Azad Z., pakistaní, llegó a España hace un año a bordo del Aquarius. En la imagen, en una calle de Madrid
Azad Z., pakistaní, llegó a España hace un año a bordo del Aquarius. En la imagen, en una calle de Madrid - De San Bernardo

«No emigré por trabajo, quería paz y poder andar por la calle»

Azad Z., pakistaní, llegó hace un año en el Aquarius. Su objetivo no era España, pero dice haber encontrado el mejor sitio del mundo

MadridActualizado:

A Azad Z., pakistaní de 21 años, le pusieron en un tren dirección a Madrid nueve días después de haber desembarcado del Aquarius en Valencia y una de sus angustias fue no saber ni cuál era la parada de Atocha ni dónde tenía que pulsar para que se abriera la puerta del vagón y bajarse. No hablaba una palabra de español. Un año después, cuenta que sintió «vergüenza» por no poder preguntar, y lo hace en un castellano imperfecto pero asombrosamente fluido, el mismo que le ha servido para encontrar un trabajo en la obra del que le entusiasman dos cosas. Viene de allí, son las siete de la tarde del jueves, y dice como el que narra un pequeño acontecimiento que le dan media hora para el bocadillo a las diez de la mañana y que el día se le pasa tan rápido que ya le atosiga menos el recuerdo del miedo y la tortura que pasó en Libia en su camino a Europa. El terror de saber minuto a minuto durante dos años que era hombre muerto.

Si una historia como la del Aquarius, -uno de los llamados «barcos humanitarios» cuya existencia obedece a la distopía de que hay oleadas de personas que prefieren ahogarse en el Mediterráneo a seguir con sus vidas- tuviera una sola lectura feliz, debería llevar el nombre de Azad. Y sin duda es ejemplo que da sentido al Sistema Nacional de Acogida de Protección Internacional financiado en España por el Ministerio de Trabajo y Migraciones.

Una vida «muy mejor»

Acogido en uno de los dispositivos adscritos a ese programa, un piso de Parla (Madrid) dentro del Proyecto de Acogida de la Fundación Pinardi «Casa Pinardi-Nicoli» que los Salesianos desarrollan junto con las Hijas de la Caridad, durante la conversación expresa en varias ocasiones de manera espontánea que «esto es lo más tranquilo del mundo» y los ojos tristes le chispean. Tanto, que a veces dice que la vida aquí es «muy mejor».

Contagia emoción. Pero, poética aparte, para entender el calado de esa frase que se repite hay que remitirse al contexto común de muchos de los 629 pasajeros que acabaron en el buque y llegaron accidentalmente a España un 17 de junio de 2018 huyendo de realidades políticas inhumanas: 191 de Sudán, un país que solo conoce la guerra; 143 de Nigeria, aterrorizada por Boko Haram... diez de Pakistán, donde el talibán avanza y recluta jóvenes. Todos, además, acumulan la experiencia traumática de Libia, un avispero de grupos armados roto por una violencia descomunal e infectado de mercaderes de gente desesperada que no conocen la piedad.

De ahí que el sueño de Azad fuera simple: «Cuando salí no pensé en un trabajo, solo en vida y paz, dormir tranquilo y andar por la calle». Sin más. En estos encuentros donde uno trata de adentrarse en la dimensión humana de la inmigración siempre se habla de sueños. Y la mayoría de las veces resulta que no responden a proyectos y deseos «sin probabilidad de realizarse» -como figura en una acepción de la RAE- , ni siquiera a la prosperidad económica, sino a la rabiosa normalidad de saber que estarás vivo cuando se ponga el sol. Por eso se meten en una patera. «Mi muerte en el mar no me preocupaba nada comparado a morir en Libia. Este mundo es verdad. Libia es la oscuridad y aquí el día, la luz», se explica el joven. Tampoco quiere volver a su país. «yo no quiero ahora Pakistán»..., reconoce. Aunque lo cierto es que lo que él no quiere es moverse de Madrid.

Azad no salió de su ciudad, Gujranwala, en Ghakhar Mandi, cerca de Lahore con intención de venir a España. Su objetivo era Italia o Alemania, por lo que había oído hablar. De España no. De hecho, cuando en el Aquarius, donde pasó «cuatro días y cinco noches» de marejada espantosa, les contaron que iban a ser conducidos aquí «pienso en que era un sitio como Libia, no sé nada de España», cuenta en presente.

De la llegada, tiene grabada la incertidumbre. «Cuando puse mi primer pie en el suelo, creí que era para llevarme automáticamente al aeropuerto y a mi país». Otra cosa fue el recibimiento en Valencia, donde no olvida que Cruz Roja hizo el esfuerzo de facilitarles un traductor en árabe -aunque es un idioma que no maneja, el suyo es el urdu- y que se sintió «bienvenido», también por la Policía Nacional, que incluso cuando le ha pedido la documentación dos o tres veces por Madrid, le han tratado «muy bien».

Bienvenido

Bienvenido. Esa es una impresión que parece no haberle abandonado nunca, porque verbaliza sin parar la dicha fabulosa de que en España nadie le ha dado una muestra de rechazo ni se aparta de él por ser «inmigrante sucio», como ocurría en Libia. Ya no hablamos de que en Trípoli le encañonaron las propias «fuerzas de seguridad» para desvalijarle hurgando «hasta en el bolsillo pequeño del pantalón» y rompieron delante de su cara la tarjeta sim donde Azad llevaba como un tesoro las fotos de sus padres, a pesar de que imploró que no lo hicieran. Libia no se va de la cabeza, a ver si algún día... aunque Azad no ha aceptado intentarlo con un psicólogo, un yugo cultural contra el que es difícil luchar.

Cuando le pregunto qué día entendió que todo iba a ir bien, no vacila: el mismo del tren a Madrid, cuando le llevaron a la casa de Pinardi. No a un centro de inmigrantes, como dice que había visto en la tele, sino a un piso con otros cuatro jóvenes como él y un educador de referencia.

«No es un piso de transitoriedad, sino de arraigo», precisa Sonia Martín, coordinadora del área de Empleo de la organización, y el fin último, no que los chicos se marchen al término de los meses de acogida, seis prorrogables, sino que pasado ese tiempo en el que avanzan en tantas cosas, quieran quedarse en España y pueda aprovecharse su potencial.

Veinticinco horas de idioma castellano a la semana, pero también formación en leyes, incluida la Constitución, en cultura española -desde para qué sirve un empadronamiento al consumo de alcohol-, pasando por tiempo libre o deporte forman parte de los contenidos de ese primer semestre, que da paso luego a trabajar la inserción laboral. En el caso de Azad, en la construcción, aunque en otros se trata del sector turístico, el textil o el de la restauración. Fundación Pinardi desarrolla programas en colaboración con empresas de todos los tamaños, incluidas grandes multinacionales, que facilitan primeros empleos.

En familia

Sonia Martín incide en que la filosofía que recorre la labor de la organización es acoger a las personas que reciben «con una mirada de confianza, creyendo en sus posibilidades» y dentro de un ambiente de hogar. Familiar. La familia es asunto delicado, la lejanía siempre produce sufrimiento, pero en este clima Azad explica que echa de menos mucho a la suya pero que ya ha encontrado otra: «Tengo la familia de Pinardi», dice, en alusión al centro donde estudia. Y como corresponde, con ellos celebró hace muy pocos días el final del Ramadán.

Al final, tras mucho tiempo de conversación, nos hacen notar que Azad ha pasado el noventa por ciento del tiempo sonriendo. Antes no lo hacía. En la cartera guarda fotos de la época en Libia en la que parece 20 años mayor que ahora, aunque puede que de entonces vengan las canas que, pese a su juventud, le surcan el pelo negrísimo y brillante. Se va. Lo que más le gusta de Madrid es el tren y el metro. Ya sabe dónde hay que pulsar y que tiene las puertas abiertas.