Las mejores poesías dedicadas a Madrid
La ciudad de Madrid, en 1936 - Archivo abc
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Las mejores poesías dedicadas a Madrid

Miguel Hernández, Góngora, Blas de Otero, Antonio Machado, Rafael Alberti o Dámaso Alonso dedicaron algunos de sus mejores versos a la capital española

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Miguel Hernández, Góngora, Blas de Otero, Antonio Machado, Rafael Alberti o Dámaso Alonso dedicaron algunos de sus mejores versos a la capital española

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  1. Madrid (Miguel Hernández)

    La ciudad de Madrid, en 1936
    La ciudad de Madrid, en 1936 - Archivo abc

    «De entre las piedras, la encina y el haya,

    de entre un follaje de hueso ligero

    surte un acero que no se desmaya:

    surte un acero.

    Una ciudad dedicada a la brisa,

    ante las malas pasiones despiertas

    abre sus puertas como una sonrisa:

    cierra sus puertas.

    Un ansia verde y un odio dorado

    arde en el seno de aquellas paredes.

    Contra la sombra, la luz ha cerrado

    todas sus redes.

    Esta ciudad no se aplaca con fuego,

    este laurel con rencor no se tala.

    Este rosal sin ventura, este espliego

    júbilo exhala.

    Puerta cerrada, taberna encendida:

    nadie encarcela sus libres licores.

    Atravesada del hambre y la vida,

    sigue en sus flores.

    Niños igual que agujeros resecos,

    hacen vibrar un calor de ira pura

    junto a mujeres que son filos y ecos

    hacia una hondura.

    Lóbregos hombres, radiantes barrancos

    con la amenaza de ser más profundos.

    Entre sus dientes serenos y blancos

    luchan dos mundos.

    Una sonrisa que va esperanzada

    desde el principio del alma a la boca,

    pinta de rojo feliz tu fachada,

    gran ciudad loca.

    Esa sonrisa jamás anochece:

    y es matutina con tanto heroísmo,

    que en las tinieblas azulmente crece

    como un abismo.

    No han de saltarle lo triste y lo blando:

    de labio a labio imponente y seguro

    salta una loca guitarra clamando

    por su futuro.

    Desfallecer... Pero el toro es bastante.

    Su corazón, sufrimiento, no agotas.

    Y retrocede la luna menguante

    de las derrotas.

    Sólo te nutre tu vívida esencia.

    Duermes al borde del hoyo y la espada.

    Eres mi casa, Madrid: mi existencia,

    ¡qué atravesada!»

  2. Madrid, divinamente (Blas de Otero)

    Reparto de propaganda electoral en la Puerta del Alcalá
    Reparto de propaganda electoral en la Puerta del Alcalá - Archivo abc

    «Madrid, divinamente

    suenas, alegres días

    de la confusa adolescencia,

    frío cielo lindando con las cimas

    del Guadarrama,

    mañanas escolares,

    rauda huida

    al Retiro, risas

    de jarroncito de porcelana,

    tarde

    de toros en la roja plaza vieja,

    pues me iría y a ver la verbena

    en San Antonio o San Isidro,

    ruido de Navidad en las aceras

    cerca

    de la Plaza Mayor,

    rotos recuerdos

    de mil novecientos veintisiete,

    treinta,

    pueblo derramado aquel 14

    de abril, alegre,

    puro, heroico Madrid, cuna y sepulcro

    de mi revuelta adolescencia.»

  3. De Madrid (Luis de Góngora)

    Óleo de Luis de Góngora
    Óleo de Luis de Góngora - Juan manuel serrano

    «El Nilo no sufre márgenes, ni muros

    Madrid, oh peregrino, tú que pasas,

    que a su menor inundación de casas

    ni aún los campos del Tajo están seguros.

    Émula la verán siglos futuros

    de Menfis no, que el término le tasas;

    del tiempo sí, que sus profundas basas

    no son en vano pedernales duros.

    Dosel de reyes, de sus hijos cuna

    ha sido y es; zodíaco luciente

    de la beldad, teatro de fortuna.

    La invidia aquí su venenoso diente

    cebar suele, a privanzas importuna.

    Camina en paz, refiérelo a tu gente».

  4. Anocheció Madrid (José Bergamín)

    La capital el día de la Boda Real del entonces Príncipe Felipe
    La capital el día de la Boda Real del entonces Príncipe Felipe - efe

    «Anocheció Madrid que parecía

    cubierto del cristal más transparente

    que estaba amaneciendo de repente

    con tanta claridad como de día

    Luces vivas sus calles repartía

    poblando la ciudad, más que de gente,

    de destellos de luz resplandeciente

    que el aire embelesaban de alegría.

    El cielo miró arder desde su abismo,

    como un diamante en negro terciopelo

    Madrid, alma encendida a su espejismo:

    ciudad nocturna en urna de su hielo,

    Narciso enmascarado de sí mismo,

    y Eco, muda de asombro, el mismo cielo.»

  5. Poemas de Madrid (Gloria Fuertes)

    Imagen del Madrid contaminado desde el Cerro de los Ángeles
    Imagen del Madrid contaminado desde el Cerro de los Ángeles - jaime garcia

    «Yo puedo decir muchas cosas, 

    y algunas no. 

     No puedo decir: Madrid es mi tierra, 

    tengo que decir mi cemento, 

    -y lo siento-.»

    «¡Ojalá sea mentira ese rumor que corre sobre el rio 

    donde peces de plata mueren sin ser pescados! 

     ¡Ojalá sea mentira esa bola 

    de anhídrido carbónico 

    que pende bajo el cielo de Madrid! 

     ¡Ojalá sea verdad esa mentira del vidente 

    que anuncia una tormenta de amor 

    que acabará con la mala uva...!»

  6. Insomnio (Dámaso Alonso)

    Un perro no se mueve del lugar donde falleció su dueño tras un bombardeo
    Un perro no se mueve del lugar donde falleció su dueño tras un bombardeo - archivo abc

    «Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas).

    A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este nicho en el que hace 45 años que me pudro,

    y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros, o fluir blandamente la luz de la luna.

    Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como un perro enfurecido, fluyendo como la leche de la ubre caliente de una gran vaca amarilla.

    Y paso largas horas preguntándole a Dios, preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma, por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad de Madrid,

    por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.

    Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?

    ¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día,

    las tristes azucenas letales de tus noches?».

  7. La fingida, fragmento de la obra teatral (Tirso de Molina)

    El Palacio Real, en la proclamación de Felipe VI
    El Palacio Real, en la proclamación de Felipe VI - san bernardo

    «Madrid

    es mi patria, corte digna

    de España, madre benigna

    del mundo.

    Patria Madrid del amor,

    y así está fundada en fuego.

    Agua los cielos la han dado,

    si su fuerza hace llorar,

    se fuentes que pueden dar

    salud al más deshaciado.

    Dale olivos Minerva

    oro puro y generoso;

    ganado, el monte, sabroso;

    tomillos, el campo y hierba.

    Goza del llano y montaña

    que sus términos incluye;

    y en fe, que en todos influye

    valor, es centro de España».

  8. Madrid, baluarte de nuestra guerra de Independencia (Antonio Machado)

    Milicianos en la ciudad de Madrid
    Milicianos en la ciudad de Madrid - archivo abc

    «¡Madrid, Madrid; qué bien tu nombre suena,

    rompeolas de todas las Españas!

    La tierra se desgarra, el cielo truena,

    tú sonríes con plomo en las entrañas»

    Estos versos encabezaban un artículo que el poeta escribió en el diario Hora de España

  9. Pausa de agosto (Mario Benedetti)

    La Gran Vía, desierta en agosto
    La Gran Vía, desierta en agosto - jose ramon ladra

    Madrid quedó vacía

    sólo estamos los otros

    y por eso

    se siente la presencia de las plazas

    los jardines y fuentes

    los parques y glorietas

    como siempre en verano

    Madrid se ha convertido

    en una calma unánime

    pero agradece nuestra permanencia

    a contrapelo de los más

    es un agosto de eclosión privada

    sin mercaderes ni paraguas

    sin comitivas ni mitines

    en ningún otro mes del larguísimo año

    existe enlace tan sutil

    entre la poderosa

    metrópoli

    y nosotros pecadores afortunadamente

    los árboles han vuelto a ser

    protagonistas del aire gratuito

    como antes

    cuando los ecologistas

    no eran todavía imprescindibles

    también los pájaros disfrutan

    ala batiente de una urbe

    que inesperadamente se transforma

    en vivible y volable

    los madrileños han huido

    a la montaña y a Marbella

    a Ciudadela y Benidorm

    a Formentor y Tenerife

    y nos entregan sin malicia

    a los otros que ahora

    por fin somos nosotros

    un Madrid sorprendente

    casi vacante despejado

    limpio de hollín y disponible

    en él andamos como dueños

    tercermundistas del arrobo

    en solidarias pulcras avenidas

    sudando con unción la gota gorda

    el verano no es tiempo de fragor

    sino de verde tregua

    empalagados del rencor insomne

    estamos como nunca

    dispuestos a la paz

    en el rato estival

    la historia se detiene

    y todos descubrimos una vida postiza

    pero cuando el asueto se termine

    volverán a sonar

    las bocinas los gritos las sirenas los mueras y los vivas

    bombas y zambombazos

    y las dulces metódicas campanas

    durante tres fecundas estaciones

    nadie se acordará

    de pájaros y árboles

  10. El otoño de Madrid (Luis López Anglada)

    Otoño en el Parque del Retiro
    Otoño en el Parque del Retiro - Jordi Romeu

    «Madrid, si tanto tienes tanto vales

    y aunque falto de encinas, te respiro

    bebiéndole los vientos al Retiro

    y al oro del crepúsculo en Rosales.

    Con otoños románticos prevales

    para permanecer en el suspiro.

    ¿Dónde vamos, Madrid? A octubre miro

    y con sabor de soledad me sales.

    Mientras el corazón amarillea

    la tarde, que no el cuerpo, me pasea

    por las tranquilidades del palacio.

    Todo se finge rápido y urgente,

    pero yo te recorro lentamente

    que las cosas del alma van despacio.»

  11. Madrid tiene moriscas las entrañas (José Bergamín)

    Muralla árabe de Madrid, quizá la construcción más antigua de la capital
    Muralla árabe de Madrid, quizá la construcción más antigua de la capital - ABC

    «Madrid, tienes moriscas las entrañas.

    Fuiste corte y no fuiste cortesano.

    Y si villa, no ha sido por villano

    que capitalizaste las Españas.

    Todo lo peregrinas y lo extrañas

    desde tu aldeanismo castellano:

    que Lope hizo gatuno y sobrehumano

    teatro de invisibles musarañas.

    A la luz que tus aires aposenta

    Cervantes le dio voz, Velázquez brío,

    Quevedo sombras, Calderón afrenta

    rodeando las llamas su vacío.

    Y Goya con sutil mano violenta

    máscara de garboso señorío.»

  12. A Madrid, por la dicha de ser su patrono San Isidro Labrador (Calderón de la Barca)

    Fiesta de San Isidro en la Pradera y la Ermita del Santo
    Fiesta de San Isidro en la Pradera y la Ermita del Santo - jaime garcía

    «Madrid, aunque tu valor

    Reyes le están aumentando,

    nunca fue mayor que cuando

    tuviste tu labrador.

    Aunque de gloria se viste,

    Madrid, tu dichoso suelo,

    nunca más gloria tuviste

    que cuando, imitando al cielo,

    pisado de ángeles fuiste.

    No igualará aquel favor

    el que hoy ostenta tu honor,

    aunque opongas tu trofeo,

    aunque aumente tu deseo,

    Madrid, aunque tu valor.

    No tendrás glorias mayores,

    que cuando en las manos bellas

    de angélicos labradores,

    eran tus flores estrellas,

    los rayos del sol tus flores.

    En vano están laureando,

    en vano están coronando

    tu frente, en vano el honor

    que te ha dado un labrador,

    Reyes le están aumentando.

    Dirán que cuándo tuviste

    más gloria que en ti se encierra.

    Di que cuando ángeles viste

    labrar humildes tu tierra;

    di que cuando cielo fuiste;

    que cuando al cielo imitando

    el sol te estaba envidiando,

    pues su luz tu luz prefiere;

    y así sabrá quien dijere

    Nunca fue mayor que cuando.

    Mayores triunfos, mayores

    lauros tu poder advierte,

    pues con divinos favores

    respetas, como la muerte,

    mas que reyes, labradores.

    Hagan inmortal tu honor

    jaspes, mármoles y bronces;

    pues para gloria mayor

    hoy tienes tal rey, y entonces

    Tuviste tu labrador».

  13. Madrid, corazón de España (Rafael Alberti)

    Milicianos republicanos, antes de partir hacia el frente
    Milicianos republicanos, antes de partir hacia el frente - archivo abc

    Madrid, corazón de España,

    late con pulsos de fiebre.

    Si ayer la sangre le hervía,

    hoy con más calor le hierve.

    Ya nunca podrá dormirse,

    porque si Madrid se duerme,

    querrá despertarse un día

    y el alba no vendrá a verle.

    No olvides, Madrid, la guerra;

    jamás olvides que enfrente

    los ojos del enemigo

    te echan miradas de muerte.

    Rondan por tu cielo halcones

    que precipitarse quieren

    sobre tus rojos tejados,

    tus calles, tu brava gente.

    Madrid: que nunca se diga,

    nunca se publique o piense

    que en el corazón de España

    la sangre se volvió nieve.

    Fuentes de valor y hombría

    las guardas tú donde siempre.

    Atroces ríos de asombro

    han de correr de esas fuentes.

    Que cada barrio, a su hora,

    si esa mal hora viniere

    -hora que no vendrá- sea

    más que la plaza más fuerte.

    Los hombres, como castillos;

    igual que almenas, sus frentes,

    grandes murallas sus brazos,

    puertas que nadie penetre.

    Quien al corazón de España

    quiera asomarse, que llegue,

    ¡Pronto! Madrid está lejos.

    Madrid sabe defenderse

    con uñas, con pies, con codos,

    con empujones, con dientes,

    panza arriba, arisco, recto,

    duro, al pie del agua verde

    del Tajo, en Navalperal,

    en Sigüenza, en donde suenen

    balas y balas que busquen

    helar su sangre caliente.

    Madrid, corazón de España,

    que es de tierra, dentro tiene,

    si se le escarbara, un gran hoyo,

    profundo, grande, imponente,

    como un barranco que aguarda...

    Sólo en él cabe la muerte.

  14. Fiesta de toros en Madrid (Nicolás Fernández de Moratín)

    Madrid, castillo famoso

    que al rey moro alivia el miedo,

    arde en fiestas en su coso,

    por ser el natal dichoso

    de Alimenón de Toledo.

    Su bravo alcaide Aliatar,

    de la hermosa Zaida amante,

    las ordena celebrar,

    por si la puede ablandar

    el corazón de diamante.

    Pasó, vencida a sus ruegos,

    desde Aravaca a Madrid.

    Hubo pandorgas y fuegos

    con otros nocturnos juegos

    que dispuso el adalid.

    Y en adargas y colores,

    en las cifras y libreas,

    mostraron los amadores,

    y en pendones y preseas,

    la dicha de sus amores.

    Vinieron las moras bellas

    de toda la cercanía,

    y de lejos muchas de ellas,

    las más apuestas doncellas

    que España entonces tenía.

    Aja de Getafe vino

    y Zahara la de Alcorcón,

    en cuyo obsequio muy fino

    corrió de un vuelo el camino

    el moraicel de Alcabón.

    Jarifa de Almonacid,

    que de la Alcarria en que habita

    llevó a asombrar a Madrid,

    su amante Audalla, adalid

    del castillo de Zorita.

    De Adamuz y la famosa

    Meco, llegaron allí

    dos, cada cual más hermosa,

    y Fátima, la preciosa

    hija de Alí el Alcadí.

    El ancho circo se llena

    de multitud clamorosa

    que atiende a ver en su arena

    la sangrienta lid dudosa,

    y todo en torno resuena.

    La bella Zaida ocupó

    sus dorados miradores

    que el arte afiligranó,

    y con espejos y flores

    y damascos adornó.

    Añafiles y atabales,

    con militar armonía,

    hicieron salva y señales

    de mostrar su valentía

    los moros más principales.

    No en las vegas de Jarama

    pacieron la verde grama

    nunca animales tan fieros,

    junto al puente que se llama,

    por sus peces, de Viveros,

    como los que el vulgo vio

    ser lidiados aquel día,

    y en la fiesta que gozó,

    la popular alegría

    muchas heridas costó.

    Salió un toro del toril

    y a Tarfe tiró por tierra,

    y luego a Benalguacil,

    después con Hamete cierra,

    el temerón de Conil.

    Traía un ancho listón

    con uno y otro matiz

    hecho un lazo por airón,

    sobre la inhiesta cerviz

    clavado con un arpón.

    Todo galán pretendía

    ofrecerle vencedor

    a la dama que servía;

    por eso perdió Almanzor

    el potro que más quería.

    El alcaide, muy zambrero,

    de Guadalajara, huyó

    mal herido al golpe fiero,

    y desde un caballo overo

    el moro de Horche cayó.

    Todos miran a Aliatar,

    que aunque tres toros ha muerto,

    no se quiere aventurar,

    porque en lance tan incierto

    el caudillo no ha de entrar.

    Mas viendo se culparía,

    va a ponérsele delante;

    la fiera le acometía,

    y sin que el rejón la plante

    le mató una yegua pía.

    Otra monta acelerado;

    le embiste el toro de un vuelo,

    cogiéndole entablerado;

    rodó el bonete encarnado

    con las plumas por el suelo.

    Dio vuelta hiriendo y matando

    a los que a pie que encontrara,

    el circo desocupando,

    y emplazándose, se para,

    con la vista amenazando.

    Nadie se atreve a salir;

    la plebe grita indignada;

    las damas se quieren ir,

    porque la fiesta empezada

    no puede ya proseguir.

    Ninguno al riesgo se entrega

    y está en medio el toro fijo,

    cuando un portero que llega

    de la Puerta de la Vega

    hincó la rodilla y dijo:

    «Sobre un caballo alazano,

    cubierto de galas y oro,

    demanda licencia urbano

    para alancear a un toro

    un caballero cristiano».

    Mucho le pesa a Aliatar;

    pero Zaida dio respuesta

    diciendo que puede entrar,

    porque en tan solemne fiesta

    nada se debe negar.

    Suspenso el concurso entero

    entre dudas se embaraza,

    cuando en un potro ligero

    vieron entrar por la plaza

    un bizarro caballero.

    Sonrosado, albo color,

    belfo labio, juveniles

    alientos, inquieto ardor,

    en el florido verdor

    de sus lozanos abriles.

    Cuelga la rubia guedeja

    por donde el almete sube,

    cual mirarse tal vez deja

    del sol la ardiente madeja

    entre cenicienta nube.

    Gorguera de anchos follajes,

    de una cristiana primores,

    por los visos y celajes

    en el yelmo los plumajes,

    vergel de diversas flores.

    En la cuja gruesa lanza

    con recamado pendón,

    y una cifra a ver se alcanza

    que es de desesperación,

    o a lo sumo de venganza.

    En el arzón de la silla

    ancho escudo reverbera

    con blasones de Castilla,

    el mote dice a la orilla:

    Nunca mi espada venciera.

    Era el caballo galán,

    el bruto más generoso,

    de más gallardo ademán:

    cabos negros, y brioso,

    muy tostado, y alazán;

    larga cola recogida

    en las piernas descarnadas,

    cabeza pequeña, erguida,

    las narices dilatadas,

    vista feroz y encendida.

    Nunca en el ancho rodeo

    que da Betis con tal fruto

    pudo fingir el deseo

    más bella estampa de bruto

    ni más hermoso paseo.

    Dio la vuelta al rededor;

    los ojos que le veían

    lleva prendados de amor.

    «Alá te salve», decían,

    «déte el Profeta favor».

    Causaba lástima y grima

    su tierna edad floreciente;

    todos quieren que se exima

    del riesgo, y él solamente

    ni recela, ni se estima.

    Las doncellas, al pasar,

    hacen de ámbar y alcanfor

    pebeteros exhalar,

    vertiendo pomos de olor,

    de jazmines y azahar.

    Mas cuando en medio se para,

    y de más cerca le mira

    la cristiana esclava Aldara,

    con su señora se encara

    y así la dice, y suspira:

    «Señora, sueños no son;

    así los cielos, vencidos

    de mi ruego y aflicción,

    acerquen a mis oídos

    las campanas de León,

    «como ese doncel que ufano

    tanto asombro viene a dar

    a todo el pueblo africano,

    es Rodrigo de Vivar,

    el soberbio castellano».

    Sin descubrirle quién es,

    la Zaida desde una almena,

    le habló una noche cortés,

    por donde se abrió después

    el cubo de la Almudena.

    Y supo que, fugitivo

    de la corte de Fernando,

    el cristiano, apenas vivo,

    está a Jimena adorando

    y en su memoria cautivo.

    Tal vez a Madrid se acerca

    con frecuentes correrías

    y todo en torno la cerca;

    observa sus saetías

    arroyadas, y ancha alberca.

    Por eso le ha conocido,

    que en medio de aclamaciones,

    el caballo ha detenido

    delante de sus balcones,

    y la saluda rendido.

    La mora se puso en pie

    y sus doncellas detrás;

    el alcaide que lo ve,

    enfurecido además

    muestra cuán celoso esté.

    Suena un rumor placentero

    entre el vulgo de Madrid:

    «No habrá mejor caballero»,

    dicen, «en el mundo entero»,

    y algunos le llaman Cid.

    Crece la algazara, y él

    torciendo las riendas de oro,

    marcha al combate crüel;

    alza el galope, y al toro

    busca en sonoro tropel.

    El bruto se le ha encarado

    desde que le vio llegar,

    de tanta gala asombrado,

    y al rededor le ha observado

    sin moverse de un lugar.

    Cual flecha se disparó

    despedida de la cuerda,

    de tal suerte le embistió;

    detrás de la oreja izquierda

    la aguda lanza le hirió.

    Brama la fiera burlada;

    segunda vez acomete,

    de espuma y sudor bañada,.

    y segunda vez la mete

    sutil la punta acerada.

    Pero ya Rodrigo espera

    con heroico atrevimiento,

    el pueblo mudo y atento;

    se engalla el toro y altera,

    y finge acometimiento.

    La arena escarba ofendido,

    sobre la espalda la arroja

    con el hueso retorcido;

    el suelo huele y le moja

    en ardiente resoplido.

    La cola inquieto menea,

    la diestra oreja mosquea,

    vase retirando atrás,

    para que la fuerza sea

    mayor, y el ímpetu más.

    Él que en esta ocasión viera

    de Zaida el rostro alterado,

    claramente conociera

    cuánto la cuesta cuidado

    el que tanto riesgo espera.

    Mas, ¡ay que le embiste horrendo

    el animal espantoso!

    Jamás peñasco tremendo

    del Cáucaso cavernoso

    se desgaja, estrago haciendo,

    ni llama así fulminante

    cruza en negra obscuridad

    con relámpagos delante

    al estrépito tronante

    de sonora tempestad,

    como el bruto se abalanza

    en terrible ligereza;

    mas rota con gran pujanza

    la alta nuca, la fiereza

    y el último aliento lanza.

    La confusa vocería

    que en tal instante se oyó

    fue tanta que parecía

    que honda mina reventó,

    o el monte y valle se hundía.

    A caballo como estaba,

    Rodrigo el lazo alcanzó

    con qué el toro se adornaba;

    en su lanza le clavó

    y a los balcones llegaba.

    Y alzándose en los estribos,

    le alarga a Zaida, diciendo:

    «Sultana, aunque bien entiendo

    ser favores excesivos,

    mi corto don admitiendo,

    si no os dignáredes ser

    con él benigna, advertid

    que a mí me basta saber

    que no le debo ofrecer

    a otra persona en Madrid».

    Ella, el rostro placentero,

    dijo, y turbada: «Señor,

    yo le admito y le venero,

    por conservar el favor

    de tan gentil caballero».

    Y besando el rico don,

    para agradar al doncel,

    le prende con afición

    al lado del corazón,

    por brinquiño y por joyel.

    Pero Aliatar el caudillo

    de envidia ardiendo se ve,

    y trémulo y amarillo,

    sobre un tremacén rosillo

    lozaneándose fue.

    Y en ronca voz, «Castellano»,

    le dice, «con más decoros

    suelo yo dar de mi mano

    si no penachos de toros,

    las cabezas del cristiano.

    »Y si vinieras de guerra

    cual vienes de fiesta y gala,

    vieras que en toda la tierra,

    al valor que dentro encierra

    Madrid, ninguno se iguala».

    «Así», dijo el de Vivar,

    «respondo», y la lanza al ristre

    pone y espera a Aliatar;

    mas sin que nadie administre

    orden, tocaron a armar.

    Ya fiero bando con gritos

    su muerte o prisión pedía,

    cuando se oyó en los distritos

    del monte de Leganitos

    del Cid la trompetería.

    Entre la Monclova y Soto

    tercio escogido emboscó,

    que viendo cómo tardó,

    se acerca, oyó el alboroto,

    y al muro se abalanzó.

    Y si no vieran salir

    por la puerta a su señor

    y Zaida a le despedir,

    iban la fuerza a embestir,

    tal era ya su furor.

    El alcaide, recelando

    que en Madrid tenga partido,

    se templó disimulando,

    y por el parque florido

    salió con él razonando.

    Y es fama que a la bajada

    juró por la cruz el Cid

    de su vencedora espada,

    de no quitar la celada

    hasta que gane a Madrid.»