Salvador Sostres

Piqué y los años deprimentes

El Barça de la queja es el de la historia negra de antes de Cruyff, el eterno levantador de Recopas, el que era tan mediocre que no era capaz de entender por qué perdía

Salvador Sostres
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Se conoce que el Barça no está bien y no es por los resultados sino porque vuelve a quejarse. El Barça de la queja es el de la historia negra de antes de que Cruyff llegara, el eterno levantador de Recopas, el que era tan mediocre que no era capaz de entender por qué perdía, el de unos aficionados que crucificaron a Guruceta para no tener que afrontar que Franco en todo les benefició salvo en los penaltis y por eso pudo morir en paz y en su cama.

Las eras de Cruyff y Guardiola han sido una excepción en un club que ni está acostumbrado a ganar ni es lo que le hace sentir mejor. El barcelonismo –como el catalanismo– se siente más cómodo en la derrota y en el agravio, en la queja por el penalti que no fue, y así Guruceta y Brito Arceo son figuras que unen y mucho más al socio que Johan, Laporta o Pep, que siempre fueron odiados como mínimo por la mitad de la familia culé. La alegría no es nuestro sentimiento y nos gusta mucho más quejarnos que ganar. Gerard Piqué, nieto de Amador Bernabéu, histórico directivo de las juntas directivas de Núñez, entronca con la estética y la ética de su abuelo.

Cruyff y Pep impusieron la norma de no quejarse, aunque el primero recorría con frecuencia al humor para meter presión cuando le interesaba, y el segundo, en su princesismo tan inconmensurable como calculado, supo crear momentos como el del «puto amo» para acompañar a Mourinho en el circo mediático. Pero los dos sabían que ganar era su obligación, y cuando perdían sabían mejor que nadie por qué habían perdido y mejoraban en los siguientes partidos.

Quejarse es más fácil que mejorar y Piqué, como su abuelo en los años deprimentes del nuñismo, gesticula hacia el palco o desprecia a los árbitros no porque la indignación le supere y no pueda controlarse, sino porque éste es su entretenimiento de niño mimado, su modo de afirmarse tal como si no fuera deportista hubiera sido el primero de su clase en fumar o en meterse cualquier cosa. No hay peor macarra que el que tiene la vida solucionada, porque se le ve la trampa como el hilo a los supermanes demasiado restaurados.

Messi o Cristiano, siendo en genialidad y trayectoria muy superiores a Piqué, nunca se han dirigido groseramente al palco ni han usado su poder e influencia para hacer el indio al amparo de su repercusión mediática. Los dos han sido elegidos capitanes de sus equipos por sus compañeros, y Piqué, que nunca ha contado con este reconocimiento, pretende ejercer directamente de presidente desde el terreno de juego, tratando de emular a Sergio Ramos subiendo a rematar de cabeza en los momentos críticos, sin haber resuelto de momento ninguno; o haciendo ver que tira del equipo cuando todo el mundo sabe que de quien depende el Barça es de Messi y algunos días de Iniesta.

Luis Enrique sabe lo que quiere pero no tiene la personalidad de Pep o Cruyff, ni Bartomeu la de Laporta, de modo que va a ser difícil que le hagan ver a Piqué que hace el ridículo en su retórica de niño malcriado que se cree con derecho a tutear a las visitas. Nadie le niega que es uno de los mejores centrales de Europa, pero un alumno de La Salle como él tendría que saber que los que más se hacen los héroes son los que menos consiguen serlo, y que las energías gastadas en gesticular no repercuten en el talento sino que se desvanecen entre las sábanas del fantasma.

El Madrid tendría que abrazar a barcelonistas como Piqué porque no hay nada como un bufón quejica –y si es de buena familia, mejor– para enredar a un equipo en tensiones estériles y hacerle perder la concentración en lo que verdaderamente importa. Nada distrae más que el ruido del fútbol de precisión que Cruyff y Guardiola nos enseñaron.

En el momento surrealista que vive Cataluña, el Barça no podía ser menos. Es lo mismo la frivolidad de Puigdemont diciendo que el año que viene no será presidente, justo en medio del enrevesado proceso que se supone que lidera, que Piqué jugando a ser Francesc Macià desde el eje de la defensa.

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