La Tercera

Lutero y tres antípodas

«Frente a estos tres antípodas de Lutero tendríamos que enumerar sus grandes congéneres en Occidente, quienes junto a la gloria del hombre percibieron y alumbraron a la vez la existencia del mal, la gloria de Dios y su amor, el poder de la injusticia, la agonía de la existencia: Kierkergaard, Dostoyevski, Unamuno»

Lutero y tres antípodas
POR OLEGARIO GONZÁLEZ DE CARDENAL - Actualizado: Guardado en: Opinión

La interpretación de Lutero en los últimos siglos ha estado determinada por los tres hechos siguientes. En primer lugar, viéndole en mera contraposición con la iglesia católica; en segundo lugar, se ha situado su obra como una simple secuencia de los movimientos culturales y religiosos anteriores: Renacimiento, Humanismo, Reforma, como si los tres estuvieran en continuidad directa, cuando es solo lateral y secundaria. Lutero acoge el Humanismo pero su proyecto es bien distinto.

El tercer hecho decisivo en su comprensión es haberle situado, bien como un resto de la oscura Edad Media, que habría que superar o como el real iniciador de la modernidad en filosofía con la libertad de pensamiento, en política con la autonomía del individuo y de las naciones. Entretanto su aventura personal y su mensaje han quedado en la sombra. ¿Cuál es el núcleo de su mensaje específicamente religioso?

Para Mélanchthon el protestantismo está constituido por dos principios: la justificación por la sola fe en la sola gracia de Dios y la autoridad soberana de la Sagrada Escritura divinamente inspirada. La idea de la necesaria justificación por Dios se ha vuelto extraña a nuestra cultura. Esta reclama como evidencia la justicia entre los hombres pero carece de antenas para percibir la justificación del pecador por Dios como necesario mensaje liberador y santificador. Su punto de partida es que el hombre no es bueno; hace el mal que no quiere; es pecador, sintiendo el peso del pecado sobre su vida: en el fondo no quiere que Dios sea Dios y reclama para sí mismo la divinidad, supremacía y legitimidad para decidir que es el bien y qué es el mal. Esta experiencia del pecado, en sentido teológico estricto, como negación de Dios, resentimiento contra el prójimo hasta asesinarle (Caín) y rechazo de Dios para ponerse en su lugar es un hecho universal. Su intento se orienta hacia el bien, pero en cambio hace el mal. A partir de ahí se sabe pecador y sabe de la santidad de Dios contra quien ha pecado. ¿Cómo reaccionara Dios: condenándolo u otorgándole la propia justicia y santidad divina?

Lutero encuentra explicitada esta situación del hombre en el texto de San Pablo a los Romanos 7,17-24. «Yo soy carnal, vendido como esclavo al pecado, pues no hago el bien que quiero, mientras que hago el mal que aborrezco. Desdichado de mí, ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte. Gracias a Dios por Jesucristo nuestro Señor». No se trata de una experiencia patológica de Pablo o de Lutero. Que el hombre es malo, que el mal determina su ser y que por sí solo no es capaz de ser justo, es una afirmación presente en las grandes literaturas. Citamos solo dos testimonios del entorno cultural en el que nace el cristianismo, ambos del poeta Ovidio: «Video meliora proboque: deteriora sequor-Veo lo mejor pero hago lo peor» (Metamorfosis 7,20). «Nitimur in vetitum semper, cupimusque negata-Nos empeñamos siempre en hacer lo prohibido, y deseamos aquello que nos es negado» (Id.,3,4,17). ¿Por qué nos deleita especialmente lo que está prohibido? El relato de San Agustín en sus Confesiones, sobre las peras robadas, no por necesitarlas sino por el mero deseo de la trasgresión, le dio mucho que pensar. ¿Por qué actúa el hombre así? ¿Qué mal está en su raíz de la cual como de árbol malo brotan frutos malos? Este hecho de lo original pecaminoso que nos condiciona con anterioridad a las acciones concretas, ha preocupado a los grandes filósofos desde Pascal a Kant, quien dedica un largo tratado a hablar del «mal radical», hasta Kolakowski.

Todo hombre en una u otra forma es injusto, sabe que no es inocente. Puede negar o reprimir su pecado pero no puede vencerlo, arrojarlo de su ser y de su conciencia. Digo de su ser, porque el pecado es mucho más que un dato psicológico o una imperfección moral: quiebra nuestro ser al rechazar la relación con Dios, que nos es constituyente. Este hecho genera en angustia la pregunta: ¿Cómo ser justo? ¿Quién nos librará de este peso de muerte? El giro radical de la era moderna tuvo lugar en el momento en que la suprema evidencia era el hombre y éste exigió a Dios que se justificara ante él. Pero todo mortal si no se aturde ni ciega su conciencia sabe que es él quien tiene que dar razón y justificarse ante Dios, no Dios ante al hombre.

El giro en la vida de Lutero, y la matriz del protestantismo es esta iluminación redentora: Dios no es un Ser justiciero, que reclama al hombre superar por sí solo el mal y que se justifique ante él; por el contrario: en Cristo nos ha revelado su justicia (santidad) para que sea nuestra justicia, y ya no andemos tirados del ramal por el mal, y seamos libres en el mundo. En una de sus mejores obras, Lutero escribe: «El cristiano es un hombre libre, señor de todo y no sometido a nadie; el cristiano es un siervo, al servicio de todo y a todos sometido». Lo primero por la fe, lo segundo por la caridad. Todo deriva ya no de nuestras obras sino de la justicia de Dios manifestada como amor y perdón en la cruz de Cristo. No se vivirá ya bajo el temor sino bajo el gozo de la libertad que Dios nos ofrece en su Hijo. La primera y última palabra no son el mal o pecado del hombre sino el amor y la justicia de Dios hechos nuestros.

¿Y por qué hablamos de tres antípodas? Ellos desde la ética (Erasmo), desde la cultura (Goethe) y desde la estética (Ortega) representan el reverso en unos casos y el rechazo en otro de Lutero para quien esas propuestas son valiosas pero no la primordial, el principio y fundamento. Lo esencial del hombre cristiano es saber, reconocer y vivir en la luz de estas tres afirmaciones confesantes: «Dios es Dios, el hombre es solo hombre y si este se pone en el lugar de Dios se queda desnudo, desestructurado, incapaz de seguir siendo hombre en plenitud». Erasmo es el defensor de la filología, la pedagogía y la preocupación por la paz, pero no se ha asomado al abismo del hombre. Cree que es libre, pero solo en sentido fácil; es verdad que tenemos libre albedrío pero, ¿tenemos libertad como capacidad real para existir en la verdad, el bien, el prójimo, Dios? Su preocupación y propuesta son morales más que religiosas, de ahí el choque violento con Lutero. Goethe es el genio de la palabra, de la estética, de la cultura europea. La religión la deja como consuelo para los que no tienen cultura. E invierte el pensamiento de San Pablo poniendo en boca de Mefistófeles: «Parte soy de esa fuerza que pretende siempre lo malo y hace siempre lo bueno» (Fausto I, Cuarto de estudio). Ortega y Gasset es una cumbre de nuestra cultura, con sensibilidad para lo que el cristianismo ofrece, pero sólo como cultura, sin percatarse de la dimensión dramática de la vida humana (pecado) ni de la cruz de Cristo (perdón).

Frente a estos tres antípodas de Lutero tendríamos que enumerar sus grandes congéneres en Occidente, quienes junto a la gloria del hombre percibieron y alumbraron a la vez la existencia del mal, la gloria de Dios y su amor, el poder de la injusticia, la agonía de la existencia: Kierkergaard, Dostoyevski, Unamuno. Estos conocen las absolutizaciones funestas de Lutero, pero comparten sus puntos de partida. No niegan sino que reafirman el problema del hombre pecador a la vez que iluminan su destino a compartir la santidad divina.

OLEGARIO GONZÁLEZ DE CARDEDAL ES TEÓLOGO

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