Luis Landero, ayer en Madrid
Luis Landero, ayer en Madrid - Efe

Luis Landero: «No podemos ir por la vida diciendo lo que pensamos»

El escritor presenta su última novela, «Lluvia fina», una historia de rencores familiares y personajes bastante oscuros

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Todos mentimos en «Lluvia fina» (Tusquets) y también fuera. La verdad es indescifrable en la última novela de Luis Landero: solo nos quedan los testimonio de sus protagonistas, siempre filtrados por la memoria, esa máquina de hacer ficción, y por nuestros ojos. «Los recuerdos son subjetivos, mentiras sinceras. El olvido va borrando y la imaginación va reescribiendo lo borrado», desgranaba ayer el extremeño durante la presentación de su libro.

Landero habla con gracia y sin muestra alguna de la hostilidad y el odio que mueven a sus nuevos personajes: tres hermanos enfrentados desde siempre, con rencillas, con heridas, con infancias –por lo que dicen– bien distintas, que van desde el paraíso hasta el infierno sin solución de continuidad. Todas sus diferencias estallan un mal día en el que Gabriel, el hijo menor, tiene la idea de reunir a la familia para celebrar el cumple de su madre, odiada y amada a partes desiguales. Es dinamita. «Es que hay juicios, hay demonios, hay cosas dentro de nosotros… El arte de convivir es el arte de la discreción. No podemos ir por la vida diciendo lo que pensamos», sentencia el autor.

Puede parecer exagerado, pero esa cruenta batalla que acontece en las páginas de la obra está inspirada, lejanamente, en una bronca real que tuvo lugar hace unos años. «Creo que hubo un muerto y dos heridos», recuerda. Es otra muestra más del reverso tenebroso de nuestra naturaleza, muy lejana del mítico buen salvaje. «A veces nos olvidamos de la especie a la que pertenecemos. Es una especie con una enorme tendencia al rencor, a la inquina, al egoísmo. Nada más que ver Twitter. Ahí han salido las peores cosas del ser humano. Estamos a medio civilizar», afirma con sorna.

«Lluvia fina» se centra en lo íntimo, en un microcosmos asfixiante, pero de alguna forma sus conclusiones (bofetadas) se pueden extrapolar a la gran escala, y más a la luz de la actualidad. «La resonancia simbólica es un poco inevitable. Lo que pasa en una familia puede pasar en un país, en una tribu», apunta. ¿No es lo que ocurre, por ejemplo, con el separatismo catalán? «Hay una similitud. Existe una incapacidad de entenderse, porque cada uno, unos más que otros, están atrincherados en creencias, en tópicos donde el diálogo es imposible, donde el entendimiento es imposible. Todo son enmiendas a la totalidad. Todos son… En fin. Lo triste de todo esto es que se pueda utilizar este discurso tan solemne, y tan noble en apariencia, de la identidad de los pueblos, cuando realmente es una historia vulgar y mezquina en gran parte. Al fin y al cabo es el aprovechamiento de una burguesía corrupta y rancia que apela a estas grandes palabras (a la identidad, a la pureza, a la profecía…) para crear un conflicto que tiene mucho de invención, aunque no por imaginario deje de ser real y terrible».

También hay vida, y cuánta, más allá del conflicto. No todo va a ser pesimismo. La lluvia fina puede erosionar hasta las rocas, pero parece que Landero va con paraguas por el mundo. Y que disfruta, sobre todo desde que hace tres décadas publicara su primera novela, «Juegos de la edad tardía», y se llevara premio Nacional de Narrativa. «Celebro que tengo setenta y sigo escribiendo, igual que con quince años. La literatura me ha servido para prolongar mi infancia, para que no se acabe. Para seguir soñando, para seguir sintiendo, para seguir siendo un poco irresponsable», remata.