El ascenso de Hitler es sólo explicable en un país que no quiere asumir las consecuencias de la Gran Guerra y que ha vivido aterrorizado un intento revolucionario
El ascenso de Hitler es sólo explicable en un país que no quiere asumir las consecuencias de la Gran Guerra y que ha vivido aterrorizado un intento revolucionario
la larga guerra del siglo XX. Entreguerras (X)

Hitler y el régimen nazi

Tras el ascenso al poder de los nacional-socialistas, Alemania inicia su expansión y sus continuas exigencias territoriales

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Atribuir todo aquello que pasó a la locura, a la paranoia de un hombre, a su megalomanía, es quizá la forma más rápida y cómoda de aventar de nuestra conciencia la responsabilidad colectiva por un horror que no nos atrevemos a asumir ni aun hoy, cuando despedimos en los cementerios a los últimos miembros de aquella generación.

Hitler, es cierto, fue la encarnación del fenómeno nazi, pero no fue el único nazi. Ni los nazis fueron los únicos alemanes que jalearon su delirios. Ni los alemanes los únicos europeos que se plegaron a su política, a sus métodos y a sus excesos.

Ni siquiera podemos descargar la culpa colectiva únicamente en dirigentes débiles como Daladier, ciegos como Chamberlain, oportunistas como Stalino ventajistas como Mussolini. Ni en las multitudes que vitoreaban al Führer en Viena o a sus soldados en Riga, ni en los millones de personas que colaboraron con el ocupante en la mayoría de los países de Europa.

El ascenso

Ciertamente, en el epicentro de todos los acontecimientos, que componen el periodo más sangriento y cruel de «La Larga Guerra del siglo XX», está la figura de Adolf Hitler, un austriaco desarrai-gado que hace suya la patria alemana.

Su ascenso («El resistible ascenso de Arturo Ui» que parodia Brecht) es sólo explicable en un país que no quiere asumir las consecuencias de la Gran Guerray que ha vivido aterrorizado un intento revolucionario. Que sufre la doble sangría primero de la inflación y luego del paro. Una sociedad que ha perdido sus referentes morales, carente de liderazgos y, sobre todo, de una auténtica vocación colectiva.

Hitler y su grupúsculo (uno más de los muchos que proliferan en aquella Alemania de la derrota) ofrecen respuestas a todos los males. Respuestas simples, claras, contundentes e inmediatas…, pero, sobre todo, respuestas que buscan el eco de los demonios ancestrales: la disciplina como valor básico, de herencia pru-siana, y la identificación de un enemigo racial como generador de todos los problemas presentes y pasados.

A nadie engañó Hitler. Fue quien dijo que era, hizo lo que dijo que haría. Basta ojear el «Mein Kampf» o releer sus discursos. Pero muchos sí se autoengañaron con Hitler. Y los logros sociales alcanzados por el régimen, no ya en años sino en meses, convencen a los escépticos. El prestigio exterior deslumbra a la mayoría.

Bien pocos serán los que no se acomoden a la nueva situación y se hagan los ciegos ante lo que no desean ver. Y muchos no desearon ver ni en Alemania, ni en el resto de Europa. Hasta que el nacionalismo, exacerbado hasta el límite, en un siempre «más difícil todavía», abocó a Alemania a la guerra. Y con Alemania a Europa y al mundo.

Régimen del terror

El terror como arma política y como arma de guerra fue utilizado por los nazis con precisión y meticulosidad germánicas, sobre todo en el execrable genocidio de la indefensa comunidad judía o en las poblaciones del Este…

Terror que contribuyeron a extender todos los demás: desde las inauditas masacres japonesas en China o Filipinas, a las deportaciones, asesinatos en masa y violaciones sistemáticas perpetrados por los soviéticos, los indiscriminados bombardeos sobre las ciudades alemanas, con sus arrasadoras tormentas de fuego, preconizados y dirigidos por los altos mandos de la aviación británica… hasta el empleo de la energía nuclear como arma de destrucción masiva por los norteamericanos. Nunca la Humanidad había llegado a deshumanizarse tanto.

Sin Hitler no se explica nada de lo ocurrido, pero la figura de Hitler no explica todo de lo que ocurrió.