JUANJO MARTIN

Finito de Córdoba recupera su nariz original y la autoestima

Dos rinoplastias fallidas restaron calidad de vida al torero. Ahora, y tras una tercera y exitosa intervención, cuentasu experiencia

Teresa de la Cierva
MADRIDActualizado:

Cada vez son más los casos de los hombres que no tienen ningún reparo en confesar que la cirugía plástica puede hacer mucho por su autoestima, y su salud. Es el caso de Juan Serrano, el nombre real del diestro de Finito de Córdoba, que tuvo que someterse a dos urgentes (y fallidas) operaciones de nariz tras sufrir una cogida en la plaza de Burgos, en 2004; años más tarde, tuvo que volver a ser intervenido por un cirujano estético para reparar las consecuencias de los errores anteriores. «Recurrí al doctor Pedro Arquero, referente internacional en rinoplastias secundarias (narices que ya han sido operadas), porque estaba desesperado con el resultado de mis reconstrucción nasales, que no fueron afortunadas, y me afectaron mucho anímica y físicamente», confiesa el torero.

«Cuando me rompí la nariz en la plaza burgalesa me operé de urgencia con un otorrino, porque me quedaban todavía 46 corridas de toros, y no podía cortar la temporada», cuenta el diestro a ABC. «Pero me dejó una nariz “de tobogán” con una funcionalidad limitada, porque, al estar hundida, no me dejaba respirar bien. No dormía una sola noche de corrido». Esto dañó su imagen, pero, sobre todo, su calidad de vida. Y decidió volver a pasar por el quirófano, esta vez de manos de un maxilofacial. «Pero el resultado siguió sin ser satisfactorio. Me dejaron uno de los lados obstruido completamente y el otro, en algunos climas se bloqueaba, y tenía que respirar solo por la boca», declara el torero. «Recuerdo especialmente lo mal que lo pasé ese año toreando en México. Que está a más de 2.000 metros sobre el nivel del mar», señala. Y no solo estaba incómodo funcionalmente. «No me reconocía cuando me miraba al espejo», afirma.

Su mujer, Arancha del Sol, que le acompaña callada durante la entrevista, solo interviene para decir que a ella le gustaba igual, pero el problema era que él no se sentía a gusto consigo mismo: «Repercutía en mi profesión ya que sentía que, si ni yo mismo me reconocía, el publico tampoco lo haría». Recuerda con pesar cómo, en la Plaza de Toros de San Sebastián, los hermanos Chopera le vieron acercarse con el capote de paseo, y le dijeron: «Si no es por el traje de luces, no habríamos sabido que eras tú». Esa fue la gota que colmó el vaso. «Uno de los muchos días en los que me desvelaba por la dificultad de respiración, me puse a navegar por la red en busca de médicos que pudieran darme solución. Me planteé incuso irme a Brasil a ver a Ivo Pitanguy, el máximo exponente de la cirugía plástica mundial. Pero me encontré con el testimonio de una mujer que había pasado por circunstancias similares, que escribía que, si tuviera que empezar de nuevo, sólo se pondría en manos del doctor Pedro Arquero (que fue parte del equipo del cirujano brasileño)».

Un artista

Decidió entonces ir a verle, y fue un flechazo a primera vista. «Y los toreros tenemos una psicología muy desarrollada», apunta el maestro. Desde el primer momento, supo que estaba en las manos apropiadas. «Es un artista», asegura Finito. Arquero fue pintor y escultor antes que cirujano, y ese sentido de la estética se traslada a su oficio. Le pidió a su paciente fotos anteriores al accidente y, con el cartílago de una costilla, le modeló una nariz idéntica y le devolvió su funcionalidad. «Adiós a mis noches en vela y a enfrentarme con un desconocido en el espejo», concluye feliz.