Tropas chilenas y argentinas rumbo a la Batalla de Chacabuco (12 de febrero de 1817), lideradas por el general José de San Martín.
Tropas chilenas y argentinas rumbo a la Batalla de Chacabuco (12 de febrero de 1817), lideradas por el general José de San Martín.

Julio Albi: «Los independentistas americanos creyeron tocar un sueño y, de repente, se volvió contra ellos»

En su clásico libro «Banderas olvidadas», reeditado ahora por Desperta Ferro, el diplomático e historiador Julio Albi de la Cuesta recuerda lo leve que es la memoria de los españoles con las gestas militares

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Durante quince años, las tropas realistas cumplieron con su parte en las selvas de Bolivia, en los desiertos de Chile y en las calles de la ciudad de México. Ganaron batallas de todo pelaje a los independentistas, resistieron cercos y marcharon distancias kilométricas. Hasta Simón Bolívar reconoció el valor y resistencia de aquellos «Corteses y Pizarros». España, en cambio, respondió a este esfuerzo hercúleo con olvido, miseria e ingratitud en cuanto los veteranos retornaron. Ni siquiera se mandaron más refuerzos desde la fallida Gran Expedición, que malogró Rafael de Riego en el peor momento. Solos fueron, solos volverían.

Un olvido histórico

En su clásico libro «Banderas olvidadas», reeditado ahora por Desperta Ferro, el diplomático e historiador Julio Albi de la Cuesta recuerda lo leve que es la memoria de los españoles con las gestas militares. «En España es un tema muy poco tratado, lo cual es sorprendente ante la entidad de lo que se perdió: un imperio entero. Aparte de que la actuación de las tropas españolas es comparable a la de los famosos Tercios de España», asegura en una entrevista con ABC este miembro de la Real Academia de Historia sobre «lo que hizo esa pobre gente olvidada y perdida».

Las victorias tienen muchos padres y héroes, mientras que las derrotas solo tienen muertos o culpables. Porque ese es el quid de la cuestión para Albi: «Su gran pecado fue la derrota, lo que refleja una visión muy injusta por parte de España. Sin refuerzos y con un conflicto que se extendió tantos años, ningún ejército hubiera aguantado simplemente acumulando derrotas».

–¿Por qué hay un vacío historiográfico en España sobre este episodio?

–En algunos pasajes de nuestra historia hay huecos extraños. Pienso que la Historia Militar ha estado, en general, muy devaluada, pero resulta deprimentemente ver que a la España del momento tampoco le interesó analizar lo que estaba ocurriendo. Había miles de padres, hijos y hermanos jugándose allí la vida. Y, desde luego, la magnitud de la pérdida mereció algo más de atención. ¡Se extravió medio continente!

–¿Cuándo y por qué se empezaron a perder las posesiones americanas?

–Una fecha clave es la invasión napoleónica. Napoleón creó un fuego que impidió atender otros frentes, de modo que se produjo un desplome del Estado en América. Es más, todas las primeras juntas que se organizaron en América lo hicieron para defender los derechos de Fernando VII frente a Napoleón, no por buscar la independencia. Querían tomar el control para que las Indias no pasaran a manos francesas e incluso muchos virreyes fueron acusados de afrancesados. No obstante, los criollos vieron una oportunidad para ocupar el puesto de los peninsulares cuando en España se recuperaban de una guerra con un nivel inédito de destrucción desatado por los franceses y por nuestro aliados los ingleses. La economía y la sociedad tardarían decenios en recuperarse de aquel desastre. Fue un punto de inflexión clarísimo en nuestra historia.

–Usted recuerda que las guerras de Emancipación tuvieron un importante componente de guerra civil.

–La nomenclatura oficial en su momento era hablar de españoles americanos y españoles europeos. Para ellos, el Rey de España no era un invasor o un extranjero que se había implantado allí de la noche a la mañana, sino su señor natural. Solo hoy la historiografía americana empieza a reconocer que se trató de una guerra civil y que, desde luego, sin los españoles americanos se hubiera perdido aquello a las primeras de cambio. Cuando se produjeron las primeras insurrecciones, no había un solo batallón peninsular en América.

–¿En qué momento España empezó a perder la guerra?

–El punto sin retorno fue 1820, cuando España preparaba la mayor expedición que hubiera salido jamás del país con destino América. 20.000 hombres hubieran resultado claves para dar un golpe en la mesa, como así reconoció San Martín y Bolívar. Sin embargo, este ejército se diluyó con el levantamiento de Riego, lo que para los independentistas fue un milagro caído del cielo. No solo dejó de existir un ejército de golpe, es que no se volvió a mandar a más soldados. La guerra la mantuvieron durante cuatro años los que seguían allí vivos. Cabe imaginar lo que sintieron, sin espíritu de retorno, abandonados y sabiendo que no iban a venir a reemplazarlos. Debió ser demoledor.

Julio Albi, en una entrevista en su domicilio en Madrid
Julio Albi, en una entrevista en su domicilio en Madrid - Alberto Fanego

–¿Hubiera sido posible la victoria independentista sin la ayuda de Inglaterra, entonces aliada de España?

–Es muy cuestionable si la ayuda fue determinante en el conflicto. En Venezuela, por ejemplo, si fueron cruciales los mercenarios ingleses y alemanes, muchos veteranos de las Guerras napoleónicas, aunque causaron unos problemas de disciplina terribles. El propio Bolívar acabó desesperado con su indisciplina. En cualquier caso, la actitud británica de asistir y permitir el alistamiento de compañías enteras es incomprensible desde el punto de vista del Derecho Internacional. España era en ese momento aliada de Inglaterra,hasta el punto de que en la Península aún había miles de hombres bajo el mando de Wellington. Fue desolador que un aliado permitiera eso... Gran Bretaña siempre ha tenido la inteligencia de poner sus intereses por encima de sus aliados. Las Indias eran un mercado prácticamente ilimitado para sus intereses comerciales y no dejaron pasar la ocasión.

–¿La independencia no resultó, al final, el sueño que habían imaginado los líderes criollos?

–Hay un terrible problema de fragmentación tras la salida de los españoles, que los más lúcidos sufrieron como una tragedia personal. Creyeron tocar un sueño y, de repente, se les desvaneció en las manos y se volvió contra ellos. Tantos sacrificios, tanta sangre, tanta destrucción, ¿para eso? La mayoría de libertadores sufrieron finales amargos. Bolívar lo resumió en aquella frase de que era como «arar en el mar».

–¿Para la población indígena las cosas fueron a mejor?

–Uno de los grandes mitos fundacionales de estas repúblicas es que todo se hizo por ellos, lo que es una manipulación atroz del pasado. Tras la salida de los españoles, a los indígenas no les fue nada bien, por lo que sé de mi experiencia en aquellos países. A pesar de casos clarísimos de discriminación, con los españoles estaban más protegidos y se les trataba como comunidades aparte. Algo intuyeron los indios, pues sin su ayuda la causa realista hubieran durado mucho menos. Un capitán catalán estaba tan contento con sus tropas procedentes de una tribu del Orinoco que decía que su único defecto es que no hablaban catalán.

–¿Cree usted que algún día se llegará en Hispanoamérica a una historia menos nacionalista, más histórica, sobre el relato de estas guerras?

–Se nota una evolución clara en estos años. Parafraseando al autor venezolano Pino Iturrieta, «parece que hubiéramos vivido entre estatuas». Resulta comprensible el fenómeno de santificación de los próceres para vertebrar sus naciones y sus mitos fundacionales. La cuestión es que ha durado demasiado ese proceso de leyenda rosa, ahora toca replanteárselo todo, porque en la historia no hay nada blanco o negro. No fue una guerra de heroes contras villanos, sino que hubo de ambas cosas en ambos bandos o directamente inocentes arrastrados al horror.