¡Cuidado, llegan las vacaciones!

Claves para no convertir las vacaciones en un constante conflicto con los hijos

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Por fin llega un merecido descanso tras tanto madrugón y esfuerzo por tener los deberes escolares hechos y sacar adelante los exámenes. A partir de ahora, los niños estarán en casa casi tres meses y para muchos padres esto se convierte en un grave problema.

Es el momento de «tirar de agenda» y buscar canguro, o convencer a familiares —normalmente a los abuelos— para que se queden con los niños mientras los padres trabajan o, aunque más costoso, elegir un campamento al que llevarles.

A pesar de llegar este momento que parece de liberación a las ataduras de las rutinas del resto del año, aparecen otros conflictos añadidos propios de estas fechas: los deberes para el verano, nuevas las normas, la disciplina, los horarios estivales...

Los deberes durante el verano tienen partidarios y detractores. Para los primeros son necesarios porque en septiembre los niños vuelven «en blanco» y no se acuerdan de los aprendido durante el curso, mientras que otros padres consideran que los niños deben descansar, jugar y disfrutar. Más allá de estas opiniones, Patricia Díaz-Caneja Sela, pedagoga y autora de «Un bosque tranquilo. Mindfulnes para niños», el cuadernillo en cuestión que las familias han tenido que comprar se convierte ya en un motivo más de estrés y de discusión. «Los niños no lo quieren hacer, los padres no quieren estar con sus hijos haciendo el cuadernillo, y menos estar detrás de ellos. Al final, bajar a la piscina se convierte en un regalo en muchas ocasiones para aquellos niños que han hecho sus deberes».

Esta experta asegura que las tareas de la casa —hacerse la cama, recoger el desayuno, ir a comprar el pan, incluso quedarse con algún hermano— son otros de los problemas que a menudo aparecen durante los meses de julio y agosto. «Los niños ya no tienen que ir al colegio, pero se les dan responsabilidades “porque no va a estar todo el día sin hacer nada”».

Los horarios, especialmente en los adolescentes, también pueden traer de cabeza a los padres. «Esos seres entre niños y adultos que parecen estar cansados todo el día, que se levantan al mediodía para tumbarse en el sofá viendo la televisión con la mirada perdida, mientras no pierden de vista el móvil —puntualiza—. Hay padres que lo permiten y padres que luchan contra ello».

Patricia Díaz-Caneja Sela no pretende indicar qué deben hacer los padres, pero sí quiere invitarles a una reflexión. «Sea cual sea el criterio, sea cual sea la postura tomada, la decisión debe ser responsable y no impulsiva».

La felicidad es una opción

Por eso, antes de comenzar una discusión, esta experta recomienda lo siguiente:

Indaga: ¿Por qué me molesto cuando veo a mi hijo tirado en el sofá?, ¿qué hacía yo a su edad?, ¿me dejaban mis padres, o no? Si la respuesta es algo así como «porque eso no se puede permitir», o «es como me han educado a mi”», debemos volver a ella, y averiguar cuál es la razón última. A veces detrás hay miedo, o incluso nos sentimos reflejados en ellos, o nos muestran lo que nosotros desearíamos estar haciendo.

Observa tu modelo: ¿trabajo yo durante las vacaciones? ¿hago yo mi cama, recojo el desayuno?

Revisa cómo se plantean las nuevas normas: aunque los padres piensen que es lógico que durante las vacaciones el niño o adolescente colabore más en casa, los hijos no siempre lo comprenden. Un cambio en la organización también les afecta a ellos. Las nuevas normas deben darse explícitamente, sin dar nada por sabido, aunque nos parezca lógico.

Prioriza. si pretendemos poner de golpe 10 normas, todas ellas con la misma importancia, será muy difícil cumplirlas. Elijamos una o dos, y en todo caso vayamos ampliándolas poco a poco. No todo es igual de importante.

Valora: da más importancia a buscar los momentos agradables que los desagradables. Piénsalo: ¿Qué es más importante, pasar un rato agradable en la playa o en la piscina o en cine o en un restaurante...? o ¿estar en casa enfadados porque no ha hecho la página de lectura?

Esta experta recomienda no convertir las vacaciones en un constante conflicto. «Si esto ocurre, seamos humildes y no echemos toda la culpa a los chicos. Los adultos también podemos aprender y ser flexibles. A final, todos buscamos lo mismo: descansar y ser felices. Y la felicidad es una opción», explica.

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