Escena de «Los archivos secretos de la Inquisición», documental de TVE emitido en 2006
Escena de «Los archivos secretos de la Inquisición», documental de TVE emitido en 2006 - ABC

Muerte en la hoguera... más allá de la Inquisición

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Quien llegó a tiempo antes de que fuera censurado y fue capaz de ver las imágenes al completo, es probable que no las olvide jamás. El vídeo de 22 minutos difundido por el Estado Islámico, en el que puede verse al piloto jordano Muath al Kasasbeh siento quemado vivo dentro de una pequeña jaula, muestra la crueldad de una práctica que creíamos formaba parte de una historia tan lejana como olvidada. Sin embargo, aunque ningún Estado la realice actualmente, en 2012, Boko Haram quemó a 39 cristianos en Nigeria; en 2008, una turba prendió fuego a once personas acusadas de brujería en Kenia; en 2007, las víctimas fueron 255 mujeres en el Kurdistán; en 2006, otras 400 en Sulaymaniyah (Irak), y, a finales de la década de los 90, varios generales de Corea del Norte fueron ejecutados así en un estadio de Pyongyang.

Casos relativamente recientes de una práctica tan antigua como el cristianismo. Según el «Talmud» –la tradición oral judía que fue manuscrita por primera vez alrededor del año 200–, la «quema» a la que se refiere la Biblia se llevaba a cabo vertiendo plomo fundido en la garganta del reo. Es una de las formas más primitivas de la que se tiene noticia de este tipo de ejecución.

La más común era la quema en la hoguera, que estuvo recogida por ley en muchos Estados desde la antigüedad hasta la finales del siglo XVIII. A partir del triunfo de la Revolución Francesa comenzó a ser considerada un castigo salvaje e ilegal, pero del que se siguieron escuchando casos sobrecogedores. Uno de los más sonados tuvo lugar en Waco, Texas, el 15 de mayo de 1916, cuando un granjero afroamericano con problemas mentales y acusado de asesinar a una mujer blanca, Jesse Washington, fue colgado por la muchedumbre de una cadena sobre las llamas, muriendo lentamente. Aquel suceso, conocido como «El terror de Waco», fue condenado por multitud de países.

«Crimen nefando»

En la antigüedad se utilizó para perseguir y erradicar el judaísmo, la herejía, el sacrilegio, la brujería y el «crimen nefando», es decir, la homosexualidad. Según los relatos de Julio César, los prisioneros de guerra fueron arrojados al fuego, denominándose a las víctimas «hombres de mimbre». En el Imperio Bizantino, la muerte en la hoguera era el castigo para los que profesaban el zoroastrismo. Y también en el siglo VI, el emperador Justiniano ordenó esta tortura mortal para todos lo que no fueran cristianos. Fue uno de los artículos principales de su histórico código de leyes.

En 1184, la Iglesia católica creó la Inquisición y legisló que la quema iba a ser el castigo oficial por herejía. Hay que aclarar, sin embargo, que la mayoría de las consideradas brujas, principales víctimas de este castigo, eran enviadas a la hoguera por tribunales civiles y no religiosos. Los encargados de apresarlas a cambio de dinero eran los «cazadores de brujas», también llamados «pinchadores», pues utilizaban largas agujas para punzar a las sospechosas, por la creencia de que las brujas no sangraban. Como ocurre en muchas partes del cuerpo, muchas veces eso no ocurría y eran inmediatamente denunciadas a la Inquisición y quemadas vivas.

En la mayor parte de la historia de esta institución, sin embargo, la hoguera fue poco usada y era desconocida en algunas partes de Europa. Su objetivo principal era difundir el terror entre los cristianos, según explica Ana María Splendiani Ripoll en «Cincuenta años de Inquisición en el Tribunal de Cartagena de Indias» (CEJA, 1997). Se usaba solo en caso de herejes impenitentes o reincidentes. Cuando se les comunicaba la sentencia desde la noche anterior a la ejecución, dos religiosos lo acompañaban hasta el último momento para convencerlo a arrepentirse y reconciliarse con Dios. Si accedía, el condenado optaba a una muerte menos dolorosa y luego se quemaba su cadáver.

Aunque sin arrepentimiento de por medio, ese fue el caso de la considerada última víctima española en una fecha no muy lejana: 1826. Se trataba de Cayeteno Ripoll, un maestro de Valencia que recibió una denuncia anónima, la cual llevó a la Junta de Fe –«los herederos de la Inquisición», según autores como el ensayista y político Alfred Bosch–, a arrestarle. Tras dos años de cárcel, fue condenado a muerte por herejía. ¿Los delitos? Sustituir en las oraciones de clase la expresión «Ave María» por «alabado sea Dios», no acudir ni llevar a misa a sus alumnos, no saludar el paso de la procesión y comer carne el Viernes Santo. Según Splendiani, su cadáver fue quemado tras ser ahorcado, en un suceso que escandalizó al mismo Fernando VII.

La cifras de quemados

Algunos autores sostienen que hay una leyenda negra en lo que a la cifra de muertos de la Inquisición se refiere, sobre todo en lo que se refiere a la mencionada «caza de brujas», asegurando que su participación en ella no fue tan importantes como se asegura. En este sentido, el «Simposio Internacional sobre la Inquisición» celebrado en el Vaticano, en 1998, dio las siguientes cifras de personas quemadas vivas: en Alemania, 25.000 sobre 16 millones de habitantes; en Polonia y Lituania, 10.000 sobre 3,4 millones; en Suiza, 4.000; en Dinamarca y Noruega, 1.350; en Reino Unido, 1.000; en Italia, 36, y en Portugal, cuatro.

En España habrían sido 49, un número muy rebatido por algunos de los principales expertos nacionales, que estiman que, entre 1530 a 1700, la Inquisición española pudo procesar a unas cien mil personas, de las que dieciocho mil terminarían en la hoguera. La cifra más abultada la encontramos en la «Historia crítica de la Inquisición española», de Juan Antonio Llorente, que a principios del siglo XIX afirmó que el total de víctimas fue de 31.192. Según Cesaré Carena, un inquisidor del siglo XVI, esta muerte era «la peor de todas y por ello se castigaba con ella el delito de la herejía».

Lo que sí parece claro es que las tres cuartas partes de las sentencias habrían tenido lugar en los primeros sesenta años de existencia y sólo un cuarto de ellos en los tres siglos siguientes. «La gente de mediados del siglo XVI en adelante sabía que la Inquisición mataba poco», asegura el historiador Bartolomé Benassar en su obra «Modelos de la mentalidad inquisitorial: métodos de su pedagogía del miedo».

La mayor ejecución de la Inquisición se produjo en Madrid, en 1680, y a ella asistió el mismísimo Carlos II con toda su familia. Fueron 118 los condenados, de los cuales 34 eran estatuas en representación de los reos muertos anteriormente o fugitivos. De los restantes, 20 fueron quemados después de muertos y siete vivos (dos eran mujeres). «Fueron ejecutándose los suplicios, dando primero garrote a los arrepentidos y luego aplicando el fuego a los pertinaces, que fueron quemados vivos con no pocas señas de impaciencia, despecho y desesperación», describía el relato hecho por el ayudante del Rey, José del Olmo.