El escritor nicaragüense Sergio Ramírez en la «cápsula espacial» de su residencia en Managua (Nicaragua) - REUTERS

Sergio Ramírez: «Hay novela negra de policías honrados y jueces rectos. En Latinoamérica es lo contrario»

El escritor nicaragüense ha sido galardonado con el premio Cervantes 2017, un reconocimiento que recibe «feliz» y que lo sitúa en la misma lista que Borges, Bioy Casares, Carlos Fuentes, Onetti o Carpentier

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A Sergio Ramírez (Masatepe, 1942) la noticia del premio Cervantes le cogió saliendo de la ducha, justo antes de empezar su rutina laboral: cinco horas ininterrumpidas de escritura aislado del mundo, sin móvil ni internet, en ese despacho que él llama «mi cápsula espacial». El nicaragüense, que sucede en el galardón a Eduardo Mendoza, ha sido distinguido por su capacidad para ser observador y actor, así como por su talento para «reflejar la viveza de la vida cotidiana convirtiendo la realidad en una obra de arte», tal y como señaló el acta del jurado.

Con este premio pasa a formar parte de una larga lista de autores que han contribuido a enriquecer el legado literario hispano.

Estoy muy feliz. Le dije al ministro [Íñigo Méndez de Vigo] que ser parte de esta lengua ya es un privilegio. Y ser premiado por ello, por estar en esta gran comunidad literaria y lingüística… Qué felicidad. Lo siento como un paso muy importante en mi carrera como escritor. Es llegar a una altura que me enorgullece mucho por los pares que tendré de ahora en adelante, gente que respeto, quiero y admiro como Borges, Bioy Casares, Carpentier, Carlos Fuentes, Onetti… Estoy en una lista privilegiada que asumo con humildad.

Destaca a los escritores del Boom.

Porque en términos generacionales vengo inmediatamente después del Boom. Ellos me ayudaron a cambiar mi visión de la literatura cuando era muy joven. Introdujeron en las letras latinoamericanas nuevas formas, nuevos métodos. Ellos abrieron las compuertas y yo me beneficié de ese cambio. Mi gratitud con esta generación de escritores es enorme.

¿Cómo es hoy el panorama literario en Latinoamérica en comparación con aquel?

Hay más escritores, hay más tendencias. Encuentro siempre muchísimo talento, muchísima originalidad. Aunque hay una recurrencia en los temas que preocupan a América Latina que es independiente de la edad que se tenga, y de los experimentos literarios que se usen. Hay temas que atraviesan la literatura latinoamericana permanentemente: la corrupción, el mal gobierno, los abusos de poder, los asuntos ecológicos, el narcotráfico, las pandillas, la disolución de un Estado agredido por el narcotráfico… Antes eran las dictaduras folclóricas que vivíamos en los países bananeros. Hoy son los narcotraficantes: otros personajes de la misma calaña.

Hablando de política, usted ha sido vicepresidente de Nicaragua y ayudó a derrocar al dictador Anastasio Somoza. Ha tenido una vida muy ligada a la política, ¿todavía lo siente así?

Lo que pasa es que la pátina de la política se me quedó pegada a la piel. La abandoné en 1996, hace 21 años. Nunca volví a participar en ningún partido ni en ninguna directiva política. Yo nunca fui político, fui un escritor prestado a la política momentáneamente. Y cuando sentí que mi papel había terminado volví a lo que siempre quise: mi vida de escritor, que ejerzo con mucha felicidad. No sufro siendo escritor. Sufro corrigiendo, pero no creando.

En su novela «Adiós muchachos» habla de la decepción de la revolución, del desencanto. ¿Actuaría de otra forma ahora?

Nunca quise escribir una historia política de la revolución, sino de mi vida en un episodio muy importante para mí, que tomó lo mejor de mi juventud. Me dediqué a esa empresa en la que creía. Y volvería a hacer lo mismo si se tratara de vivir la misma edad y las mismas circunstancias. Pero eso no es posible. Las cosas no se repiten así.

Nunca fue político, pero decidió estudiar Derecho.

Aquí, en América Latina, las posibilidades de estudiar algo que se pareciera a Humanidades eran pocas. Ni siquiera había una escuela de periodismo entonces. Lo más cercano era el derecho. Y me sirvió muchísimo. Me dio un gran sentido de la lógica.

¿Por eso le interesa tanto el género negro?

Creo que hay una reevaluación de este género. Es un género que ha sido subestimado y se trata de un instrumento muy útil para contar nuestra realidad. La novela negra tradicional anglosajona parte del presupuesto de que los policías son honrados y los jueces son rectos, de que el Estado protege las investigaciones desde la Fiscalía. En Latinoamérica tenemos que partir del supuesto contrario. El policía va solo, se arriesga, lo traicionan sus propios superiores, se corrompe… Ese es el personaje de nuestra novela negra. Nunca se sabe si él mismo también va a ser contaminado.

¿Qué significa Cervantes para usted?

Para mí es una permanente vuelta. Cuando abro cualquier página de Cervantes entro en un mundo de alegría, de complacencia… Disfruto mucho su lectura. No soy un experto, pero sí un gran admirador. Siento que de ahí venimos todos. Es nuestro padre, como decía Rubén Darío.

Imagino que Rubén Darío, muy presente en su obra, será otro de sus padres.

Hay que ser nicaragüense para entender cómo Darío lo modifica a uno desde niño. No es solo un poeta. Es un símbolo que uno se encuentra en los billetes del banco, en los monumentos, en las portadas de los cuadernos escolares… Está en la vida diaria. Tienes que aprender a recitarlo de niño. Y claro, uno se va haciendo la pregunta de quién era realmente este hombre. Eso me llevó a mí a explorarlo como novelista.

¿Qué temas le interesan ahora como escritor?

Mi última novela, «Ya nadie llora por mí», habla de la realidad actual de Nicaragua. Narro el presente tal y como yo lo veo, la realidad que vivimos.

¿Y cómo es esa realidad?

Para mí es decepcionante en muchos sentidos. Yo quisiera que viviéramos en un régimen de democracia. Como ciudadano quisiera vivir bajo un régimen distinto.

Pero sigue viviendo en Nicaragua.

Y viviré aquí siempre.