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Crítica de «Un asunto de familia»: La línea agridulce entre la parentela y el clan

La familia es en el universo de este cineasta la estrella polar, la luminaria que hay que seguir para encontrar el norte

Imagen de «Un asunto de familia»
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El japonés Kore-eda tiene tantas virtudes como cineasta que sus películas, todas, desconciertan por su amasado perfecto de dureza y ternura, desde aquel «Nadie sabe», a «Still alking», «Milagro» o «De tal padre, tal hijo». En ésta, el desorden y el dilema moral salta ya en las primeras escenas, cuando un padre le enseña al hijo cómo trincar comida gratis en el supermercado o que se debe «recoger» a una niñita que parece abandonada en el balcón de una casa.

La familia es en el universo de este cineasta la estrella polar, la luminaria que hay que seguir para encontrar el norte. Y es esta familia y su asunto la que vuelve a poner en la cabeza del espectador esa idea revolucionaria, dura y tierna de los lazos que unen a la infancia con su entorno «familiar», si se anudan mejor por el adn o por el roce.

La película son las estampas de convivencia de ese grupo familiar «marciano», en el que las triquiñuelas y el cariño son los motores de la relación, y en los que la niña «adoptada», o también puede escribirse entre comillas «raptada», le da cuerda a esa historia de sentimientos modélicos y de actos difíciles de aceptar. Hay, desde luego, una observación extravagante de la institución familiar, pero profundamente cercana y emocionante, y el modo en el que Kore-eda impregna la pantalla de detalles, de naturalidad, de sentimientos y de revelaciones componen un cuerpo muy duro, pero también esponjoso y lleno de un sentido del humor delicado y pintoresco que hacen de la transgresión algo nutritivo y humano, y en el que el bien y el no tan bien se pisan alegremente. Es casi imposible escabullirse de todos sus encantos (y desencantos), tal y como certificó el jurado del Festival de Cannes que le dio la Palma de Oro.