La soprano Malin Byström, en «Capriccio»
La soprano Malin Byström, en «Capriccio» - Javier del Real

El Teatro Real estrena el testamento artístico de Richard Strauss

«Capriccio», la última ópera del compositor alemán, es una alegoría sobre el género

MadridActualizado:

«Prima le parole, dopo la musica!», exclama, tranquilo pero decidido, el dramaturgo Oliver; «Prima la musica, dopo le parole», le contesta violentamente el compositor Flammand. Ya en las primeras frases de su ópera «Capriccio», Richard Strauss plantea la columna vertebral del planteamiento de la que se convertiría en su última obra para la escena: ¿qué importa más en la ópera, las palabras o la música? «Stefan Zweig y Richard Strauss concibieron “Capriccio” -dice Joan Matabosch, director artístico del Teatro Real- a la manera de los diálogos platónicos, como una reflexión sobre la ópera. ¿Debe predominar el texto o la música? ¿Cómo logra la música subrayar el subtexto de la poesía y sus profundidades emocionales? ¿Qué aporta la dramaturgia, la interpretación, la maquinaria y la danza?»

La obra, que Matabosch califica como «el testamento artístico de Richard Strauss, y uno de los títulos más singulares y originales no solo de la producción de su autor, sino de la historia del género», se estrenó el 28 de octubre de 1942 en la Staatsoper de Munich, y las funciones, que arrancarán el próximo lunes 27, supondrán su estreno en el Teatro Real. «Se trata de un acontecimiento mayúsculo, que cierra prácticamente las celebraciones del bicentenario del teatro», añade Matabosch.

Coproducción

«Capriccio» se presenta en una nueva coproducción con la Opernhaus de Zúrich, que verá la luz en Madrid. Su creador es el director de escena alemán Christof Loy, mientras que la dirección musical es del israelí Asher Fisch. El reparto lo encabeza la soprano sueca Malin Byström, que encarna a la Condesa Madeleine; le acompañan Josef Wagner, Norman Reinhardt, André Schuen, Christof Fischesser, Theresa Kronthaler, John Graham-Hall, Leonor Bonilla, Juan José de León y Torben Jürgens, en los principales papeles.

Significativamente situada en un castillo cerca de París alrededor de 1775, en el momento en el que Christoph Willibald Gluck comenzó su reforma del género operístico, «Capriccio» cuenta la historia de la Condesa Madeleine, una mujer que se siente atraída por dos hombres: Oliver, el poeta, y Flamand, el compositor. «Este corazón dividido -asegura Christof Loy- es una metáfora del conflicto de la vida; ese decidir entre drama y música refleja el conflicto de construir nuestra propia vida. Para Strauss, no hay respuesta a esa duda; como dice la Condesa, si hay que elegir entre dos opciones, uno siempre pierde. Yo necesito ambas».

«La palabra -añade Fisch- era la inspiración para Richard Strauss, que solo en sus primeros años compuso obras sinfónicas, y casi todas con una historia detrás». De hecho, el compositor alemán escribió ya en 1889, con apenas 25 años de edad: «Nuestro arte es expresivo, y una obra musical que no tenga ningún contenido poético que comunicarme es para mí cualquier cosa menos música. Naturalmente, se trata de un contenido que no pueda ser representado más que con sonidos, y que con palabras sólo pueda ser sugerido».

Ópera en guerra

Escrita durante la II Guerra Mundial, «Capriccio» es también, dice Matabosch, una respuesta a los deseos del régimen nazi de combatir también con el arte. «El Führer quería un arte marcial, viril, grandioso, solemne, que levantara al pueblo. La respuesta de Richard Strauss iba a ser una auténtica insolencia: una refinada controversia intelectual sobre la ópera que, encima, es un homenaje a la Francia que acababa de ser ocupada».

Una de las características principales de «Capriccio», en cuya escritura del libreto colaboró el director de orquesta Clemens Krauss, es su carácter conversacional. De hecho, Richard Strauss la define como «Conversación con música en un acto». «El compositor -cuenta Fisch- dejó instrucciones muy precisas de cómo afrontar la interpretación de esta obra, en un estilo similar al del prólogo de “Ariadne auf Naxos”. El reto para mí es ser fiel a sus deseos». Este estilo, sin embargo, se rompe en la gran escena final, en la que cambia de estilo, vuelve a su habitual suntuosidad orquestal y aparece el sonido que, sigue Fisch, «escuchamos en ópera como “Arabella” o “El caballero de la rosa”». El director de orquesta tiene una teoría de por qué el cambio de estilo: «esta obra supone, de alguna manera, una revisión de su vida y de su legado artístico».