La cantante Amy Winehouse
La cantante Amy Winehouse - REUTERS

Cinco años sin Amy Winehouse

En el quinto aniversario de su muerte, recordamos la columna que Juan Manuel de Prada dedicó a la cantante de soul tras su fallecimiento

MADRIDActualizado:

No me ha extrañado leer la noticia de su muerte; o más exactamente, leerla me ha producido esa sensación de melancolía cansada que nos provocan los periódicos viejos que amarillean en el fondo de un armario, cuando en mitad de una mudanza los descubrimos y volvemos a pasear la mirada por sus titulares caducos, reliquias tristes de un mundo que ya no existe.

Amy Winehouse llevaba mucho tiempo muerta; y aunque su nombre seguía saliendo de vez en cuando en los periódicos, casi siempre envuelto en escándalos chuscos o situaciones patéticas, era un nombre que invocaba un fantasma, un ánima en pena, extraviada en los pasadizos de su propia aniquilación. En un pasaje de Blade Runner, Turkel, el «dios de la biomecánica», le dice a Roy Batty, el replicante interpretado por Rutger Hauer, que las vidas cortas brillan más; «y tú—apostilla— has brillado muy intensamente». También Amy Winheouse había brillado muy intensamente, con ese brillo estragador de las criaturas capaces de vislumbrar las llamas del infierno y, todavía más, de atraerlas a su propia vida, consumiéndose en su fuego; y era ese brillo de una vida arrojada a las llamas, en combustión aflictiva e inexorable, lo que la envolvía en una particular aureola de tragedia, a la vez atractiva y repelente, como es la atracción que ejercen el abismo y la pulsión autodestructiva.

Hay quienes dicen que Amy Winehouse era una mentecata, un juguete roto, un producto del cálculo comercial y la impostura; yo creo que en su vida, aspaventera y desnortada, había sin embargo un dolor verdadero, que nacía de la aproximación a ese límite borrascoso que sólo las almas muy sensibles y muy rotas son capaces de vislumbrar y abrazar, hasta fundirse con él, como las polillas vislumbran y se abrazan a la luz que las calcina. Hay almas muy sensibles y muy rotas que hallan una luz divina que las rescata, sana y recompone; y hay almas muy sensibles y muy rotas que se arrojan a una luz infernal que las devora y aniquila.

Amy Winheouse fue de estas últimas; pero en su inmolación —seguramente desquiciada y absurda— hay un fondo de sufrimiento acongojante y jeroglífico que me conmueve e interpela, tal vez porque en él descubrí, en determinado momento de mi vida, una cierta hermandad. Hubo una época en la que escuchaba obsesivamente las canciones de Amy Winehouse, seguramente porque su dolor se proyectaba sobre el mío, revoloteaba dentro de mí, con un vuelo aturdido que se descalabraba contra las paredes del insomnio; y, escuchando su voz prodigiosa, voz con plomo en las alas y alquitrán en el corazón, creía encontrar consuelo, aunque fuera el consuelo agónico de aquel sabio pobre y mísero de Calderón, que mientras recogía hierbas en el campo para su alimento, descubría a otro sabio más pobre y mísero aún que se alimentabade las hierbas que él desdeñaba.

Luego, cuando me curé de ese dolor, porque encontré un nido en el que cobijarme, dejé de escuchar aquellas canciones, que de repente me parecieron ajenas, lejanísimas, como sepultadas en una tierra acechada por las sombras; pero siempre miré a Amy Winehouse, desguazada por los paraísos artificiales, convertida en un pelele irrisorio, hecha añicos por las dentelladas y zarpazos del infierno, con un respeto conmovido y fraternal. Y ahora que los periódicos pregonan, con varios años de retraso, su muerte, le deseo un descanso eterno.