El tortazo de Bruselas a Mas, segunda parte
Artur Mas, presidente de la Generalitat, en una imagen de archivo - ines baucells

El tortazo de Bruselas a Mas, segunda parte

La Generalitat insiste en que una Cataluña independiente estaría bajo el paraguas comunitario. La Comisión repite que la secesión supone la salida de la UE

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Las aspiraciones soberanistas de Artur Mas han encontrado en Europa un obstáculo insalvable. En un proceso repleto de amenazas, órdagos y sucesivos repliegues por parte de la Generalitat, Bruselas se mantiene inflexible respecto a la eventual independencia de Cataluña: su separación supone la salida de la Unión Europea.

Octubre del 2012. A Artur Mas le queda un mes para perder doce escaños en las elecciones catalanas. Un mes para quedarse aún más lejos de la mayoría absoluta que perseguía. Como dice el protagonista de la versión británica de la serie «The House of Cards», que se adentra en las intrigas del poder, la mejor herramienta para iniciar una «guerra» es convocar elecciones. Así lo hizo el presidente de la Generalitat, después de exigir en Madrid a Mariano Rajoy el pacto fiscal. El presidente del Gobierno lo rechazó —«Va contra la Constitución»—, y Mas convocó a los catalanes a las urnas.

Alentado por la alta participación en la manifestación independentista con motivo de la Diada, el presidente catalán se descolgó con manifestaciones públicas en las que pedía el pacto fiscal o un Estado propio. Al mismo tiempo, se comprometía a construir estructuras de Estado. Lo hacía con el convencimiento de seguir bajo el paraguas de la Unión Europea: «Aunque nos amenacen, no nos sacarán de Europa».

La Comisión Europea tardó diez días en responder. La vicepresidenta Viviane Reding reafirmó la posición oficial, esto es, que cuando un Estado se desgaja los Tratados ya no se le aplican. Unos días antes había dado pie a otras interpretaciones. En una entrevista, Reding vino a decir justo lo contrario. Una confusión que ella misma resolvió en una carta remitida al Gobierno español. A partir de entonces, la posición de Bruselas se ha mantenido inalterable.

El Ministerio de Asuntos Exteriores español mantuvo que la adhesión de un Estado miembro en la UE debía ser aprobada por unanimidad. Y Bruselas asumió el discurso del Ejecutivo de Rajoy: «Si un Estado nos presentara un escenario preciso entonces daríamos una opinión». El propio Joaquín Almunia, vicepresidente de la Comisión Europea y comisario de Competencia, repitió en varias ocasiones lo evidente, que «si una parte del territorio se separase, esa parte se queda fuera y debería volver a empezar si desea ingresar en la UE», como dijo en noviembre del año pasado.

Un año después la historia se ha vuelto a repetir.

Septiembre del 2013. Miles de manifestantes forman una cadena humana de 400 kilómetros que unió los dos extremos de Cataluña. Un éxito de convocatoria incluso para el ministro de Exteriores español. En los días previos Mas había pedido «asombrar al mundo» e incluso comparó la «Vía catalana» con la histórica marcha por los derechos civiles que lideró Martin Luther King.

La respuesta del Gobierno: «Diálogo y Constitución». Pia Ahrenkilde, portavoz de la Comisión Europea: «Si una parte de un territorio de un Estado miembro deja de ser parte de este Estado porque su territorio se convierte en un nuevo territorio independiente, los tratados no se aplicarán más a ese territorio». Artur Mas: «Cataluña estará en Europa decidan lo que decidan los catalanes. La UE nunca se ha enfrentado a un caso como el de Escocia y Cataluña».

Y es que la Generalitat prefiere no enterarse. El Gobierno autonómico de Mas sigue buscando resquicios legales y trabaja en un informe sobre las relaciones con la UE. Lo que parece fuera de toda duda es que en una hipotética Cataluña independiente volverían los aranceles, el colchón de los rescates desaparecería o los catalanes dejarían de poder moverse sin restricciones dentro del territorio comunitario, entre otras consecuencias.

Fuera de España, la causa catalana no ha sumado adeptos tras la cadena humana. Los primeros ministros de Letonia y Lituania se acercaron a la postura de los independentistas, aunque este último país terminó retractándose. Diputados de la Liga Norte, una formación xenófoba y azotada por la corrupción, acudieron al Parlamento italiano vestidos con camisetas con la estelada catalana. Poco más. A Duran i Lleida, el «patito feo» de CiU, el renovado fervor separatista le volvió a coger de viaje, en Panamá. La independencia situaría a Cataluña fuera de Europa, dijo, «guste o no».