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La calle del Codo, el estrecho paso donde Quevedo orinaba cada noche

Nexo entre las plazas de la Villa y del Conde de Miranda, sombría en apenas setenta metros, su nombre figura en el callejero de Madrid desde el Siglo de Oro

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Como nexo entre las plazas de la Villa y del Conde Miranda se sitúa la histórica calle del Codo, estrecha y castiza a lo largo de poco más de setenta metros de empedrado. Ajena al sol, tan sombría y oscura que casi no conoce el día, perdura en el callejero de Madrid como una suerte de reliquia del Siglo de Oro. Tanto que Francisco de Quevedo y su personalidad son inherentes a su historia, con la creencia de que el ácido escritor acostumbraba a orinar en este punto. El viejo paso, como otros homólogos en el centro de la capital, es parte de la crónica física sobre la mayor concentración de talento de la literatura universal.

Famosos y eternos son los versos de Quevedo, como también lo es su pérfida y ofensiva rivalidad con Luis de Góngora. Acaso en un escalón inferior se ubica su carácter pendenciero y tabernario, igualmente narrado. Quizá por las últimas cualidades surge la asociación entre la calle y el escritor; pues esta vía, además de ser un lugar de tránsito entre las tabernas de la Villa, fue un punto habitual de duelos entre caballeros. Pasados más de tres siglos, aunque con un tránsito y una consideración opuestos, mantiene intacta su atmósfera de Madrid antiguo. De hecho, es utilizada puntualmente como escenario de rodajes televisivos.

Apartados los posibles enfrentamientos, que seguramente los hubiera, lo que relaciona a Quevedo con la calle del Codo es, efectivamente, su predilección por miccionar en ella. Cada noche, al regresar de su ronda por las tabernas de Madrid, Quevedo se detenía a orinar en la misma tapia, desatando el enfado de quienes allí vivían. Incluso se ha dicho que uno de los vecinos, con la intención de tocar la conciencia del literato, pintó una cruz con el mensaje «No se mea donde hay una cruz». Él, fiel a su ironía, contestó con un nuevo depósito y otra frase: «No se coloca una cruz donde se mea».

Si bien el escritor madrileño no dedicó demasiado tiempo a describir esta situación, posiblemente porque entonces pasara inadvertida, lo cierto es que se ha transmitido intacta hasta nuestro tiempo, reflejo de la desordenada vida de los genios del siglo XVII, coetáneos todos con Miguel de Cervantes.