«Thérèse soñando» (1938), de Balthus. Detalle
«Thérèse soñando» (1938), de Balthus. Detalle - METROPOLITAN MUSEUM, NUEVA YORK

¿Debe tener límites el arte?

Dos directores de museo, un filósofo, un artista, dos galeristas y el director de ARCO reflexionan sobre este asunto a las puertas de la inauguración de una retrospectiva de Balthus en el Museo Thyssen

MadridActualizado:

Las lascivas Lolitas de Balthus llegan a Madrid. Una de ellas, «Thérèse soñando», sufrió en carne propia un intento de censura: más de 12.000 personas firmaron en 2017 para que se retirara de las salas del Metropolitan de Nueva York. El museo no cedió. Antes incluso de la inauguración de la retrospectiva que le dedica al artista el Museo Thyssen a partir del próximo día 19, la polémica ya está servida. La Alianza Evangélica Española emitió un comunicado en el que se afirma que «algunos cuadros de Balthus que se van a exponer en el Thyssen degradan la dignidad de la infancia» y piden su retirada. «Denunciamos –continúa el comunicado– el doble rasero moral de condenar la pedofilia y perseguirla judicialmente, pero promocionarla y normalizarla cuando es una obra de arte». El año pasado el presidente de Ifema pidió a una galerista que retirara una polémica obra de Santiago Sierra de su estand en ARCO. En el centenario de Egon Schiele, la publicidad de su exposición conmemorativa tapaba estratégicamente los órganos sexuales de sus retratados. Y Facebook censura todo desnudo, por muy rubensiano que sea.

Arte y libertad

¿Debe tener límites el arte? ¿Cuáles serían? ¿Cómo conjugarlo con las distintas sensibilidades éticas, religiosas, políticas...?

Guillermo Solana, director artístico del Museo Thyssen, cree que «cada espectador fija los límites para sí mismo; cada uno decide lo que desea o no desea ver. Yo no veo películas “gore” ni información de sucesos en televisión. Pero nadie, aparte de los jueces en la aplicación de la ley, puede erigirse en censor e imponer a otras personas adultas lo que deben o no deben ver».

Gabriel Albiac, filósofo y columnista de ABC, dice que «el límite del arte, como el de toda technè, es la potencia determinativa de la mente humana. Se hace aquello que es componible con los recursos imaginarios que forman la subjetividad en un momento definido. Un ente finito -los humanos lo somos- se halla permanentemente confrontado a sus límites y configurado por ellos. En el arte -o en la artesanía- se alza constancia de esos límites. Que se haga por vía de entusiasmo o de rechazo, nada cambia: en eso, la tesis freudiana, según la cual el inconsciente no distingue entre afirmación y negación, me parece incontrovertible. Constatar algo no suprime ese algo. Combatir los límites es constatar los límites. Y no hay “aviso” que sirva para nada en esto. A no ser uno muy genérico, que pusiéramos a la puerta de cualquier obra humana: “Los hombres son (somos) una curiosa variedad de animales predadores hablantes. Y están (estamos) forzados a construir paradójicamente las imágenes, sueños y pesadillas de su predación”».

Para Manuel Borja-Villel, director del Museo Reina Sofía, «la sensibilidad de los distintos grupos no puede pesar más que la posibilidad de expresar a través de cualquier manifestación artística una idea o un pensamiento. El arte es ese espacio en el que cualquier sociedad sana puede y debe tratar sus esperanzas, deseos pero también los terrores y miedos más inconfesables. La tragedia griega que, con su desobediencia de las leyes injustas, magnicidios, incestos, etc, reflejaba lo mejor y peor del ser humano, representa una de las cumbres de la cultura occidental y es ejemplar en este sentido».

El artista Bernardí Roig afirma con rotundidad que el arte «no debe tener límites. Lo único que puede limitar al arte es su falta de imaginación. Un arte mediocre es un arte limitado. No debe conjugar con ninguna sensibilidad por muy sensible que sea. Al contrario, debe partirlas por la mitad, atravesarlas y cuestionarlas. El arte está para desmoronar todas nuestras seguridades y devolvernos una mirada nueva, craquelada y fragmentada, para llevarnos a lugares que nunca habíamos imaginado. En la entrada de las exposiciones debería haber una cartela que pusiera: “El arte está para herir la sensibilidad del espectador. Sea la sensibilidad que sea”. Quizás el arte sea eso: convertir sensibilidades heridas en hermosas cicatrices».

Para Carlos Urroz, director de ARCO, «la creación de los artistas responde a la sensibilidad más profunda y en su obra aparecen sus sentimientos y manera de pensar, sobre temas estéticos, políticos, religiosos o de identidad sexual. Son su diario personal que trasladan a obras que luego pasan a la esfera pública a través de su exposición en galerías y museos, de igual manera que el pensamiento de los escritores se hace público con la edición de sus novelas, ensayos u obras de teatro. Es el espectador el que debe tener el discernimiento para entenderlo, aceptarlo o rechazarlo. El museo, que es ya el espacio público, solo muestra ese entorno personal sin que ello implique ningún tipo de apología. Menos aún si se trata de obras creadas hace décadas o siglos, por lo que su valoración debe ser entendida en ese contexto. El público tiene total libertad para acudir o no a esas muestras».

José Martínez Calvo y Luis Valverde, galeristas de Espacio Mínimo, no piensan que el arte deba tener límites: «No, al menos ninguno más que los que imponga la legislación vigente. Sus límites los decide el artista y, en caso de duda, la libertad de expresión es el derecho que debe prevalecer. Todas las sensibilidades son personales, y muy distintas entre sí. El problema es cuando quieres imponer sólo la tuya. “Si tu ojo derecho te escandaliza, arráncatelo”, se puede leer en la Biblia. Basta con ser mínimamente civilizados y tolerantes».

«Los buenos tiempos» (1944-46), de Balthus
«Los buenos tiempos» (1944-46), de Balthus - SMITHSONIAN INSTITUTION, WASHINGTON

Las Lolitas de Balthus

Pero, ¿qué opinan sobre las Lolitas de Balthus? Decía el artista que eran ángeles para él, que con estos retratos quiso acercarse al misterio de la infancia. ¿Las ven como lascivas Lolitas pintadas por un pedófilo? ¿O el problema reside, más bien, como piensa Setsuko, la viuda del artista, en la mirada turbia, sucia, del público?

«Ni lo uno ni lo otro –contesta Guillermo Solana–. Ni Balthus era un pedófilo ni sus cuadros son angelicales. Balthus, como tantos otros escritores y artistas en la tradición occidental, explora zonas de penumbra de la experiencia humana y sondea la sensibilidad moral del espectador. El que no quiera someterse a ese trance, que mire para otro lado, pero que deje en paz al resto del mundo».

«En esas figuras en tránsito de niñas a mujer, Balthus cree reconocer lo imperecedero de la belleza clásica; el último instante coagulado de la inocencia que ya contiene lo perverso –explica Bernardí Roig–. Claro que son ángeles, lo que habría que averiguar es qué tipo de ángeles son. Setsuko tiene razón: deberíamos aprender a reconocernos mejor en las entrañas de lo reprimido. En el caso de Balthus, la transgresión no niega el tabú, en todo caso lo trasciende y lo completa». Manuel Borja-Villel dice al respecto que «la insinuación, el erotismo o el misterio son construcciones sociales y, en consecuencia, están tanto en el ojo del espectador como en del autor. La validez de ambas posiciones es, por supuesto, relativa y ésa es una de las grandezas de la cultura».

«Personalmente, no nos perturban, ni nos crean el más mínimo problema de conciencia –comentan los galeristas de Espacio Mínimo–. Son sólo cuadros, igual que “Alicia en el País de las Maravillas” es sólo un libro. El pederasta es el que abusa de un niño o de una niña y a ese es al que hay que castigar, no porque sus actos sean pecado, sino porque son un delito penado por la ley».

«Balthus pinta después de Freud. Lo que es lo mismo: pinta desde la certeza, propia al hombre del siglo XX, de que no hay combinatoria sexual que no habite el inconsciente humano –advierte Gabriel Albiac–. Darle imagen es dejar hablar la voz que calla siempre en nosotros. En ese sentido, el artista es siempre un mago de la tribu. O, si prefieres, un curandero. ¿Es pedófila una imagen o un verso? Probablemente, para aquel que tenga imaginación y ojos heridos por la pedofilia: pero la pedofilia no se altera ni positiva ni negativamente por la obra pictórica o poética. Del mismo modo que la zoofilia no es aumentada ni disminuida por los numerosos cuadros barrocos en torno al tópico de Leda y el cisne».

Para Carlos Urroz, Balthus «es uno de los artistas más importantes de la figuración del siglo XX y, por tanto, me parece lógico que el Museo Thyssen, que ha dedicado grandes muestras al realismo español, programe esta exposición, que además viene precedida de un gran éxito de público en la Fundación Beyeler de Basilea. Aunque no soy un estudioso del tema, no me consta que Balthus tuviera ningún problema judicial por este tema ni fuera denunciado por sus modelos, todo lo contrario».

La Venus de Willendorf
La Venus de Willendorf - ABC

De Facebook al #MeToo

¿Cómo defender la libertad creativa en la época del #MeToo, lo políticamente correcto y un imperio como Facebook, de cuya censura no se libran los Cristos desnudos de Rubens ni la mismísima Venus de Willendorf a sus 30.000 años?

«Obviándolos y defendiendo con todas sus consecuencias la libertad de expresión –contestan José Martínez Calvo y Luis Valverde–. Porque hoy puede ser un Buda de piedra el destruido, mañana la Venus de Milo o un San Sebastián, según la sensibilidad del que decida y ostente el poder. Hay que recordar y tener siempre presente el poema de Bertolt Brecht “Ahora vienen a por mí, pero es demasiado tarde”».

«Sólo se me ocurre recordar un mínimo relato de Borges. El del poeta que, a punto de morir, descubre la verdad de esos versos suyos que giraron en torno a la belleza de la rosa, y que, de pronto, ante esta rosa que alguien ha colocado junto a su lecho, comprende lo irrisorio de su oficio y percibe “que los altos y soberbios volúmenes que formaban en el ángulo de la sala una penumbra de oro no eran (como en vanidad soñó) un espejo del mundo, sino una cosa más agregada al mundo», comenta Gabriel Albiac. «Borges añade que ésa debe haber sido también la iluminación final de Homero o Dante. La crueldad no está en los versos homéricos que dicen el cadáver de Patroclo sobre el polvo. El horror no está en los versos con los que Dante alza su catálogo de torturas infernales. El deseo descodificado o perverso no está en lo cuadros de Balthus, ni en los de Courbet o Picasso o Magritte. La crueldad, el horror, la perversión son patrimonio de nuestro inconsciente. Tanto como la bondad, el sosiego, la norma. El artista da voz a sus lógicas. Y, si acierta, nos hiere: a eso llamamos una obra de arte. Lo del MeToo es puro analfabetismo. Los humanos son mamíferos sexuados. El proyecto de asexuarlos sólo puede entenderse como una variedad grave de psicosis».

«Nos quejamos mucho de la intolerancia o de la ñoñería actual porque es la que sufrimos, pero hay que tener perspectiva: en toda la historia de la humanidad nunca se ha disfrutado de tanta libertad y tanta pluralidad como en nuestra época», sostiene Guillermo Solana. Cree Manuel Borja-Villel que «la libertad siempre es “en relación al otro”. El problema es que no todos somos iguales y a menudo hay formas de presión de diversos niveles de intensidad que pueden tener que ver, bien con lo políticamente correcto, o ser directamente reaccionarias o autoritarias».

«Estoy totalmente de acuerdo en que los artistas actuales traten el tema del acoso, la igualdad y todos los temas que preocupen a la sociedad –afirma Carlos Urroz–. El arte contemporáneo de interés trata la visión de los artistas por los temas de su tiempo. Con motivo de ARCOmadrid, el Museo Thyssen-Bornemisza muestra la obra de Amar Kanwar, donde de una manera muy poética se narran los daños ecológicos y medioambientales que la industria pesada está causando en el paisaje indio. Esto sí es interesante y crítico. Considero injustificada cualquier intervención sobre la exposición de Balthus. Por el mismo criterio habría que quemar las copias de “Lolita” de Vladimir Nabokov de las bibliotecas públicas o impedir que la fantástica película que Stanley Kubrick realizó en 1962 se programe en RTVE donde la he visto varias veces. Considero más lesivo para la juventud el acceso indiscriminado a pornografía en internet, la publicidad del póquer y las apuestas online y la falta de materias de humanidades –que ayudan a pensar y discernir–en los programas educativos».

Para Bernardí Roig, «la única forma de defender la libertad creativa es hacer lo que uno piensa que debe hacer. Hacemos imágenes no para gustar ni para disgustar a nadie; las hacemos para que no nos revienten en la cabeza. Ese es el único baluarte de resistencia contra las consignas. Sólo resistiremos frente a este oleaje neopuritano, y #MeToo empieza a serlo, haciendo lo que mejor hacemos: imágenes necesarias».