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El cine: instrumento de concienciación social para contrarrestar el racismo

La lucha por los derechos de la población de color en Estados Unidos se vio reflejada en algunos de los títulos más emblemáticos del cine, entre ellos «Adivina quien viene esta noche» y «Arde Mississippi»

Fotograma del documental nominado al Oscar «I am not your negro» (2016), dirigido por Raoul Peck
Fotograma del documental nominado al Oscar «I am not your negro» (2016), dirigido por Raoul Peck
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Las anquilosadas y rancias costumbres de los más puristas impiden que el colectivo supremacista norteamericano reconozca a la gente de color como símbolo del triunfo de la libertad y la democracia. Olvidan que los derechos fundamentales se erigieron desde la arena ensangrentada que dejó la brutal Guerra de Secesión y de las lágrimas vertidas durante la lucha de la población negra contra la injusticia segregacionista. Esta es una historia que se repite una y otra vez en diferentes partes del mundo: la tensión interna entre las diferentes «razas» o culturas dentro de una comunidad crea una fricción que acaba resquebrajando el orden establecido y, en última instancia, detonando el odio acumulado, provocando altercados, desigualdad y pobreza.

En esta tesitura, el cine se ha alineado para denunciar la creciente ola de racismo y ha utilizado las plataformas de mayor distribución de contenidos para difundir una serie de documentales y películas que recuerdan los suplicios que tuvo que vivir la población negra durante los últimos cuatro siglos de historia. Los Oscar de 2015 supusieron un punto de inflexión en Hollywood: de los #oscarsowhite se pasó, un año después, a los #oscarsoblack. Cintas como «Enmienda XIII» y «I Am Not Your Negro» encabezaron la lista de obras nominadas a Mejor Documental, y numerosos actores y actrices de color coparon la lista de protagonistas de grandes películas («Loving», «Figuras ocultas», «Moonlight», «Fences») que denunciaban cómo el país estaba virando de nuevo hacia el populismo y la xenofobia. El racismo, además, ha estado presente en muchas obras recientes: «Déjame salir» (2017), «12 años de esclavitud» (2013) o «Django desencadenado» son tres buenos ejemplos.

La situación pone de relieve la importancia que ostenta la industria cinematográfica en materia social: lejos de ser un mero instrumento de entretenimiento, tiene la fuerza de poder influir en la masa a través de sus productos. Como si se tratase de un antídoto contra los movimientos de ultraderecha, puede servir como elemento de concienciación y reflexión. El celuloide es capaz de reconstruir las tragedias que marcaron a la humanidad para recapacitar sobre sus consecuencias y, si se sabe manejar, es incluso capaz de movilizar a grandes aglomeraciones que persiguen objetivos comunes. Durante sus cien años de existencia ha tenido la capacidad de retratar los conflictos generacionales de cada década e inmortalizarlos.

Un arma de doble filo

El problema surge cuando este instrumento se utiliza con fines lesivos. Un ejemplo de ello fue el estreno en 1914 de la monumental «El nacimiento de una nación», de David Wark Griffith. Se trataba de una película de una intensidad narrativa sobresaliente pero repugnante en su mensaje racista, donde se retrataba a los negros como animales salvajes y a los miembros del Ku Klux Klan como héroes salvadores de la pureza norteamericana. Las consecuencias: cines en llamas, linchamientos de negros en las calles y el resurgir del KKK. Los efectos devastadores que provocó Griffith con su película, probablemente de manera inconsciente, fueron un ejemplo de cómo el cine podía influir en el pensamiento social sin siquiera buscarlo.

«Lo que el viento se llevó», epopeya épica de casi cuatro horas sobre el conflicto de Secesión retratado desde la perspectiva sureña, también tenía connotaciones racistas por su visión heroica de las tropas derrotadas del Sur, a las que encumbraba como víctimas de las injusticias del norte. Pero sobre todo la polémica vino dada porque a miembros afroamericanos del reparto se les prohibió asistir al estreno de la película por su color de piel. Algo a lo que, dicho sea de paso, se opuso David O. Selznick, magnate de la Metro, quien en condición de judío con familiares perseguidos por los nazis veía una analogía de la represión de Hitler en la situación que experimentaba la población negra.

Otros grandes clásicos, como la «Metrópolis» futurista de Fritz Lang, escrita por su mujer, Thea von Harbou (años después militante en el partido nazi), contenía claros motivos racistas, como la escena en la que siete negros acaban convirtiéndose en los siete pecados capitales. Todos ellos fueron títulos emblemáticos que escondían mensajes racistas que simbolizaban algo que no transgredía los límites éticos, pues se trataba de lo moralmente aceptable en la época. Los nazis aprendieron del poder del cine y exprimieron todo su talento narrativo rodando algunos de los documentales más espectaculares que han dado los años treinta y cuarenta, entre los que sobresale el espectacular «El triunfo de la voluntad» (1935) de Leni Riefenstahl.

La lucha por los derechos civiles

Sin embargo, el resurgir del movimiento en pro de los derechos civiles de los negros, capitaneado por Malcolm X y Martin Luther King, ambos asesinados a manos de supremacistas blancos y cuyas vidas fueron trasladadas a la gran pantalla en «Malcolm X» (1992) y «Selma» (2014), puso el cine al servicio de esta minoría social.

Los años sesenta acogieron joyas como «Adivina quién viene esta noche» y «En el calor de la noche», ambas protagonizadas por Sidney Poitier, que se convirtieron en clásicos inmediatos por su retrato de los prejuicios raciales y la exclusión segregacionista. Harper Lee esbozó los conflictos interraciales en el drama sureño «Matar a un ruiseñor», adaptada a la gran pantalla por Robert Mulligan en 1962, y John Ford trasladó al Lejano Oeste el juicio de un ejemplar sargento de color que es injustamente acusado de violar a una mujer blanca en «El sargento negro» (1960).

«Arde Mississippi» (1988, Alan Parker), donde Willem Dafoe y Gene Hackman se enfrentaron a la degradación humana en un pequeño pueblo racista donde miembros del Ku Klux Klan asesinaban sin piedad a gente de color, fue uno de los estrenos más importantes de su década. Spielberg, habitual defensor de las minorías excluidas, retrató en la melodramática «El color púrpura» (1985) las penurias de una joven embarazada de su propio padre y en «Amistad» (1997) el motín de una gavilla de esclavos a bordo de un barco que llevaba el mismo nombre que la película.

Pero el cine más emblemático sobre la exclusión de la población negra se centró en las consecuencias la guerra de colores, que generó los famosos «guetos» y barrios bajos. «Los chicos del barrio», las películas militantes del polémico Spike Lee Haz lo que debas», 1989) e incluso la espléndida serie de HBO «The Wire» (2002) se sumergieron en los barrios marginales de Estados Unidos, donde las drogas y el crimen organizado estaban liderados por toda clase de extranjeros, desde negros hasta hispanos, pasando por chinos y rusos. Ellos son los protagonistas indiscutibles de una realidad social en la que la espiral de violencia desenfrenada, la marginación y la pobreza constituyen el pan de cada. El cine los ha traído de vuelta al mundo.