Soldados nacionales, un día después del alzamiento
Soldados nacionales, un día después del alzamiento - ABC

El oficial republicano que logró escapar de los soldados nacionales vestido de mujer

El 21 de agosto de 1936, el teniente coronel Romero contó a ABC sus aventuras tras el levantamiento en Marruecos

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Suerte e imaginación. Estos fueron los dos factores que dieron al teniente coronel Romero –un oficial republicano destinado en Alcazarquivir (en el Marruecos español)- la libertad después de que estallara la sublevación de 1936 en el norte de África. Y es que, como contó al diario ABC el 21 de agosto, cuando los soldados nacionales tomaron la ciudad por sorpresa, él pudo evitarlos disfrazándose de mujer y viajando hacia la frontera francesa más cercana.

Corría por entonces 1936, fecha clave en el porvenir de España. Aquel año, la tensión merodeaba por las calles de las ciudades hispanas después de que el Frente Popular –una agrupación que aunaba a la mayoría de las fuerzas políticas de izquierdas- lograra ponerse al frente de la Segunda República. Este resultado, en cambio, no convenció demasiado a determinados militares del país, los cuales iniciaron los preparativos de lo que, en un futuro, sería una sublevación para hacer caer al Gobierno central ubicado en Madrid.

Poco a poco se fue gestando en el protectorado español de Marruecos un golpe de Estado de manos de Emilio Mola (apodado «el Director») y otros oficiales como el general Francisco Franco. La idea estaba clara: cruzar las aguas y plantarse en España para llegar hasta la capital con la Legión, los Regulares (unidades formadas principalmente por tropas indígenas mandadas por oficiales hispanos) y todo aquel que se uniera felizmente al grupo. No obstante, los «nacionales» debían primero triunfar en las diferentes plazas del protectorado marroquí para poder luego reforzar los levantamientos de los territorios peninsulares con el llamado « Ejército de África».

Por su parte, el gobierno de la República no era ajeno a la sublevación. De hecho, desde el soldado más novato hasta el más alto oficial había oído hablar en aquellos meses de la posibilidad de una movilización militar. Pero la sombra de la duda no fue suficiente motivo para que el jefe del Ejército de Marruecos, Agustín Gómez Morató, tomara cartas en el asunto.

Lo mismo sucedió a oficiales como el teniente coronel Caballero –destinado en Alcazarquivir, una ciudad del norte de Marruecos ubicada cerca de Larache-, el cual pensó que, en caso de producirse una revuelta, podría ser aplacada. Sin embargo, lo que no sabía era que iba a tener que correr por su vida con un curioso disfraz y que su idea inicial de que los oficiales locales no se iban a sublevar era errónea. Aquel día, en definitiva, la incertidumbre se apoderó del militar, pues no sabía quién estaba de su parte y quién no, de quién podía fiarse y de quién no. Así contaba lo que le sucedió en aquellas horas al diario ABC:

La historia, en palabras de Romero

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El comisario superior, general Gómez Morato, indudablemente de buena fe, procuró convencerme de que la oficialidad estaba tranquila. No pude hablar un momento con los soldados de otras guarniciones. El viernes, 17 de julio, a las dos y media de la mañana, me avisaron de Larache que el general Gómez Morato había llegado en avión y deseaba verme. A las dos de la tarde llegó Morato, acompañado de su yerno, capitán de Aviación, y del capitán de Estado Mayor Calvo. En la entrevista, en presencia del teniente coronel Joaquín Vidal, me habló de una historia de sublevación de cabos, añadiendo que la oficialidad no pensaba más que en cobrar la mensualidad y vivir tranquilamente en Marruecos. Para contrarrestar lo que me dijo Morato redacté una proclama, que se publicó en la orden del día 18, dirigida a los Jefes, oficiales y suboficiales bajo mi mando, recordándoles la promesa de defender a la República.

A todos les pareció bien; pero en sus rostros reflejaron lo contrario. Aquel día me dirigí al hotel para comer con mi mujer, con quien comenté la ingenuidad de Gómez Morato. A las cuatro de la tarde regresé al campamento para recibir a las tropas que regresaban de las maniobras y llevaban el propósito de leer y comentar la proclama. Todos hicieron profesión de fe republicana, de disciplina. El que más republicano se mostró fue el Comandante García Junquera, así como el teniente secretario y el capitán auxiliar. Naturalmente, fueron después los más traidores.

Al principio, Romero no sabía quiénes pertenecían a los sublevados

Por la noche oficiales de Regulares con otros dos vinieron a decirme de parte del teniente coronel de Cazadores que se había recibido la noticia de la conducta observada por el Estado Mayor de Larache, y que por la noche estallaría un movimiento de cabos, por lo que debía adoptar las disposiciones oportunas. Le contesté que todo estaba muy bien, pero que al primer movimiento que notara toda la oficialidad me fuera a buscar al hotel.

Un individuo de Larache me comunicó que en aquella población las tropas estaban acuarteladas. A las ocho y media de la noche me dirigí a un café de la población con mi mujer y me senté en una mesa, al lado de la que ocupaban el teniente coronel de Cazadores y otros oficiales. Me extrañó ver al comandante Junquera de uniforme. Le dije que sabía lo de los cabos, a lo que no daba importancia, porque a la oficialidad tenía dada la orden de que viniera a mi lado ocurriera lo que ocurriera. Cuando a las nueve de la noche salí hacia el hotel me detuvieron en el camino, diciéndome que el comisario superior quería hablar conmigo desde Tetuán. En la conferencia me dijo:

-Esta noche has de tener mucho cuidado.

-¿Qué ocurre?- Le pregunté.

-No te lo puedo decir.

(…)

Diversas veces me llamaron por teléfono, pero no pude comunicar, salvo con el gobernador de Cádiz.

Al salir de la cabina me informaron de que todos los oficiales, que en número de doce vivían en el hotel, vestidos de uniforme y armados, habían marchado al campamento. Telefoneé al aeródromo, donde con gran sorpresa vi que estaba un capitán, a quien di la orden de que detuviera a todos los que pasaran por allí. Comuniqué con el coronel Martínez, jefe de Larache, y me dijo que no obedecía más órdenes que las del teniente coronel Alfaro. Poco después se oían descargas y la sublevación había estallado.

Me llamó (después) desde Tetuán el capitán de Estado Mayor, que me preguntó:

-Pero ¿Es usted el teniente coronel Romero? ¿Cómo es posible que esté allí?

-Pues estoy sentado en una silla y con la cabeza sobre los hombros.

-¿Cómo es que no está en Larache, siendo el jefe de todos?

-Porque el general nada me ha comunicado.

-¿Así es que no pasa nada todavía?

-Por ahora no, pero no creo que tarde mucho en pasar algo ¿Y en Larache?

-En Larache hace un momento que estalló el movimiento, y por este motivo no puedo ir, como no sea con tropas nuestras.

Por esta conversación y otras comprendí que el jefe del movimiento era del Estado Mayor, y por eso cortó el teléfono militar. Me fui con mi mujer a la Casa de Correos. Llamé a las autoridades locales y al interventor. Poco después supe que había orden de detenerme vivo o muerto. (…) Se oyeron (entonces) disparos y algunos españoles (…) me ofrecieron ocultarme en sus casas, lo que no acepté, pues con un moro amigo me interné en un poblado indígena. Me llevó a su casa, donde me ocultó, mientras las patrullas de soldados me buscaban por todas partes.

Más tarde estuve en el domicilio de un caid (gobernador local), teniendo que ocultarme entre las mujeres, pues poco después llegó una patrulla en mi busca, la cual quiso penetrar en la habitación. Las mujeres protestaron, e incluso se ofendieron de que las trataran como a simples mujerzuelas. El escándalo promovido por estas mujeres repercutió en otras, y los que me buscaban tuvieron que marcharse convencidos de que yo no estaba allí. Un teniente apellidado Fernández decía que a toda costa se me tenía que encontrar, porque habían de fusilarme. Al día siguiente de estos hechos, vestido de mujer y acompañado de otras, marché hacia una posición francesa. (…) El jefe de la posición francesa me informó de que iban en mi busca y que los regulares estaban dispuestos a embarcar para España.

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