AjedrezKarpov y Korchnoi, cuarenta años de la guerra más sucia

Protagonizaron en 1978 un Mundial de Ajedrez que superó por sus polémicas el Spassky-Fischer

MADRIDActualizado:

Se podría hilvanar un relato solo con los pies de las fotos halladas en el Archivo de ABC. En una, Viktor Korchnoi exige la colocación de un espejo entre los jugadores y el público para eludir el influjo de Zukhar, parapsicólogo que formaba parte del equipo de Anatoly Karpov. En otra, este protesta por la presencia de Stephen Dwyer, «místico norteamericano» contratado para contrarrestar cualquier intento de hipnosis. En una de las imágenes de arriba, Korchnoi hace yoga escoltado por Didi y Dada, dos miembros de Ananda Marga -según los rusos, una secta-, sobre los que además pesaba una orden de arresto por asesinato. En otra foto vemos cómo revisan la butaca de Karpov, quien solicita que la eleven. No faltaron las protestas de Korchnoi, primero para que liberaran a su familia, retenida en la URSS, y luego para denunciar que a su rival le daban yogures con distintos sabores como mensajes en clave.

El de 1978 fue un Mundial extraño. Se jugó en la Filipinas de Ferdinand Marcos con la sonora ausencia de Bobby Fischer, desposeído del título por negarse a defenderlo en 1975 según las reglas de la FIDE. Korchnoi acababa de perder contra Karpov la final del torneo de Candidatos, lo que en la práctica le dio el título al héroe de los Urales. En «El ajedrez es mi vida», Korchnoi cuenta, por cierto, que se reunió con Fischer en Pasadena en 1977, pero el americano creyó, resulta irónico, que era un emisario del KGB.

En Baguio, un año después, el disidente se enfrentaba al hijo predilecto del sistema, empeñado en demostrar que no le habían regalado la corona. El duelo duró tres meses agotadores y en algunos aspectos superó en controversia al de 1972 entre Spassky y Fischer. De la guerra fría se había pasado a la guerra sucia. Para los soviéticos, Korchnoi era un desertor. Según él, lo apartaron cuando se negó a amañar partidas y redactar informes para el KGB en los torneos en el extranjero. No tardó en huir del país, pero su familia quedó atrás. Su hijo fue incluso encarcelado, un chantaje emocional que impedía al gran maestro rendir al mejor nivel. El régimen lo acusó de ser un mal padre y marido que no dudaba en utilizarlos para hacerse la víctima.

El Mundial de Baguio -organizado por Florencio Campomanes, futuro presidente de la FIDE- se jugó sin banderas ante la negativa soviética a que Korchnoi, un «apátrida», utilizara la de Suiza. Fue un festival de escándalos en el que los parapsicólogos tenían tanta importancia como los analistas, como mínimo por su efecto placebo. Con Zukhar, Karpov se puso 5-2, a una victoria del triunfo (había que ganar seis y las tablas no contaban). Viktor el Terrible no se rindió. Se puso gafas de espejo y reclutó a sus anaranjados amigos de Ananda Marga. Milagrosamente, empató a cinco. Cualquier cosa podía pasar, pero Karpov se rehízo, ganó la partida definitiva y dejó a Korchnoi marcado como gran segundón de la historia. En el siguiente Mundial, en 1981, volvieron a verse las caras en Merano (Italia), pero el tiempo corría a favor del campeón, más joven, que se dio un paseo.

Las sospechas de hipnosis no fueron algo nuevo en Filipinas. Korchnoi relata varios sucesos atípicos en sus encuentros con Spassky. Dice que Bondareski, entrenador de su oponente, trabajó con Wolf Messing, famoso por sus sesiones de hipnosis de masas. Incluso Stalin se interesó por él. Hoy los grandes maestros no hablan de estas cosas. Y juegan mejor.