Arte

Vicente Todolí: «Richard Hamilton agotó todos los caminos hasta el límite»

Día 12/02/2014 - 13.41h
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El exdirector de la Tate Modern regresa a Londres como comisario de una antológica de padre del pop art, que se verá completa desde el 24 de junio en el Reina Sofía

Vicente Todolí vuelve a la que fuera su casa durante siete años. Y lo hace como comisario de la mayor retrospectiva realizada nunca sobre Richard Hamilton, del que fue un buen amigo. Aclara que se trata de un proyecto que el artista concibió expresamente para el Reina Sofía y que la muestra de la Tate «es una versión reducida, con menos obras, que no sigue el concepto de que cada habitación es una exposición. Paul Schimmel y yo trabajamos con Richard para la muestra del Reina Sofía y el MoCA de Los Ángeles, que después se canceló, cuando llegó el nuevo director. La exposición que planteamos con Richard es la que se verá en el Reina Sofía». En Londres se exhiben unas 160 piezas. Patrocinada por la Fundación Abertis, la muestra de Madrid reunirá 270 obras.

-Richard Hamilton es uno de los artistas británicos más influyentes del siglo XX. Sin embargo, no es tan reconocido, a nivel popular, como Bacon, Freud o Hockney. ¿A qué lo atribuye? ¿Quizás a haber abordado en su carrera tantos géneros y estilos?

-Sí, efectivamente. Él tocó todos los palos. Aparte de una gran curiosidad, tenía conocimientos tecnológicos, le interesaba el diseño, la escritura, los mitos clásicos. Llevó al límite y revolucionó las técnicas de impresión. Era un artista que no tenía una sola marca, sino muchas. La gente, generalmente, quiere algo que reconozca, una imagen de firma. Ve unas figuras deformadas: Bacon. Ve piscinas: Hockney. En la exposición del 92 en la Tate, la prensa británica dijo: «No es un artista, es un diseñador», como una forma de desprecio. Pero no hay nada sin diseño, es el primer concepto. Miguel Ángel trabajaba con diseño. Muchas veces el arte más pictórico se opone al arte intelectual. En el caso de Richard iba todo unido: el intelecto y la forma eran como la carne y los huesos.

-Sorprende que siendo Hamilton uno de los padres del arte pop (él bromeaba diciendo que más bien era el abuelo del arte pop), sin embargo se llevaran toda la gloria Warhol y Lichtenstein. ¿A qué lo atribuye?

-Él producía muy poco y además se negaba a vender sus obras. Gagosian lo quería en su galería, pero él no aceptaba, quería mantener su independencia. Hizo alguna exposición con él, pero nunca llegó a representarle. Recuerdo ver a coleccionistas muy importantes de Suiza rogándole que les vendiera algunas obras y él se negaba. Lo que le interesaba era su trabajo y no el aspecto comercial.

-Se habla siempre de Richard Hamilton como un profeta de la posmodernidad. Sin embargo, no lo llegó a ser en su tierra. ¿Cree que esta antológica le consolidará definitivamente?

-Yo creo que sí, a la tercera (exposición en la Tate) va la vencida. Hubo antes otras en el 70 y el 92. Esta nueva exposición muestra toda su complejidad. Además, muchos artistas reconocen su deuda con Richard Hamilton. Es el caso de Damien Hirst y tantos otros. Hay una nueva recepción de su trabajo porque se han dado cuenta de que ha sido muy influyente. Realmente, ha sido un artista de artistas, no un artista del gran público. Muchas imágenes suyas les suenan, pero no saben quién las ha hecho. Hay quienes creen que se trata del fotógrafo David Hamilton.

-¿Le reconoce ese lado profético?

-Tenía realmente una capacidad de anticipación, porque seguía todas las nuevas tecnologías. Si salía al mercado una nueva cámara, él ya la tenía; si salía un nuevo ordenador, ya lo tenía. Esa curiosidad hacía que empezara a prever por dónde iban a ir los tiros. Era un gran lector de imágenes, asimilador, manipulador... a través del collage. Estaba muy influido por dos referentes: Picasso y Schwitters, además, por supuesto, de Duchamp. Es el que entronca las vanguardias de los años 20 y 30 con el pop.

-Su capacidad de curiosidad llega hasta Giorgione y Fra Angelico.

-Para él, el arte era un todo. No le interesaba solo el arte moderno. Le interesó la pintura clásica, pero hay una dirección en su obra que le hace subvertirla, utilizando nuevas tecnologías. Trabajaba explorando todas las posibilidades; iba adelante hasta las últimas consecuencias. Esa voluntad de agotar los caminos abiertos, de ampliarlos hasta el límite, esa curiosidad... era lo que le interesaba. Tenía una relación de amor-odio con la pintura clásica: la amaba, la llevaba dentro, pero veía que le había llevado en una dirección a ninguna parte.

-¿Dónde radica lo revolucionario del trabajo de Hamilton?

-Esta exposición insiste en algo que él llamó «la expresión como una forma de arte». Se reconstruye, por primera vez desde que se presentó en el 51, la instalación «Growth and Form». Esta exposición se diferencia de las anteriores retrospectivas en que el eje son las instalaciones. Hamilton asume el papel de artista como comisario, de artista como diseñador.

-Hablaba antes de las dos exposiciones anteriores que la Tate dedicó a Hamilton. En la del 92 la crítica le vapuleó: hubo quien la calificó como la peor exposición del año. “Tengo la sensación de haber sido rechazado toda mi vida”, se lamentaba. ¿Le habló de ello en sus numerosas conversaciones con él?

-Sí, pero no le importaba. No se quejaba excesivamente. Bien es verdad que aquella exposición del 92 presentaba a Hamilton como un pintor y él no es un pintor, es un artista. Esta nueva exposición le presenta como el artista que fue: trabaja con la idea de habitaciones. Cuando hacía una exposición, la pensaba antes: tenía sentido como obra en sí misma. No se trataba de colgar obras en las paredes. Los espacios vacíos se tenían que activar. Concebía la exposición como una forma de arte.

-Hamilton era un hombre orquesta: pintor, fotógrafo, comisario, diseñador, profesor... También fue un gran activista político, un artista muy comprometido.

-Sí. Siempre tuvo unas convicciones políticas muy profundas y sólidas y las defendía a contracorriente. A veces se reflejaban directamente en sus obras.

-Usted conoció muy bien a Richard Hamilton, mantuvo una larga y estrecha amistad con él. ¿Cómo era personalmente? Llegó a publicar un proyecto con él sobre el universo de Ferran Adrià en El Bulli: «Comida para pensar. Pensar sobre el comer».

-Le conocí en el 88. Presentamos una obra suya en el IVAM. Entablamos amistad. Me invitó a ir a su casa de Cadaqués, que era otra instalación más: era una persona con una obsesión por el detalle y la precisión. Además, un gran melómano y un gran gastrónomo. Él fue quien me llevó por primera vez a El Bulli. Sería en torno al 92. Establecimos una especie de ceremonia: cada año iría a su casa de Cadaqués y juntos a El Bulli. Ferran no sabía quién era él. Un día Richard le pidió que le hiciera una foto para su proyecto de las Polaroids. Entonces supo Ferran que se traba de un artista muy conocido. Tras su participación en la Documenta de Kassel, quería escribir un libro, le pidió a Richard un texto y a mí otro. Yo le dije: «No escribo, pero si quieres entre Richard y yo te hacemos un libro». Y así fue. Hamilton había hecho libros de artista esenciales.

-¿Por qué le interesaban tanto a Hamilton las Polaroids?

-Le interesaba la idea de la autoría. ¿Quién es el autor? ¿El que tiene la idea y le encarga a otro que la lleve a cabo o el ejecutor? Planteaba estas dudas. Era como un director de orquesta y el resto, los músicos. Les daba la partitura y la interpretaban los otros. El solo pedía fotos a otros artistas a los que respetaba.

-Decía Hamilton que Joyce le convirtió en el pintor que es y que gracias a Duchamp consiguió darse cuenta de ello...

-Sí, fueron dos figuras esenciales para él. Richard era un lector empedernido de Joyce desde muy joven. Tanto él como Duchamp le interesaban porque ambos habían revolucionado el lenguaje: Joyce con el «Ulises» y Duchamp con sus obras.

-Incluso tuvo la osadía de recrear a Duchamp...

-Sí, y Duchamp encantado. Cuando vio el resultado le pareció fantástico. Incluso quiso que firmaran juntos algunos trabajos. De nuevo aparece la figura del artista como comisario, algo en lo que fue pionero. Hoy es frecuente ver a artistas comisariando exposiciones.

-Dejó Hamilton inacabada una autobiografía. ¿Sabe si se va a editar?

-Sí, la idea es que se publique, pero depende de su viuda. Yo fui testigo de cómo comenzó a gestarse. Fue durante una exposición en el Macba. Le costaba mucho escribir porque escribía y corregía constantemente. Para él la escritura era tan importante como el arte. Hay un juego de palabras con la autoría. Firma con un pseudónimo «Philipp Spectre». Se inspiró en el nombre del productor musical Phil Spector. Le gustaba la idea del espectro, el fantasma, el artista como fantasma de sí mismo.

-Pero la escribió en tercera persona. ¿Quería tomar distancia?

-Sí, y también porque le gustaba el juego del pseudónimo. Intentaba ser lo más objetivo posible, de ahí que se desdoblara en otra persona.

-Cuando estuvo exponiendo sus «Meninas» en el Prado, un año antes de morir, se le veía emocionado de mostrar su obra muy cerca de Velázquez, a quien adoraba.

-Y a Goya. Ambos eran tan importantes para él como Duchamp.

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