsable de la UCI me pidió que no subiera a conocer a mis hijos hasta pasadas 24 horas. ¿Os imagináis? No le costó mucho convencerme cuando me dijo que allí estaban para atender a los niños y no a sus madres y a mí me acababan de operar. La cesárea es considerada cirugía mayor. La primera vez que vi a mis pequeños fue por foto. Mi marido bajó corriendo a enseñármelas para que pudiera ver su carita.

Desde luego fue un de los días más difíciles de mi vida. No fue un día maravilloso pero sí un día inolvidable y aún me quedaban muchos más por vivir.

Puedes seguir la historia complenta pinchando en este link: Un día inolvidable

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