Así se forman los alumnos en la cultura del esfuerzo en otros países del mundo

En Asia los profesores ponen al límite este hábito mientras que en Estados Unidos prefieren fomentar la competencia como el mejor camino para alcanzar el «sueño americano»

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  1. Rusia: la corrupción amenaza la excelencia en el sistema educativo

    Un niño escribe en una pizarra en una clase en Rusia
    Un niño escribe en una pizarra en una clase en Rusia - Reuters

    El actual sistema educativo ruso conserva en gran medida la tendencia heredada de la Unión Soviética a fomentar el esfuerzo y el mérito. Las buenas calificaciones, que van desde 0 al 5 (sobresaliente), siendo 3 el aprobado y 4 el notable, son indispensables para acceder el siguiente curso, a la educación superior o a las becas, informa Rafael M. Mañueco desde Moscú.

    Las evaluaciones se hacen mediante exámenes orales y escritos y no se puede pasar al curso superior sin haber superado todas las pruebas, pese a que cada centro docente tiene su propia política en relación con el número de asignaturas pendientes que se pueden arrastrar. La tónica general es permitir no más de dos asignaturas pendientes y no más allá del primer semestre del año siguiente.

    Todos los escolares rusos deben superar el EGE (Examen Estatal Unificado) para recibir el diploma de enseñanza media. Es una reválida que sirve además como prueba de ingreso en la universidad.

    Sin embargo, la corrupción, detectada en no pocos centros de enseñanza rusos, amenaza con destruir el fundamento de la cultura del esfuerzo, ya que lo que cuenta es el dinero que se ofrezca a cambio de unas calificaciones o del título. Víctor Panin, vicepresidente de la Asociación de Defensa del Alumno, sostiene que «la corrupción en el actual sistema educativo ruso se aproxima a un nivel que podríamos llamar crítico». Informa Rafael M. Mañueco (Moscú).

  2. Alemania: un sistema basado en la meritocracia y la diversidad

    Un aula de clase en Frankfurt, Alemania
    Un aula de clase en Frankfurt, Alemania - EPA

    En un catálogo de diez puntos que acaba de publicar el ministro alemán de Interior Thomas de Maiziére, en el que resume la «cultura dominante» en este país, incluye como rasgos irrenunciables de la identidad alemana la «educación general» y la «cultura del esfuerzo», por lo que no cabe duda de la orientación hacia esos valores. Trasladados en la praxis al sistema educativo, nos encontramos que se aplican tanto a los alumnos como a los profesores, sometidos todos ellos a evaluaciones periódicas, señala Rosalía Sánchez desde Berlín.

    El esfuerzo, sin embargo, no se asocia exclusivamente al rendimiento en los exámenes o las notas, que los alumnos no reciben hasta cumplidos los diez años, sino al trabajo en la clase. En la educación primaria y el bachillerato, la «notal oral», que refleja las tareas hechas, la participación activa en las clases y las aportaciones al proceso del grupo, supone a menudo un 60% de la nota total de la asignatura frente al 40% que suma la nota obtenida en los exámenes escritos.

    El sistema educativo alemán, por lo demás, diferencia claramente entre los conceptos de esfuerzo y estrés. El Estado ofrece multiplicidad de centros educativos especializados en diferentes áreas (deportes, música, idiomas, artes plásticas), de modo que cada alumno puede acceder desde edad muy temprana a modelos educativos donde puede desarrollar aquello que realmente le atrae o para lo que tiene talento.

    Desde la séptima clase, a los 12 años, los alumnos se bifurcan, además, en diferentes centros de enseñanza de acuerdo con sus posibilidades de rendimiento, por lo que el niño nunca se ve sometido a unas expectativas por encima de sus posibilidades.

    Estos diferentes centros son: Hauptschule, cinco o seis años de formación general básica encaminada a una formación profesional que habilita para ejercer un oficio o una actividad en la industria o la agricultura; Realschule, seis años que concluyen con un título superior medio que permite pasar a escuelas profesionales técnicas, ingenierías, o acceder al nivel superior de secundaria; o Gymnasium, bachillerato de 9 años de duración que concluye con el examen de Abitur de acceso a la universidad. Informa Rosalía Castro (Berlín).

  3. Asia: esfuerzo y respeto a los profesores

    Estudiantes asiáticos, en una clase en Taipei
    Estudiantes asiáticos, en una clase en Taipei - AFP

    Cada año, países y ciudades de Asia como Corea del Sur, Singapur, Japón, Taiwán, Shanghái y Hong Kong encabezan las clasificaciones de las pruebas PISA que miden el rendimiento escolar en todo el mundo. No es una casualidad. Tan buenos resultados no se entienden sin la cultura del esfuerzo que impera en Asia, donde además prima una tradición confuciana basada en el máximo respeto a los profesores y mayores, cuenta Pablo M. Díez desde Pekín.

    A estos factores sociales se suma una disciplina casi militar en los colegios, donde la competitividad que trae la superpoblación que sufren estos lugares obliga a los alumnos a esforzarse al máximo para entrar en las mejores universidades y encontrar luego empleos bien remunerados. Tal y como comprobó ABC en una visita hace varios años al internado Jincai de Shanghái, uno de los institutos que lideran los informes PISA, sus alumnos estudiaban de ocho de la mañana a diez de la noche, con breves recreos entre las clases de la jornada lectiva y las tareas y actividades de repaso durante la tarde. En lugar de descansar durante los fines de semana, los estudiantes seguían cursos particulares escogidos por sus padres para mejorar su formación, como música o un segundo idioma extranjero.

    El problema es que la presión es tal que en algunos de estos países, como Corea del Sur, muchos no pueden soportarla y acaban suicidándose. En otros lugares, como China, la educación se basa en la memorización y no enseña a los alumnos a pensar por sí mismos, privándolos de empatía y reduciéndolos a meras «máquinas de estudiar», informa Pablo M. Díez (Pekín).

  4. Italia: un país donde no se suspende y no se valora el esfuerzo ni el mérito

    Estudiantes italianos, a las puertas de la Universidad de Roma
    Estudiantes italianos, a las puertas de la Universidad de Roma - EFE

    En la escuela italiana no existe en la práctica el suspenso. El porcentaje de alumnos que aprueba los exámenes del diploma final para acceder a la universidad alcanza desde hace años casi el 100 por 100. La dramática situación la reflejó un profesor de 54 años de un instituto de Casarano, en la provincia de Lecce, al sur de Italia, con esta declaración: «Si todos los estudiantes tuvieran los votos que merecen no pasarían el curso más del 20 por 100». Los institutos que suspenden a alumnos se ganan mala fama. Lo mismo les sucede a los profesores. Solo las escuelas que tienen mucho prestigio se pueden permitir suspender a algunos alumnos.

    «En Italia en una gran mayoría de los casos no se valora el efectivo grado de aprendizaje de los alumnos. Se da una calificación escolar que se puede definir como política. Y se promueve al alumno», comenta el profesor Ernesto Galli della Loggia. Las causas son muchas, pero la principal es la ideológica, fundada sobre la categoría de la «inclusión», que domina en la escuela desde hace decenios. Es decir, se aprueba a todos para que ninguno se quede atrás. El resultado es que la preparación de muchos alumnos es muy deficiente cuando llegan a la universidad.

    En los últimos días en Italia se ha vivido una polémica que refleja hasta qué punto la calificación escolar es política y no tiene en cuenta el mérito. El populista Movimiento 5 Estrellas (M5E) del cómico Grillo ha pedido “piedad” para los estudiantes que próximamente afrontarán el examen del diploma de acceso a la universidad. El M5E ha solicitado al ministerio de Educación que, para el examen de matemáticas, se permita a los estudiantes llevar un formulario para ayudar la memoria de los jóvenes y reducirles así el ansia.

    En definitiva, en el sistema educativo italiano no se hace selección y, por tanto, no se premia el esfuerzo y el mérito. Ante esa situación, las familias que tienen posibilidad económica mandan a sus hijos a estudiar a ciertos institutos de prestigio de las grandes ciudades o los envían a una escuela extranjera o directamente fuera del país. Informa Ángel Gómez Fuentes (Roma).

  5. EE.UU.: fomento de la competencia entre alumnos, profesores y centros

    Universidad de Harvard, en Boston
    Universidad de Harvard, en Boston

    Como en muchos otros ámbitos, el sistema educativo de EE.UU. no es uniforme: las entidades locales tienen la competencia y su gestión y exigencias varían mucho en todo el país. Algo es común en todo el sistema: se fomenta la competencia entre alumnos, profesores y centros. Esto se hace a través de test estandarizados, cuyos resultados influyen en las posibilidades de los alumnos de acceder a mejores colegios o a las universidades de su preferencia y que afectan también a la financiación de los centros: si los alumnos y profesores obtienen malos resultados, los colegios pierden recursos. El resultado negativo de la profusión de estos tests es que buena parte de la educación se ha centrado en ellos: muchas veces, en lugar de educar, se aprende a hacer exámenes. Informa Javier Ansorena (Nueva York).

  6. Reino Unido, reválidas a cara o cruz para subir de nivel

    Reuters

    En el modelo educativo británico existen exámenes estatales de evaluación de competencia de los alumnos. Entre los 14 y los 16 años, al acabar el equivalente a la secundaria, afrontan los exámenes del Certificado General de Educación Secundaria (GCSE), que deben pasar para poder seguir en la ruta a la universidad. Se instituyeron en 1988, por un Gobierno conservador.

    En los dos años finales del equivalente al bachillerato los alumnos se enfrentan a los temidos A Levels (Nivel Avanzado), que dan paso a la universidad. Según la nota que logren en los A Levels pueden acceder o no a la universidad y aspirar a centros de mayor o menor calidad. Los A Levels se instituyeron en 1951.

    Pero sería un error sobrevalorar el nivel de exigencia en el Reino Unido, donde también existe un gran debate sobre la caída del esfuerzo del alumnado en los últimos tiempos. De hecho, Theresa May aboga por recuperar las exigentes «grammars school», escuelas selectivas abolidas por Tony Blair y en las que ella misma estudió. Eran centros estatales a los que accedían los mejores alumnos, seleccionados en un examen que realizaban a los once años, el llamado «11 Plus». Blair prohibió abrir nuevas «grammar school» alegando que fomentaban la desigualdad social.

    Por último, es muy dudoso que los alumnos británicos adquieran más conocimientos que los españoles, que por ejemplo están mucho mejor formados en gramática. La diferencia es que la educación anglosajona prima la elaboración de trabajos, la exposición en público y la redacción de ensayos. Pero a la hora de la verdad, lo cierto es que un alumno español sabe más cosas que uno inglés, aunque no se le forme en la importante faceta de la retórica, informa Luis Ventoso (Londres).

  7. Portugal ha conseguido aventajar a España

    Universidad de Lisboa
    Universidad de Lisboa - ABC

    El último Informe PISA certificó el fuerte ascenso de Portugal en sus objetivos de enseñanza, con la prioridad de las Matemáticas como estrella, tal cual demostró su progresión desde el puesto número 49 a nivel mundial hasta el número 13, es decir, con 20 de ventaja sobre España.

    La reforma impulsada por el anterior ministro de Educación, el conservador Nuno Crato, dio sus frutos a través de un refuerzo de los mecanismos de control. Y así se ha llegado a un programa de impulso al estudio que otorga una elevada importancia a los integrantes de la Comunidad de Países de Lengua Portuguesa, lo que se traduce en un incremento de las becas concedidas a estudiantes de Brasil, Angola, Cabo Verde y Mozambique.

    Se consolida, de esta forma, la movilidad de estudiantes en la enseñanza superior, uno de los pilares de un sistema que se beneficia de la inexistencia de presiones nacionalistas, tal cual acontece en España. Informa Francisco Chacón (Lisboa).