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Crítica de «Bienvenidos al barrio»: Cuento de hadas «multiculti»

Aporta un punto de vista radicalmente rosado, optimista hasta la náusea

Imagen de «Bienvenidos al barrio»
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El título original, «Por ahora todo va bien», era la inolvidable letanía de un tipo despeñándose hacia la muerte con que se abría «El odio». La frasecita y el retrato de un París multicultural es lo único que tienen en común las dos películas. Esta aporta un punto de vista radicalmente rosado, optimista hasta la náusea, si no fuera porque la idea de que existe un futuro de entendimiento y oportunidades laborales en los peores barrios es tan atractiva que uno se resiste a descartarla.

La cosa empieza con un desclasamiento forzado: una empresa en apuros se ve forzada a «deslocalizarse» a un barrio cuyo solo nombre, La Courneuve, rechina en los labios de todos los parisinos que lo escuchan. El empresario persiste en su empeño, contrata talento local y pronto se encuentra con una empresa-Benetton con árabes, indios y alguna rubia del París central. Por supuesto, la cosa funciona, esa es la idea, y el empresario descubre un mundo (literalmente) nuevo para él, en donde hasta el camello local parece dispuesto a arrimar el hombro e incluso al final se deja influir por los protocolos de recursos humanos de la empresa capitalista al uso. Este es el mejor chiste de la función pero sale en los créditos finales; antes hay una sucesión de situaciones mucho menos ocurrentes aunque alguna de ellas podría evocar, siendo indulgentes, el espíritu pícaro y humanista a la vez de la comedia italiana de la gran época.