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Winston Churchill y el orgullo español

En 1895, un joven Winston Churchill combatía junto a los soldados españoles en Cuba. Allí nació su respeto por un pueblo al que tenía por orgulloso, lo que orientaría toda su política respecto a España

Día 08/04/2011 - 13.14h
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Winston Churchill, con un fusil «Tommy» en la época de la II Guerra Mundial
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Lo que vemos en la imagen no es Churchill, sino una abuela escocesa caracterizada como él
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Churchill, en una imagen de 1950
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Desde los colegios de pago británicos hasta las tórridas trincheras de una guerra tropical. Este es el camino que recorrió, por iniciativa propia, un joven Winston Churchill, cuando en 1895, recién conseguido su primer despacho de oficial, se las arregló para ser destinado a Cuba en calidad de observador militar y periodista. Allí las tropas españolas combatían la insurrección de los patriotas mambises. Fue la primera guerra de quien a la postre resultaría uno de los más destacados líderes del siglo XX. Allí Churchill aprendió muchas cosas, de la guerra y de los españoles. De la guerra, que es una cosa muy sucia. De los españoles, que eran «gente orgullosa que no pasaba por alto un insulto». Así lo explica, David Sarias, comisario de la exposición que se exhibe en Madrid organizada por la Consejería de Cultura y que recorre la relación del estadista británico con España.

El mundo recuerda a Churchill por su templanza y coraje al frente de un país, la Inglaterra de la Segunda Guerra Mundial, en sus horas más dramáticas. Churchill con su aspecto afable, siempre bajo un bombín y chupando un grueso puro, guió a sus compatriotas cuando resistían en solitario el imparable avance del fascismo en Europa. Ese carácter aguerrido se forjó en gran medida, combatiendo hombro con hombro con los soldados españoles que se dejaban la vida en la gran antilla tratando de apuntalar los últimos paramentos de un imperio español que se derrumbaba irremediablemente.

Solo alguien como WinstonChurchill podía acudir a una guerra en curso voluntariamente. Aquello fue su primer contacto con lo español y le sirvió para hacerse una opinión que determinaría después su política con respecto a la España franquistacuando su pueblo le encomendó la responsabilidad de gobernarlo. Según Sarias, Churchill estuvo siempre muy interesado en todo lo que ocurría sur de los Pirineos. Los tiempos de la Segunda República, un Churchill que todavía no había llegado a Downing Street, los vivió con inquietud: «Él dudaba de que el régimen republicano fuera una verdadera democracia liberal y lo que le contaban sus conocidos españoles acrecentaron esas dudas. Además, veía con preocupación la creciente influencia comunista».

Las deudas de Franco

Años después, ya como primer ministro y con su país inmerso en la más devastadora contienda jamás conocida, Churchill tendría que vérselas con el general Francisco Franco. Sarias cree que la preocupación obsesiva del «león británico» era «evitar que España entrara en la guerra en el bando del Eje». El propio Churchill reconoce en sus memorias que la neutralidad española era imprescindible para asegurar el control británico sobre Gibraltar y, por extensión, la posición dominante de la Royal Navy en el Mediterráneo. El Gobierno británico no las tenía todas consigo. «La actitud de España era mucho más importante para nosotros que la de Vichy. Nosotros habíamos sido neutrales en la sangrienta guerra civil española. El general Franco no nos debía nada, pero sí mucho a las potencias del Eje. Hitler y Mussolini habían acudido en su ayuda. La preocupación británica era lógica. El premier sabía que «España tenía en su mano la llave de todas las empresas británicas en el Mediterráneo». Afortunadamente para los ingleses, Franco decidió finalmente mantener la neutralidad. Pero por si acaso finalmente Madrid se decantaba por el Eje, el Ejército británico tuvo durante dos años listo un contingente preparado para invadir las islas Canarias.

Para Sarias, Churchill se mantuvo fiel a su idea de España, la de «un país complejo en el que solo se podía intervenir desde el respeto y teniendo las ideas muy claras». El carácter orgulloso e indómito que consideraba típicamente hispano así lo aconsejaba. Aunque no todos los habitantes de la piel de toro encajaban en este perfil. Para los analistas del Foreign Office, «Franco pertenece a la clase de españoles del tipo Sancho Panza, más que a la clase del tipo Don Quijote». Así lo reflejaron en documentos citados por el historiador Enrique Moradiellos en su obra «La España de Franco» Un ejemplo de hasta qué punto visiones tópicas, más o menos ajustadas a la realidad pueden orientar la política exterior de un gobierno.

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