Arca, durante su actuación de anoche en el Sónar
Arca, durante su actuación de anoche en el Sónar - EFE

El Sónar recupera el ritmo con las mutaciones de Arca y Lotic

El festival barcelonés estrenó ayer su edición más problemática con un aparente halo de normalidad

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Con los dedos cruzados por si a Bad Bunnyle da por sumarse a la serie de catastróficas desdichas que parecen haberse conjurado contra el festival (el puertorriqueño interrumpió su gira europea para sumarse a las protestas contra el gobernador Ricardo Rosello, aunque su presencia mañana en Barcelona está garantizada), el Sónar estrenó ayer su edición más problemática con un aparente halo de normalidad.

Aparente porque el retraso de un mes respecto a sus fechas habituales trajo algo más de calor a la Fira de Barcelona, esponjó ligeramente la afluencia en algunos escenarios y, qué diantres, porque muy normal tampoco es entrar en el recinto y encontrarse a los percusionistas de Dengue Dengue Dengue bailando claqué. Sí, claqué. En el Sónar. Así que al mal tiempo buena cara, a las penas puñalás y al cambio de fechas unilateral un poco de claqué desengrasante.

Lo de los peruanos, claro, fue la excepción en una jornada de estreno que, como viene siendo habitual en las últimas ediciones, estuvo marcada por el riesgo, la experimentación al límite y los diálogos interdisciplinares entre música, imagen y casi cualquier cosa que uno sea capaz de imaginar. En la puerta, el sindicato de riggers se manifestaba en señal de protesta por cómo se ha dirimido el conflicto laboral entre montadores y Fira de Barcelona, pero dentro del vallado todo iba según lo previsto, con el público escondiéndose del calor y tomándole la medida a los nuevos sonidos urbanos y la electrónica de vanguardia.

El japonés Daito Manabe, por ejemplo, se presentó con su proyecto «Dissonant Imaginary», una colaboración con el neurólogo Yukiyasu Kamitani que convierte en imágenes, crujidos electrónicos e incluso relinchos de caballo manipulados las señales del cerebro. Una experiencia extrema que, sin embargo, no se tradujo en esa colaboración en tiempo real que muchos esperaban, sino en la retorcida banda sonora de un cerebro en llamas.

Estridencias y conceptos

Antes de que el japonés sacase a pasear sus conexiones neuronales, el productor texano Lotic ya se había encerrado en una corona reactiva de luz prismática, algo así como una crisálida de luz mutante desde la que se reivindicó como alternativa estridente y con vistas al grime de Arca. La venezolana, colaboradora habitual de Björk y pieza clave del mapa sonoro de la electrónica contemporánea, era uno de los nombres más esperados de la jornada y respondió a la expectación generada con un show de alto impacto visual. Ahí estaba la productora, vestida como la versión sado de un elfo negro y desparramando sobre el público que minutos antes había colapsado los accesos al Hall su electrónica dramática e hipersensible.

En escena, un cabaret mutante y futurista con cambios del exiguo vestuario en directo, perfume vaporizado sobre las primeras filas y un par de plataformas para escenificar una suerte de tragedia griega portátil y sintetizada. Un montaje que buscaba la provocación a partir de la transformación que ha vivido la propia artista, Alejandro la última vez que pisó el Sónar, y en el que los injertos electrónicos compartían protagonismo con las baladas épicas servidas junto a artistas invitadas como Susanne Oberbeck, de No Bra. Puede que conceptualmente fuese un lío y que a ratos la cosa bordease el folclorismo para millennials, sí, pero la autora de «Mutant» se consagró una vez más como artista fetiche del Sónar.