Lope de Vega
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Lope de Vega, Calderón de la Barca y Velázquez, en paradero desconocido

Se sabe dónde fueron enterrados, pero a día de hoy no se conoce exactamente el lugar en el que están sus restos

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«Rediez! ¡Vive Dios! ¡Voto a Bríos!», debió exclamar el pasado martes el avanzado prócer Lope de Vega allá donde moren sus huesos, al ver que los huesos, valga la ósea redundancia, de su colega y compañero (y ferocísimo enemigo) Miguel de Cervantes hacían venir hasta los Madriles a periodistas incluso desde allende el Atlántico. Demostrado quedó que el Manco de Lepanto está donde estuvo siempre desde hace cinco siglos y también lo está Lope, apenas a cinco minutos cuesta arriba por la madrileña calle de las Huertas. Pero de ahí a que sigan donde los pusieron sus coetáneos y amigos median algunas distancias. Que se sepa dónde les dieron sepultura, como está visto, no significa que se sepa y probablemente no se sabrá nunca cuáles son exactamente sus restos, confundidos con los de un buen puñado de congéneres.

Los de don Miguel, ya saben, están en el modesto convento de la Orden Trinitaria; los de Lope fueron a caer a una iglesia en tiempos de más posibles que los de hoy, la de San Sebastián, al lado del Teatro Español, antiguo Corral del Príncipe donde se ganara bien los cuartos y los maravedís nuestro Fénix. Pero a sus restos también se les ha perdido la pista. Enterramientos a mansalva en las parroquias (como era costumbre hasta menos tiempo del que se cree), guerras civiles, revoluciones, levantamientos, epidemias... Lope anda por ahí, pero, cáspita, no podemos sisarle unos euros a los turistas a costa de su osario. En varias ocasiones se ha creído dar con ellos (hasta hay una placa de la Real Academia), pero allí siguen, durmiendo el sueño de los justos en algún lugar de San Sebastián. Eso sí, se cuenta que su entierro fue el más grande que los Madriles hayan visto.

Seis entierros y un funeral

Cervantes y Lope de Vega no son los únicos cuyos huesos están vaya usted a saber dónde, algo que no parece extraño en una nación acostumbrada a consolarse con frases como la de «¡Los muertos que vos matáis, gozan de buena salud!». A Calderón de la Barca, otro mosén como Lope y Góngora, lo enterraron nada más y nada menos que seis veces, quién sabe si por haber llevado una vida un tanto disoluta para ser mosén, con estocadas por doquier y doquiera, y hasta algún asesinato a las clericales espaldas. El poeta y dramaturgo, después de dar vueltas por iglesias de todo Madrid, acabó en la de San Pedro Apóstol, en la calle de San Bernardo, pero con la quema de iglesias del verano del 36 no está muy claro ni dónde ni cómo andan sus huesos. Ya se sabe, toda la vida es sueño.

Y un mal sueño vive (lo de vivir es un decir, claro) don Diego de Velázquez, pincel comparable en su genio, talento y trascendencia al de los ya comentados. Y por qué no decirlo, con los huesos igual de desatendidos. Pintor de la Corte, la de Felipe IV, el maestro Velázquez vivía cerca del antiguo Alcázar (un poco al oeste de lo que por eso mismo se llama Palacio de Oriente) y a su muerte, el 6 de agosto de 1660, el destino de sus restos estaba claro, la iglesia de San Juan Bautista, a apenas un par de minutos andando desde los Aposentos Reales. Allí fueron rótulas y fémures del sevillano... y nunca más se supo. La iglesia, que estaba situada donde hoy está la Plaza de Ramales, acabaría siendo derruida después de que el cachondo de Pepe Botella organizara en la zona una recalificación de terrenos como las de Jesús Gil. Se intentó dar con el esqueleto del pintor hace unos años, pero las excavaciones arqueológicas no dieron los frutos esperados.

Mejor suerte

Mejor suerte tuvo otro de nuestros clásicos, don Luis de Góngora y Argote, al que la posteridad perdonó sus risas y jolgorios, su ande yo caliente y ríase la gente, y demás guasa conceptual, y al final no acabó morando para siempre en las soledades, sino en la catedral de Córdoba, catedral entonces y ahora, y no mezquita por mucho que se empeñen. Localizado don Luis, también está bien recordar el enterramiento y saber si descansa en paz su más feroz enemigo, Francisco de Quevedo, aquel hombre tan amargado y rencoroso, como genial escritor y aventajado espía. A la postre, tras su muerte, el 8 de septiembre de 1645, fue enterrado en la cripta de Santo Tomás de la iglesia de San Andrés Apóstol de Villanueva de los Infantes, en Ciudad Real. Allí fueron ciertamente identificados sus restos en 2009. Los antropólogos y forenses aseguran que no hay ninguna duda, es él, aunque no quedó demostrado si sus huesos, aunque casi polvo sean, sean polvo enamorado.

También ha salido con holgura del trámite sepulcral nuestra gente de fe, geniales escritores y santos como Santa Teresa, Fray Luis de León y San Juan de la Cruz. Fray Luis en Salamanca, como decíamos ayer, el mudejarillo Juan en su tierra, Ávila, y la excelsa santa repartida su alma incorrupta por media España, incluido la casa del Dictador, que arrampló con uno de sus brazos. Más atrás en el tiempo, algunos cifran que el héroe hispano Viriato mora en algún lugar de las casas colgantes de Cuenca. El Cid se ganó mejor enterramiento, y pasa el resto de su vida ultraterrena desde 1102 en San Pedro de Cardeña, monasterio burgalés por el que sentía una gran veneración. En el toledano Convento de San Pedro Mártir reposa el poeta y osado capitán Garcilaso de la Vega. Y su gran amigo y camarada Juan Boscán está en su ciudad natal, Barcelona.

Desperdigados por Europa

Desperdigados por Europa, descansan muchos héroes de los Tercios, esos alatristes de orgullo y acero toledanos, y alguno de ellos, en tierra mora, como el gran poeta y adalid de Felipe II Francisco de Aldana, que murió en Alcazarquivir, en tierras morunas, repartiendo estopa a diestro y siniestro a favor del rey Don Sebastián de Portugal, a la sazón sobrino de Su Majestad Católica, el rey Felipe. Allí descansa, en tierra extraña, sin que los Tercios pudieran hacer honor a su leyenda, «ni uno de los nuestros se queda atrás».

La mayoría de los héroes de ultramar, a fuer de rebanarle el gaznate a los índigenas y a los de la pérfida Albión, y merodear por media América, sí acabaron con ventura la última travesía. Alvar Núñez Cabeza de Vaca, Pizarro y Hernán Cortés sí descansan en la paz de los cristianos y ni siquiera nos hace falta un GPS para encontrar sus rabadillas, descansan en su tierra y con su gente. De otros, como Blas de Lezo, que le dio la del pulpo a los ingleses en Cartagena de Indias tenemos constancia de que las cosas no fueron tan bien. Durante mucho tiempo se ignoró dónde estaba sepultado el poco cuerpo que le quedaba a este héroe llamado Mediohombre. Hoy se sabe que está en la Capilla de la Vera Cruz de los Militares, en Cartagena de Indias. Otro héroe de nuestro paso por las Américas fue Bernardo de Gálvez, que no dejó un inglés vivo en la batalla de Pensacola, en Florida, una lid que favoreció las industrias de los independentistas norteamericanos de Washington. En la Ciudad de México reposan su osamenta y sus hazañas.

Encontrar a nuestro prohombres se antoja eso precisamente, una hazaña.