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Creed II llega este viernes a los cines españoles

Creed II: La leyenda de Rocky Boxeadores en el ring, perdedores en la vida

Sylvester Stallone y Dolph Lundgren se reencuentran sobre el ring en esta cinta protagonizada por Michael B. Jordan

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Hubo una época en la que todo era más fácil. Los malos eran tan malos como un robot cortocircuitado y los buenos dejaban por los suelos a Santa Teresa de Calcuta. Arquetipos como monolitos de mármol, inmutables y perfectos, que Hollywood supo vender con esmero durante la Guerra Fría. «Los americanos tenían todos los valores buenos, y los rusos eran lo peor, no había grises», cuenta Dolph Lundgren, el hombre que dio vida a Iván Drago en «Rocky IV» (1985) y que ahora, en «Creed II: La leyenda de Rocky», repite en el papel del padre de Viktor, la nueva máquina de matar soviética. «En “Rocky IV” era como un dibujo animado, no hablaba nada. Ahora sabemos que las cosas no son tan sencillas, y eso se ve en el guion», reflexiona el intérprete, grande como un Moái de la Isla de Pascua.

La segunda película de la saga de «Creed» –saga en sentido familiar y no tanto en el de franquicia– culmina la «vendetta» que Adonis Creed mastica en la estrenada en 2015. Su padre, Apollo Creed, fue asesinado sobre el cuadrilátero por Iván Drago en 1985, y Adonis busca ahora la fría revancha en una pelea contra Viktor. Un galimatías de apellidos que se resume en una línea: Estados Unidos y Rusia se suben de nuevo al ring. «Ambos países están más cerca que cuando comenzamos a rodar en los ochenta. Ahora la disputa va por un tema económico y antes era por ideales y doctrinas», analiza Lundgren. «La película se centra en los individuos, y lo interesante es que siempre son los pobres los que pelean. En “Rocky” luchaban pobres chicos que no tenían nada más que a ellos mismos y en “Creed” vemos a una élite rusa a la que no le importa nadie, ni Viktor, solo que Rusia brille de nuevo. Ese es el eco de la película de los 80», sentencia el gigante, una «rara avis» en Hollywood, famoso por sus papeles de villano y sus músculos pese a que es un cerebro superdotado, máster en ingeniería química, beca fullbright en el MIT y dominio perfecto de cinco idiomas.

Más allá del feliz reencuentro con el malo más carismático de la infinita saga de Rocky, «Creed II» vuelve a andar el camino de la primera entrega: la relación del joven protagonista, Michael B. Jordan, la estrella afroamericana del momento, con su mentor, Sylvester Stallone. «Él me dijo que olvidara a Rocky, que “Creed” era mi película y que la tenía que hacer mía», cuenta a ABC el actor, popular por su papel en «Black Panther».

Gastar el guante

«He hecho lo que llevo haciendo veinte años: actuar. Mi filosofía en el cine es que si lo que estoy haciendo se convierte en empalagoso, dejo de hacerlo. Pero he tenido la suerte de ser parte de proyectos con significado y que han envejecido bien», relata el actor ante uno de los mayores retos del filme, no agotar la historia de un personaje tan reconocido como Rocky. «Por supuesto que se puede debilitar: la clave es centrarse en los personajes porque el boxeo tiene sus limitaciones. Si solo hablamos de boxeo, la historia se terminaría rápidamente y no tendría mucho que contar. Pero si nos centramos en los personajes siempre hay algo que nuevo, y aquí estamos contando un drama», completa la respuesta el director del filme, Steven Caple Jr.

El drama que el cineasta asegura haber rodado, aunque hay mucho más de película de acción e incluso algo de historia de amor familiar, está encarnado en la figura de Rocky Balboa e Iván Drago, ambos perdedores de la vida pese a que triunfaron en su deporte. El primero, ídolo americano tras su victoria en el corazón de la URSS vestido con la bandera de barras y estrellas, hoy no es más que una sombra que va de su casa a su restaurante sin más compañía que cuando se pasa por el gimnasio para guiar a Adonis. En su casa, en Filadelfia, apenas le reconocen por las calles pese a que hay una estatua suya a los pies de la famosa escalera donde puso de moda la canción «Eye of tiger». Al segundo le va todavía peor. Sobrevive como puede en un barrio obrero de Ucrania -en Hollywood no se han enterado todavía del desmembramiento de la URSS- mientras acumula un odio visceral contra la élite política que le dio la espalda tras su derrota contra Rocky.

Como esos malos padres que vuelcan sus frustraciones en los partidos del domingo por la mañana de sus hijos, Iván entrena a Viktor con mano de hierro y corazón de anabolizantes. Rocky, que trata de poner cordura ante la venganza que carcome a Adonis, hace un poco lo mismo ya que no reúne valor para hablar con su verdadero hijo, del que se distanció tras la muerte de su esposa.

Ahí está, y no es un «spoiler», el giro dramático de esta película que gustará a los amantes de Rocky y no espantará al resto de espectadores. Porque en realidad, como termina por reconocer Michael B. Jordan, la novedad en la saga es que está protagonizada por un afroamericano. El resto se mantiene inmutable como un monolito de mármol.