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Crítica de Sweet Country: Magnífico wéstern austral

La evidente voluntad de composición monumental, el laconismo de haiku y el tempo deliberado remiten al antaño innombrable y hoy icónico post-wéstern de Sergio Leone

Fotograma de «Sweet Country»
Fotograma de «Sweet Country»
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El espectador que añore ese género tantas veces enterrado y resucitado que es el wéstern hará bien en tomar nota de este estreno. Premiada en el festival de Venecia, funciona sin embargo igual de bien como pieza de género que como cine festivalero. La evidente voluntad de composición monumental, el laconismo de haiku y el tempo deliberado, por ejemplo, remiten al antaño innombrable y hoy icónico post-wéstern de Sergio Leone, pero sin guiños posmodernos. De algún modo, evoca más bien una nueva forma de esencialismo de las grandes planicies, de los poblados en donde la ley está aún más cerca del juez de la horca que del nuevo régimen del hombre que mató (o se llevó la fama) a Liberty Valance.

Sólo hay que hacer un par de ajustes; la acción transcurre en Australia a comienzos del siglo XX, por ejemplo, pero el infernal paisaje no tiene nada que envidiar al estadounidense. Y hay una clara puesta en evidencia de la ideología que llevaba implícita la colonización del desierto, el ingente proyecto de convertir el desierto en jardín: pocas mujeres, y las que hay son objeto de un brutal deseo. Y algo muy parecido a la esclavitud, ocupando los aborígenes australes un lugar híbrido entre los nativos indios y los negros del Oeste norteño. La violación de una aborigen, la muerte de un engendro de hombre blanco: así se pone en marcha un mecanismo letal de justicia que se rige por un muy antiguo testamento colonial, una tragedia que se describe con una lógica tan implacable como el clima, una toma de conciencia que es un formidable despertar en el infierno.