La periodista Rosa Belmonte habla con Alberto Isla en el Bingo Las Vegas
La periodista Rosa Belmonte habla con Alberto Isla en el Bingo Las Vegas - abc

Así es Bingo Las Vegas, donde trabaja Alberto Isla

El exnovio de Chabelita recomienda el cóctel Isla Margarita

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Cuando en el barrio de Salamanca se celebra la Fashion’s Night Out, hay que huir a San Blas. Al bingo. El bingo es verdad (y es posible que hasta sea hipster). Tengo una falta. Pero la culpa no es de Alberto Isla, pobre, a quien ya vemos como al Woody Allen disfrazado de espermatozoide. No sé cómo lo han contratado en el Bingo Las Vegas y no en BioSperm. La falta es de riego en el cerebro cuando tengo que mirar mi cartón y no veo los números (qué grande es ese cantor de bolas que dice sieta por siete). Y encima, el dueño del establecimiento contándome cosas interesantísimas, como que la gente que fuma juega más. Entiendo que está acostumbrado a la inteligencia prodigiosa de una binguera normal. Una como la que tenía en la mesa de al lado, que hojeaba el «¡Hola!», manejaba varios cartones y atendía a Rosa Valenty, la relaciones públicas del local. Creo que podría haberse leído a la vez el «Finnegans Wake» de Joyce y montar una estantería de Ikea.

Además, yo estaba fascinada por la sala. Por los cisnes de cristal. Por las lámparas Tiffany. Por el jardín vertical de la terraza (como en Gstaad). Por las columnas doradas de fuste estriado (sin basa). Por la figura del Tío Gilito. Y por la legendaria Mesa 1, la que ocupaba Sara Montiel, que no jugaba, con su hermana Elpidia, que sí. Un día, Sara Montiel cantó las bolas en el Bingo Las Vegas. Me habría venido bien la lentitud («Ellll uno»). Debió de ser un acontecimiento similar a María Callas en Epidauro. También es la mesa de Bárbara Rey, que prefiere la tablet a mirar los cartones. La tablet te puede llevar hasta 60 cartones. Pero el bingo lo tienes que cantar tú (me da tanta vergüenza que creo que si una vez me tocara no lo diría por no levantar la voz).

Estába haciéndome fotos de documentación (con un cartón pegado en la frente), cuando apareció Alberto (pil)Isla para tomarnos nota. Nos recomendó un cóctel Isla Margarita, que él mismo preparó. Es encantador. No me extraña que tenga esa mano con las chiquillas. Yo, porque podría ser mi hijo (aunque no me veo con tantos nietos, que luego te los encasquetan). Si cristaliza en adoquín, no lo sé. Y eso que los adoquines, como los enanos de Monterroso, tenemos un sexto sentido para reconocernos. Sólo fantaseo con ese momento de la concepción y este muchacho cantando bingo.