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Aún pueden verse los restos de los soldados en el mismo lugar donde cayeron fulminados
Han pasado ya más de 70 años desde que los «rojos» y los «facciosos» se masacraran en pueblos como Pinell, Miravevet, Ribarroja, Flix, Ascó o Fatarella, y aún pueden verse sobre el terreno los restos humanos de los soldados caídos, con una frecuencia tal, que casi se ha convertido en rutina para los vecinos. De hecho, desde que se aprobó la Ley de Fosas catalana en junio de 2009, la Generalitat ha recibido de los vecinos unos 600 restos óseos de un mínimo de 63 soldados. Los últimos, en mayo de este año, en la localidad de Fatarella, «una de las últimas atalayas de los rojos», como la describía la edición sevillana del ABC el 16 de noviembre del 38.
En aquellos parajes, los muertos caídos en combate no se apilaron en fosas, ni fueron enterrados ni trasladados a los cementerios locales, sino que fueron abandonados sobre el terreno, olvidados entre las arengas de vencedores y vencidos… y aún hoy sus restos continúan visibles en el mismo lugar donde cayeron fulminados.
Los partes de guerra
Los partes oficiales de guerra de ambos bandos -publicados el 17 de noviembre de 1938 en las dos ediciones de un ABC también dividido por la guerra- se atribuían la victoria en esta decisiva batalla. Los últimos soldados republicanos acababan de cruzar hacia el margen izquierdo del río Ebro, pero aún quedaban varios meses de guerra y la batería propagandística no iba a dejar de «disparar».
«75.000 bajas, de las cuales, nuestros soldados han dado sepultura a 13.275 cadáveres»
Lo cierto, sin embargo, es que la retirada de las soldados del coronel Juan Modesto y el general Vicente Rojo dejaba en una situación muy favorable al Ejército rebelde de Franco, que hablaba, por su parte, de «enorme descalabro republicano», de «brillantes operaciones del Ejército nacional» y de «una victoria moral que ha de repercutir en toda la zona roja».
«La operación que los rojos presentaron al mundo, mediante su propaganda, como gran éxito militar, ha constituido para ellos una de sus mayores derrotas», aseguraba su parte de guerra, que daba sin más demora su propia versión de las estadísticas: más de 75.000 bajas –«de las cuales, nuestros soldados han dado sepultura a 13.275 cadáveres»–, 19.779 prisioneros, 242 aviones derribados (más otros «94 probables») y la incautación de, entre otro material bélico, 18 tanques rusos, 24.114 fusiles de repetición, 213 fusiles ametralladoras, 7.635 cuchillos-bayonetas o, incluso, 30.102.578 cartuchos de fusil, aseguraban con sospechosa precisión.
Unas cifras precipitadas al tratarse de una batalla que produjo una cifra muy elevada de desaparecidos y una gran confusión en el recuento de prisioneros, hasta el punto de que, aún hoy, los historiadores y expertos no han llegado a ninguna acuerdo.
Operación fallida
«¿Y ahora, que resta? ¿Qué han de hacer los vencidos?», preguntaba el ABC de Sevilla
«Se había fantaseado tanto, se había hecho tan intensa la propaganda a base de fotografías y relatos truculentos, que algunos comenzamos a concebir esperanzas», decía, según el periodista del ABC de Sevilla, Manuel Sanchez del Arco, un prisionero republicano. «La lección del Ebro es enteramente optimista para las armas republicanas. La retaguardia facciosa ha acusado el daño infligido de esta formidable batalla», insistía el ABC de Madrid.
Así finalizaba, el 16 de noviembre de 1938, la batalla del Ebro, uno de los acontecimientos fundamentales de la Guerra Civil, clave para entender, según mucho expertos, la historia contemporánea de Cataluña y España. Pero la guerra no había acabado: «¿Y ahora? ¿Y ahora, qué resta? ¿Qué han de hacer los vencidos?», se preguntaba en el ABC sevillano Sánchez de Arco. «Nuestro Ejército conserva posiciones de alto valor, desde las que continuará vigilando los planes del enemigo», aseguraba el ABC de Madrid.











