Beard es catedrática del Newhham College de la Universidad de Cambridge
Beard es catedrática del Newhham College de la Universidad de Cambridge - EFE

Mary Beard: «Estoy rotundamente a favor de que Gran Bretaña siga dentro de la UE»

La historiadora, Princesa de Asturias de Ciencias Sociales

LUIS VENTOSO
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A la segunda fue la vencida, Mary Beard, historiadora inglesa de 61 años, catedrática de Estudios Clásicos en el Newham College de Cambridge, ganó ayer el premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales, una semana después de haber sido finalista en el de Humanidades, donde tal vez estaría mejor ubicada. Beard es una gran conocedora y divulgadora de la antigüedad clásica, con el don añadido de que sabe llegar al gran público, como ha demostrado no solo con sus magníficos libros –el último es «SPQR: una historia de la antigua Roma»–, sino también con sus documentales sobre Pompeya y Roma en la BBC. Su figura de pelo cano desaliñado, explicando con apasionamiento y erudición el pasado del imperio bajo el sol crudo italiano, engancha con razón a los televidentes (y además los educa).

Personaje público

Es también todo un personaje público en Inglaterra, porque no rehúye el debate mediático. Mantiene unas firmes convicciones feminista, que datan de cuando llegó a Cambridge a estudiar y palpó el machismo académico imperante: «Sólo había un 12% de mujeres, ahora somos el 50%. ¡Eso es una revolución!». Beard tiene siempre la gallardía de no callarse. Contra el criterio dominante en su país, defendió el valor de la inmigración en un popular debate en la televisión británica (Question Time), lo que le valió hasta una amenaza de bomba en el desquiciado planeta Twitter.

Ha dado batalla contra los acosadores de las redes sociales, que no le perdonan sus muy libres opiniones. Además ha defendido la libertad de expresión en las universidades británicas frente al neo puritanismo de lo políticamente correcto.

El jurado, presidido por la también historiadora Carmen Iglesias, ha valorado «su capacidad para integrar el legado del mundo clásico en nuestra experiencia presente». Con cierto calor hiperbólico, la definen como «una de las figuras intelectuales europeas más influyentes de la actualidad».

Reconocimientos no le faltan: en 2013 fue elevada a dama de la Orden del Imperio Británico y este año ha ganado la Medalla Bodley, importante distinción de la Biblioteca Bodleiana de Oxford, hecho que acogió con su tono desmitificador habitual: «Vestirme con ropas tontas no es mi idea de diversión», comentó bromeando en una entrevista en «The Gurdian».

Sobre el Princesa de Asturias, se muestra contenta en sus declaraciones a ABC nada más recibir ayer la noticia.

—Felicidades por su premio, que viene a ser como nuestros pequeños Nobel. ¿Los conocía?

—Sí, sabía de estos premios de cuando eran Príncipe de Asturias, y sé del gran honor que suponen. Estoy encantada y me siento humilde cuando veo la relación de anteriores laureados. Me alegra especialmente que se hayan reconocido los estudios clásicos y también el hecho de que en este particular momento de mi país se trata de un premio… ¡europeo!

—¿Cuál es en su opinión la mayor lección de la antigua Roma para nuestro presente?

—No estoy segura de que podamos tomar lecciones directas de los romanos, eran tan diferentes…, y hay muchas cosas que yo no admiro de ellos. Sí admiro el modo en que encararon el problema de vivir en una comunidad cosmopolita y su intento de teorizar cuestiones como la ley y la libertad. También admiro su autocrítica. «Hicieron un desierto y lo llamaron paz» [cita al historiador Tácito] es una de las denuncias del imperialismo más poderosas que se han hecho jamás.

Conta el «Brexit»

—Aunque ya la sé, ¿cuál es su posición ante el referéndum sobre la UE, ese sarampión nacionalista inglés que le ha entrado a parte de su país?

—Estoy rotundamente a favor de permanecer en la UE. Me siento inglesa, me siento británica y al mismo tiempo me siento europea. Hay muchas cosas que están mal en la UE, pero el Reino Unido necesita estar ahí ayudando a arreglarlas, no darle la espalda.

—Historiadores como Niall Ferguson citan a Gibbon para decir que Europa puede sufrir una crisis por recibir a musulmanes que no comparten sus valores, como ocurrió en Roma con los cristianos. ¿Está de acuerdo?

—Creo que es interesante que no encontrarás a mucha gente que realmente haya estudiado el mundo clásico que haga esa analogía.

—¿Qué cree que pesa más en la España actual, la huella romana o la árabe?

—¡Lo que yo espero es que sea hija de los dos!

Mary Beard, a la que es fácil ver con su bicicleta roja por Cambridge, donde vive y trabaja, nació en un pueblo de dos mil almas del Norte de Inglaterra, hija de un arquitecto y una maestra. Estudio en un colegio privado para chicas y desde pequeña comenzó a acudir en verano a excavaciones arqueológicas, lo que despertó su curiosidad por el mundo clásico. Está casada con el también historiador Robin Cormack y tienen un hijo y una hija. Es colaboradora del suplemento de libros de «The Times», donde mantiene un blog.

Bombas inglesas en Pompeya

Resulta muy atractiva intelectualmente su manera de no aceptar los lugares comunes, de mirar siempre un poco más allá. Por ejemplo, ante las críticas de los ingleses sobre el supuesto descuido con que los italianos cuidan el tesoro de Pompeya, Beard lanzó esta pregunta retadora: «¿Pero saben ustedes que los británicos bombardearon Pompeya durante la guerra?» De hecho, ha explicado que si existe un restaurante en medio del recinto es porque las bombas inglesas dejaron tales destrozos que no se pudo reconstruir esa zona.

Beard ha dicho alguna vez que «sin violencia sexual no se puede contar la historia de Roma» y ha lamentado el papel que se daba allí a la mujer. Sobre su tardío éxito en televisión, donde comenzó en 2010 por sugerencia de otra amiga feminista, cree que en parte se debe a que «no soy distinta a una mujer normal en la sesentena» y a que a los espectadores les interesa más escuchar a gente experta que el aspecto que puedan tener. Ojalá tenga razón…

La estupenda Mary Beard ha firmado una carta contra la ola de corrección política que está limitando la libertad de expresión en la universidad británica, en concreto en relación a un caso donde se vetó a un invitado por supuesta «transfobia» (fobia a los transexuales). Al lamentarlo, algunas voces histéricas acabaron acusándola a ella de lo mismo absurdamente