Darío Villanueva, director de la Real Academia Española (RAE)
Darío Villanueva, director de la Real Academia Española (RAE) - Ernesto Agudo

Darío Villanueva: «Jamás haremos un diccionario políticamente correcto»

El director de la Real Academia Española (RAE) presentó la nueva edición digital del DRAE, que contiene más de tres mil novedades con respecto a la anterior. Entre ellas se incluyen la modificación de sexo débil y machismo, aunque heteropatriarcado sigue sin definición oficial

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Nueva hornada de palabras en la RAE. La Academia presentó ayer la nueva versión digital de su diccionario –la 23.1–, que incluye más de tres mil modificaciones, entre las que se encuentran «nuevos» términos como buenismo, aporofobia, postureo y posverdad. Aunque no habrá «un diccionario políticamente correcto», según subrayó el director de la RAE, Darío Villanueva, algunas enmiendas responden al clamor popular: al lado de « sexo débil» aparece ahora la nota de «uso despectivo» y en las definiciones de oficios el latiguillo «hombre que se dedica a» se sustituye por el de «persona que se dedica a». En este sentido, también se reflejan algunas realidades tan tristes como actuales: es el caso del acoso escolar (no «bullying»), que se especifica como acepción en la entrada de «acoso».

La directora del Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), Paz Battaner, insistió en que el deber de su institución es el de fijar el presente amplio de la lengua, no el «puntual», y el de recoger sus usos, no implantarlos. Señaló que durante mucho tiempo sexo débil «se ha usado positivamente» y así había que «reconocerlo» en esta enmienda. Con respecto a la dualidad de género, tan presente en los discursos políticos, recordó que existe «desde el Mio Cid», donde se aludía por separado a los «burgueses y burguesas» y a las «mujeres y varones». Sin embargo, zanjó la polémica señalando que su uso debería estar restringido a los casos de ambigüedad, porque su repetición continua impide la fluidez del idioma.

Entre las novedades del diccionario, un proyecto que cuenta con el impulso de la Obra Social La Caixa, destaca la presencia del término «aporofobia», esa aversión a los pobres que puso sobre la mesa la ensayista Adela Cortina en estas mismas páginas.

Heteropatriarcado

También se incluye el especismo –«discriminación de los animales por considerarlos especies inferiores»−, aunque quedamos a la espera de la llegada de «animalista», que en palabras de Battaner, «ya se está estudiando». Otra voz sonada que todavía no se ha fijado con esplendor es «heteropatriarcado», un término omnipresente en el discurso feminista y del que se esperaba su presencia en las modificaciones. Al respecto, Battaner se limitó a decir «que lo siguen analizando».

En tiempos de posverdad, palabra del año para el prestigioso Diccionario Oxford, la inclusión de este concepto no admitía dudas. No hubo, recordó Villanueva, mucha discusión con respecto a si debía entrar o no, pero sí sobre su definición. Al final, la Academia la define como la «distorsión deliberada de una realidad que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales».

Aparecen por las lista de novedades bocas (como bocazas), buenismo, chusmear, compostar (transformar basura en compost), cupular (poner cúpula), pinqui, postureo mariposear o la tan útil palabra táper, para guardar alimentos. Sin embargo, se rechazan anglicismos como «influencer», «community manager» o «link», por los que Darío Villanueva siente especial animadversión. Aquí no acaba de quedar claro el criterio, porque el «fair play» ya se admite para referirse al «juego limpio».

En efecto, el mundo tecnológico es una fábrica imparable de neologismos. En su día, la locomotora trajo consigo trenes, raíles y vagones; anglicismos tan asentados en nuestro idioma que nos suenan como voces propias. En esta ocasión, la innovación ha dejado su huella con la nueva acepción de «hacker», más benevolente, y la inclusión de «cracker» para referirse a su reverso tenebroso: el pirata informático. También se añaden los novedosos «audiolibros», que parece que hasta ahora habían pasado desapercibidos. Por cierto, en esto de los ordenadores se prefiere clicar a pinchar. Cosas de la polisemia.

La gastronomía internacional se abre hueco con palabras como halal −«carne procedente de un animal sacrificado según los ritos del Corán»−, kosher (aquellos alimentos «preparados según los preceptos del judaísmo») o el hummus, todo un clásico en los restaurantes árabes. Y en medio del Brexit, la Academia recoge dos nuevas acepciones en la entrada «británico»: la del humor irónico y la de la puntualidad religiosa (y protestante).

Palabras que cayeron en el olvido

Se han suprimido términos en desuso, una veintena, que solo sobrevivirán en el Diccionario Histórico. Entre ellos destaca «inceptor», que es aquella persona que «comienza o inicia algo». Su lugar en esa caja de palabras difíciles de usar en el día a día lo ocupa ahora imafronte, que hace referencia a la «fachada que se levanta a los pies de una iglesia o una catedral, opuesta a la cabecera» (¿tardaremos mucho en verla en «Pasapalabra»?).

Aunque hay novedades que han generado (y generarán) algún tipo de polémica, Villanueva recalcó que todas las decisiones de la RAE están respaldadas por un riguroso estudio. Los dos grandes criterios que sigue la institución a la hora de valorar el peso de un neologismo son el de frecuencia de uso y dispersión geográfica: en otras palabras, cuánto se utiliza una voz y en qué lugares. Así, destaca la utilidad del Corpus del Español del Siglo XXI, una herramienta que recoge los usos de nuestra lengua en todo el globo. «Registramos al año 25 millones de formas, provenientes en un 70% de Latinoamérica y en un 30% de España. Cuando debatimos sobre cualquier cuestión echamos manos de esta base de datos, que ya tiene casi 300 millones de formas. Los debates tienen un fundamento sólido», explicó el director de la RAE el día en que aceptaron la forma «iros».

Al fin, la de ayer fue la primera de una serie de presentaciones anuales de las modificaciones del diccionario digital, una herramienta que espera alcanzar a final de año los mil millones de consultas –en 2016 fueron más de 600 millones–. «La nueva planta es digital. Antes, tras la edición en libro, se volcaban en internet las novedades. Ahora es al revés. Se incorporan a la red y, después, se incluyen en la versión impresa», concluyó Villanueva.