500 aniversario de su muerte

Fernando «El Católico», tan odiado por la nobleza castellana como por los nacionalistas catalanes

Felipe «El Hermoso», marido de la Reina de Castilla, se apoyó en varios pesos pesados de la nobleza castellana, que creían que «el viejo catalán» debía regresar al fin a sus tierras. El nacionalismo catalán ha cambiado las tornas del relato

«Doña Isabel la Católica dictando su testamento», por Eduardo Rosales
«Doña Isabel la Católica dictando su testamento», por Eduardo Rosales - Museo del Prado

Amado por los italianos y los aragoneses; odiado por los nobles castellanos del periodo, que le designaban de forma despectiva como «ese viejo catalán», y defenestrado por los nacionalistas catalanes de hoy. No parece muy lógico que uno de los estadistas más hábiles de la historia de España sea objeto de opiniones negativas de personas tan distantes. ¿Cómo se comprende este contradictorio juicio?

Nadie es profeta en su tierra, se suele decir, pero no hay refrán para cuando alguien nace entre dos. Fernando «El Católico» era hijo de Juan II «El Grande», quien a su vez era descendiente de Fernando de Trastámara, el primer Rey de Aragón procedente de la célebre dinastía castellana que Isabel «La Católica» compartía con su marido. Por su parte, la madre de Fernando, doña Juana Enríquez, también era Trastámara, pero procedía de una rama derivada de ésta: los Enríquez. Es decir, Fernando era tan aragonés o menos que castellano, cuya lengua era la que usaba a nivel cotidiano, aunque la nobleza castellana pretendiera lo contrario.

Nacido en Sos del Rey Católico (al noroeste de la provincia de Zaragoza), Fernando heredó el instinto político de su padre, y ya desde pequeño destacó por su inteligencia. Lucio Marineo Sículo lo describe de niño: «Mas ayudándole las grandes fuerzas de su ingenio y la conversación que tuvo de hombres sabios, así salió prudente y sabio, como si fuera enseñado de muy doctos maestros». A la muerte de su esposa, Juan buscó nuevos aliados en Castilla, pues estaba necesitado de una potencia que pudiera ayudarle a mantener sus posesiones en Italia frente a la amenaza que suponía Francia. La joven hermana de Enrique IV, la futura Isabel «La Católica», se postuló como la aliada perfecta y la mejor esposa para el joven Fernando. Ambos eran primos en segundo grado y tenían prácticamente la misma edad.

Retrato de Fernando «El Católico»
Retrato de Fernando «El Católico»- ABC

Fernando e Isabel se enamoraron de forma instantánea al encontrarse en Valladolid. Fernando, de hecho, estaba considerado un príncipe apuesto con «los ojos garzos, las pestañas largas muy alegres sobre gran honestidad y mesura; los dientes menudos y blancos, risa de la cual era muy templada y pocas veces era vista reír como la juvenile edad lo tiene por costumbre». En los primeros años de su matrimonio, las circunstancias políticas dieron pocos motivos para reír a los Reyes Católicos. La guerra contra Enrique IV y posteriormente su hija Juana «La Beltraneja» involucró a los aragoneses en el conflicto y fue la probable causa de que la nobleza castellana no terminara de ver con buenos ojos al aragonés. La guerra hace tantos amigos como enemigos.

Fernando no era exactamente Rey consorte de Castilla. Era algo más que eso, tenía competencias que le acercaban a la autoridad de su esposa, que recibía un tratamiento similar en la Corona de Aragón. Solo la Reina podía nombrar a los dignatarios de Castilla, pero el Rey podía hacer uso de algunas rentas castellanas. Bajo estas condiciones, Fernando reinó en Castilla durante treinta años, lo cual no bastó para ganarse la simpatía de los grandes nobles de este territorio cuando Isabel murió en 1504.

La nobleza se decanta por Felipe «El Hermoso»

En noviembre de 1504, Fernando proclamó a su hija mayor, Juana «La Loca», Reina de Castilla y tomó las riendas de la gobernación del reino acogiéndose a la última voluntad de su esposa. Sin embargo, Felipe «El Hermoso», marido de la Reina, se apoyó en varios pesos pesados de la nobleza castellana, véase el Marqués de Villena o el Duque de Nájera, que creían que «el viejo catalán» debía regresar al fin a sus tierras. De esta opinión era Juan Manuel, antiguo embajador de los Reyes Católicos, ahora consolidado como hombre clave de Felipe, que preparó el terreno para la salida de Fernando.

Otros como el Cardenal Cisneros, que anteriormente habían sido fieles a Fernando, se «pusieron al servicio de Felipe I, aun sin oponerse directamente a su antiguo jefe, el Rey Fernando», explica Yutaka Suzuki en su excelente libro «Personajes del siglo XV: Orígenes del Imperio español». Y aunque en la Concordia de Salamanca (1505) se acordó un gobierno conjunto de Felipe, Fernando «El Católico» y la propia Juana, esta situación terminó con la llegada del borgoñés a la península con un destacamento de hombres armados, quien convenció a la mayor parte de la nobleza castellana, a base de regalos y concesiones, de que el suponía una amenaza menor que la procedente de un Rey aragonés en Castilla. Visiblemente ofendido, Fernando se retiró a Aragón y Felipe fue nombrado Rey de Castilla el 12 de julio 1506 en las Cortes de Valladolid con el nombre de Felipe I. Un reinado que solo duraría dos meses.

A su regreso a Castilla, Fernando, gobernador del reino, encerró a su hija, que había mostrado un comportamiento inquietante durante el cortejo fúnebre de su marido

Fernando era un personaje poco simpático entre los nobles, pero seguía teniendo importantes aliados. Su primo, el poderoso noble castellano Fadrique Álvarez de Toledo, II Duque de Alba, defendió sus derechos cuando todos le dejaron de lado y regresó junto a él cuando la súbita muerte de Felipe I, quizás a causa de alguna clase de veneno, dejó vacante el trono. A su vuelta a Castilla, Fernando, gobernador del reino, encerró en Tordesillas a su hija, que había mostrado un comportamiento inquietante durante el cortejo fúnebre de su marido, y asumió la regencia hasta 1507. Luego sería Cisneros quien sujetaría este cargo hasta la llegada de Carlos I.

El retorno de Fernando a Castilla, no obstante, tuvo cierto aire a obligación. No podía olvidar tan fácilmente que la nobleza le había dado la espalda cuando se trató de elegir entre él o un extranjero, por lo que su gobernación en este reino se limitó a mantener el estatus quo sin emprender grandes empresas. Con la única excepción de la conquista de Navarra. Así, Fadrique Álvarez de Toledo anexionó por las armas el Reino de Navarra a la Corona de Castilla, amparado en una bula del papa Julio II, como parte de un complejo plan de Fernando y de su nueva esposa, la francesa Germana de Foix, que no podía involucrar directamente a Aragón.

«La rendición de Granada», por Francisco Pradilla
«La rendición de Granada», por Francisco Pradilla- Museo del Prado

Por el contrario, Fernando dedicó la mayoría de sus esfuerzos a partir del fallecimiento de su esposa en consolidar sus victorias sobre los franceses en Nápoles y Sicilia. Su labor política allí le granjeó los elogios del afilado Nicolás Maquiavelo: «Vive en nuestros días Fernando de Aragón, Rey de España. Casi puede llamársele príncipe nuevo porque se ha convertido, por propio mérito y gloria, de Rey de un pequeño Estado en primer soberano de la Cristiandad». No obstante, Henry Kamen advierte en su último libro, «Fernando El Católico» (Esfera de los libros, 2015), sobre los peligros de quedarse en esta visión mitificada del Monarca, puesto que el filósofo y diplomático apenas coincidió personalmente, si es que lo llegó a hacer, con el aragonés. «Maquiavelo se inventó una figura de Fernando que coincidía con la imagen que los italianos esperaban encontrar en el hombre que había expulsado a los franceses, pero que no era un retrato cierto», recordó el hispanista en una entrevista con ABC el pasado mes de diciembre.

Castilla le ignora; Cataluña le ataca

Al igual que los italianos mitificaron las virtudes de Fernando, los castellanos tendieron con el paso de los siglos a rebajar sus méritos y atribuirle a Isabel «La Católica» la mayor parte de los éxitos de los Reyes Católicos. La prueba de ello es el escaso número de biografías dedicadas a este monarca, frente a otros personajes del periodo como su propia esposa, que sí han contado con historiadores interesados en reconstruir su vida.

¿Cuánto hay de cierto en el retrato de Fernando como destructor de las instituciones de Cataluña? A juicio de Kamen «no hay ninguna evidencia histórica»

El otro de los problemas contemporáneos en torno a la figura de Fernando es que la mitología nacionalista le ha convertido en el objetivo habitual de sus ataques. Al principio, los autores catalanes, coincidiendo con el movimiento cultural de la «Renaixença», elogiaron al monarca que «reuniendo en una sola corona la de Aragón y la de Castilla, había hecho grande a la de España», escribió en 1846 Antoni de Bofarull en su libro «Hazañas de los catalanes». Sin embargo, el surgimiento del nacionalismo catalán a finales del siglo XIX hizo que la imagen de Fernando sufriera un vuelco.

A partir de entonces el nacionalismo le presentaría como el hombre que había propiciado el declive de Cataluña en favor del dominio de Castillo. Estos autores, entre los que se incluían el poeta romántico Ángel Guimerá o el escritor nacionalista Enric Prat de la Riba, destacaban que el ascenso de los Reyes Católicos había traído consigo el declive económico y demográfico de esta región de la Corona de Aragón.

¿Cuánto hay de cierto en el retrato de Fernando como destructor de las instituciones y del progreso de Cataluña? A juicio de Kamen «no hay ninguna prueba ni evidencia histórica que apoye o sostenga estas afirmaciones». Si bien durante el siglo XV tuvo lugar un claro declive económico en la ciudad de Barcelona –enclave comercial de la Corona de Aragón y sus territorios en el Mediterráneo–, éste se produjo antes de la llegada de los Reyes Católicos. Entre 1462 y 1472, la ciudad de Valencia alcanzó un mayor desarrollo y superó por primera vez comercialmente a Barcelona. Fue una crisis pasajera motivada por razones demográficas y por epidemias, que no remitió definitivamente hasta el siglo XVII. Echarle la culpa a los Reyes Católicos carece de base.

«Jura de los fueros de Vizcaya por Fernando»
«Jura de los fueros de Vizcaya por Fernando»- Casa de las Juntas Generales de Vizcaya

Lo que los nacionalistas se cuidan en ocultar es que Fernando dio carpetazo a los conflictos que su padre, Juan II de Aragón, había mantenido con la ciudad de Barcelona por distintas cuestiones. Fernando fue visto como un amigo y un libertador de las tierras catalanas, al menos al principio del reinado. Durante su etapa como Conde de Barcelona –señala Jordi Canal en su reciente «Historia Mínima de Cataluña» (Editorial Turner, 2015)– «se dieron pasos definitivos para la recuperación económica de Cataluña tras la crisis iniciada con Juan II en el trono». Fernando, no en vano, reformó las instituciones aragonesas: reforzando la representación del monarca en los reinos a través de la figura del virrey e introduciendo la moderna Inquisición a mitad de la década de 1480, lo cual levantó, como resulta evidente, enormes quejas en este territorio. Pero si hubiera que definir el reinado de Fernando y su relación con Barcelona, el punto a destacar sería su pragmatismo y su intención pactista.

Tal vez el intento de magnicidio del 7 de diciembre de 1492 sea el principal culpable de distorsionar la auténtica relación entre Cataluña y los Reyes Católicos. Así, cuando salía de la capilla de Santa Ágata de una audiencia de justicia, el Rey Católico fue acometido por un payés llamado Joan de Cañamares que le infirió una cuchillada en el hombro. «¡O, Santa María, y valme! ¡O, qué traición!», gritó Fernando el Católico al recibir una puñalada en la nuca, según el cronista Andrés Bernáldez. Inmediatamente, los guardias reales saltaron sobre el agresor, Juan de Cañamares, y no lo mataron allí mismo porque el rey se lo impidió. Prefirió dejarlo en manos de la Inquisición, que lo condenó a muerte por intento de magnicidio. Nunca se hallaron razones políticas detrás del suceso, aunque a la mitología nacionalista no le hayan faltado ganas de insinuarlas.

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