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Crítica de «La vida sin Sara Amat»: Primera rotura de corazón

La opera prima de Laura Jou, basada en la novela homónima de Pep Puig, es una historia de adolescentes que alerta desde el título sobre la fugacidad del primer amor

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Hitchcock alertaba de los riesgos de trabajar con niños, pero Laura Jou, que como directora solo había rodado el corto «No me quites» –premiado por casi todos los jurados que lo han catado–, tiene amplia experiencia como «entrenadora» de actores, también diminutos. No sorprende que lo primero que transmite «La vida sin Sara Amat» sea unas interpretaciones creíbles, pese a la juventud del reparto. Los chavales están fantásticos, sobre todo María Morera y Biel Rossell, que acaparan minutos y palabras dentro de una puesta en escena sin diálogos superfluos.

Jou adapta la novela homónima de Pep Puig, una historia de adolescentes que alerta desde el título sobre la fugacidad del primer amor. Ese «sin Sara Amat» es una forma de ponerse la venda antes de que el corazón se rompa, mal irremediable que cualquiera con más edad que los protagonistas anticipará sin esfuerzo.

La trama es sencilla: la chica desaparece una noche de verano y todos la buscan sin éxito. Esta vez no hay drama. Ella se ha escondido en la habitación del muchacho, que pasa las vacaciones con su abuela, excelente como siempre Francesca Piñón.

Más que una historia, la película transmite un estado de ánimo, sin dejar de ser una obra de iniciación rodada con elegancia y fotografiada con esmero. El corazón invernal de la protagonista añade además cierto toque de distinción, que aleja la cinta de cualquier tentación sentimental. La contención se agradece tanto como la pasión por la lectura. Lo que no tiene remedio es el fin del verano.