Copa Confederaciones: Brasil destroza a España
Luiz Gustavo intenta cortar un avance de Mata - efe

Copa Confederaciones: Brasil destroza a España

Una Brasil más vitalista, y ayudada en su presión por el árbitro, se mostró muy superior a una España apocada (3-0). Piqué, expulsado en la segunda parte

Actualizado:

Todo empezó mal, siguió regular y acabó peor que mal. A España le pasó de todo y todo malo, sobre todo un gol tempranero en un follón de narices: un balón que cayó del cielo, dio en dos cabezas, un brazo, una cadera, parecía que ese muerto redondo era de Casillas cuando Fred metió el borceguí desde el suelo y burló las manos de Íker, que se vio sorprendido como los pistoleros a los que le fusilan con el revólver de pequeño calibre sacado de la manga (en suma, Christoph Walz a Leonardo di Caprio en «Django»). Eso solo fue un accidente, pero a partir de ahí todo fue a mal.

España se vio presionada en todo el campo por unos rivales más metidos, más concentrados y más ayudados. El tal Kuipers permitió todo y más para que esa presión saliese a flote. Cuando, por mor del talento español se salía de la cueva, allí iba el hierro brasileño mientras que el árbitro holandés miraba vergonzosamente para el otro lado. Mejor que la letra hablan las cifras: 17 faltas brasileñas, algunas tomadas de tres en tres y casi siempre a Iniesta, pero el resultado fue dos tarjetas amarillas a España y cero a Brasil. Una canallada.

Pero no nos engañemos. Eso fue solo un factor que no alteró el producto. Brasil ocupó el campo más y mejor, se refugió con vitalidad en ese gol de churro pero que valía como el que más y luego salió a la contra aprovechando el desorden español, que fue general en todo el campo pero intolerable en el costado derecho donde Neymar hizo su agosto a costa de un Arbeloa desdichado, muy desdichado. El problema no es que perdiera la batalla en el uno contra uno, sino que lo perdió por colocarse mal. Asustado, se refugió bajo las alas de Piqué en vez de encimar a Neymar, lo que hizo que aquel costado fuese un agujero por el que España se desangró con velocidad.

Y tampoco hubo suerte. En el poco rato en el que España, agotada Brasil, pudo salir y tocar, logró alguna que otra ocasión de gol pero la más clara, de Pedro, la sacó David Luiz en un prodigioso despeje, de esos que de cien veces 99 es gol en propia meta, menos esta, que salió por encima del larguero. Lo cierto es que los de Del Bosque iban a cámara lenta al lado de los brasileños, bien aprendida la lección, echando todos los pulmones en un periodo en el que sabían que podían sacar tajada, y si era máxima mejor porque luego el cerrojo permitiría a la pentacampeona encerrarse y salir a la contra. Fue lo que hizo en el final de un primer periodo fantasmal para España. Un nuevo error, gravísimo, de Arbeloa dejó solo a Neymar, permitiéndole además meter un zurzado cercano que superó a Casillas.

Aquello se puso muy difícil, más que por el resultado, por las sensaciones. Tan mal lo debió de ver Del Bosque que en el minuto 22 ya estaba calentando Azpilicueta para sustituir a Arbeloa, pero el mal ya estaba hecho. Brasil había sido más en todo: vitalista, presionante, aguerrida y con más convicción. Paulinho se metió encima de Xavi y España no carburó.

La Copa Confederaciones no es importante, pero que Brasil te pinte la cara de esta manera sí lo es, y más en Maracaná y con todo el globo mirando. Así que en la segunda parte España se puso a la tarea de, al menos, morir de pie.

Pero apenas lo consiguió. Nada más salir llegó el tercero, en pleno desconcierto con un balón por debajo de unas piernas, Casillas que toca y no despeja. Un desastre total que se vio acrecentado con un penalti tirado fuera por Ramos cortando toda intentona de remontada.

De esas noches en las que uno no está para nada, de esas que es mejor decir voy a por tabaco y no vuelvo, porque todo fue un bochorno.

España estuvo en el alambre todo el partido. Con un marcador tan favorable, Brasil se podía permitir todos los lujos del mundo, cerrarse y en cuanto recuperaba soltar un balón largo para los de arriba, veloces, salvaran la presión de Busquets y dejaran sin flotador a la zaga española, que estuvo en jaque durante todo el encuentro.

En España medio equipo estaba que no le podía ni con las cejas y a los que podían les cosían a patadas mientras Kuipers seguía sin mostrar una sola tarjeta menos a Piqué, al que enseño la roja y ya que todo era casi imposible, se volvió imposible del todo. Desde ese momento, lo mejor que le podía pasar a España era no recibir una goleada de escándalo. Al menos eso lo logró.