El Rey Juan Carlos abdicaLos retos de Felipe VI

Está llamado a reinar en un momento en que hay desencanto de los españoles

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El Príncipe de Asturias, que reinará como Felipe VI, va a poner en valor la institución monárquica desde el primer día. Porque lo más importante que da la Monarquía al país es una estabilidad y previsibilidad. Por menos previsible que pudiera parecer la renuncia del Rey anunciada esta mañana por el presidente del Gobierno y confirmada a última hora de la mañana por Su Majestad, la Corona ofrece la estabilidad de un recambio formado desde que el Rey asumió el trono en 1975. Y en puridad antes, desde el nacimiento de Don Felipe de Borbón el 30 de enero de 1968. Porque la Monarquía constitucional vertebra al país por medio de una familia que está al margen de la lucha partidista. Y puede permitirse estarlo porque los que pueden ser llamados a la titularidad de la Corona son formados para ese cometido desde su cuna.

El futuro Felipe VI tiene una preparación labrada con los mejores académicos de España y del mundo. Ha asistido a casi todas las tomas de posesión de los presidentes iberoamericanos del último cuarto de siglo. Y no puede haber mejor escuela de Gobierno que haber tenido como interlocutores a los jefes de Estado salidos de las urnas en la América Hispana. Y el valor de esa escuela americana está no sólo en los estadistas que Felipe VI ha conocido. O en dictadores que le han tratado con actitud paternalista. Está también en los presidentes delincuentes y criminales –sobran los ejemplos– que conquistaron el poder por las urnas y han acabado en la cárcel. Y Don Felipe ha conocido a más de uno. Eso tiene un valor especial para su condición de Monarca constitucional.

A lo largo de estos años el Príncipe de Asturias ha participado activamente en foros en los que desde su posición de presidente de honor interviene activamente en debates de ideas. Sirva como ejemplo el Consejo Científico del Real Instituto Elcano. En él se sienta medio centenar de expertos en las áreas más diversas de la política exterior española y de la política internacional. Cada año, el discurso de Don Felipe es aguardado por los integrantes del Consejo con expectación porque sus palabras tienen un contenido que va más allá de lo institucional.

Don Felipe sabe escuchar, tanto cuando se reúne con amigos, como cuando está rodeado de personalidades. Su silencio es escrutador. Pero casi siempre acaba aportando su opinión que nunca deja la impresión de sentencia final.

La Corona, que es el símbolo de la unidad nacional por antonomasia, ha tenido en el Príncipe de Asturias y de Girona un peón en la partida de mayor gravedad institucional que vive España hoy en día: la de la amenaza secesionista. Don Felipe creó una fundación Príncipe de Girona para ayudar a cohesionar Cataluña con el resto de España y en los últimos años ha tenido esa comunidad en su agenda de manera prioritaria. El de integrar es un papel prioritario para el titular de la Corona. Y Don Felipe ha demostrado su voluntad y capacidad de jugarlo desde el primer momento.

Pero el Príncipe de Asturias está llamado a reinar en un momento en que se ha producido una clara muestra de desencanto de los españoles con su clase dirigente. Desde la legitimidad histórica de la Corona, refrendada por la legitimidad constitucional que a todos concierne, el nuevo Rey tendrá la responsabilidad de ayudar a integrar a aquellos -en general jóvenes- que no se sienten identificados con la España en la que han nacido y crecido.

Para Don Juan Carlos esa hoja de ruta fue más sencilla porque había una clara mayoría de los españoles deseosa de encontrar un nuevo camino. Un camino respaldado por la mayoría de los españoles. El reto ahora para Don Felipe es aún mayor, porque la mayoría de los españoles no son desafectos al sistema que se han dado y tenemos un gobierno con el respaldo de una mayoría absoluta en ambas cámaras de las Cortes españolas. El papel del Monarca está en respetar la voluntad de la mayoría, pero también en aportar su apoyo y protección a los que se consideran marginados.

Pero probablemente el mayor reto para el inminente Felipe VI es ser el sucesor de uno de los grandes Reyes de la historia de España. Un reto inmenso. Desde que llegó al trono el 22 de noviembre de 1975 Don Juan Carlos ha tenido tres legitimidades: la franquista que permitió su proclamación; la dinástica que el 15 de mayo de 1977 le entregó el Conde de Barcelona -a quien el Rey se ha referido esta mañana en su despedida- y la constitucional del 6 de diciembre de 1978. A esas legitimidades, los menos afectos acabaron añadiendo la «legitimidad de ejercicio» surgida del papel jugado por el Rey el 23-F.

Plenamente superada la vigencia de la «franquista», Don Felipe cuenta con las otras dos legitimidades reales: la constitucional y la dinástica. Con ellas habrá de afrontar el reto de consolidar la institución monárquica sin necesidad de contar con crisis como la que representó la intentona golpista de 1981. Porque los últimos 39 años han dado unas bases que han ayudado a atraer hacia la Monarquía a los desafectos, pero ha faltado ahondar en una cultura monárquica. Un dato pone de relieve la desatención que ha sufrido la institución monárquica desde el punto de vista académico. En España hay unas 80 universidades que suman 10.698 catedráticos tras cada uno de los cuales se supone que debe haber una cátedra. Pues ni una sola de todas ellas está dedicada al estudio de la Monarquía como institución política del presente. Lo que en una Monarquía constitucional no deja de ser sorprendente.

El nuevo Rey deberá asumir el reto de conseguir que fuera de España se le vea a la altura de su predecesor. Pero ahí, probablemente, sea donde tenga más puertas abiertas. En Iberoamérica porque ha estado durante décadas dándose a conocer. Y en el resto del mundo porque la legitimidad histórica de la Corona española tiene un peso incuestionable.

Con todo ello podemos decir que el gran reto de Felipe VI va a ser el de suceder a Juan Carlos I sin haber sido éste forzado a dejar el trono ni por los hombres, ni por ley de vida. Esta vez, sin tener que advertir antes que el Rey ha muerto, los españoles podremos gritar «¡Viva el Rey!».