Djokovic, la leyenda de Australia
Djokovic celebra el título después de derrotar en la final a Andy Murray - REUTERS
ABIERTO DE AUSTRALIA | FINAL

Djokovic, la leyenda de Australia

El serbio, espléndido, desconecta a Andy Murray en cuatro sets y logra su tercer título consecutivo en Melbourne

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En la agitada noche australiana, tan larga como la de los años anteriores, Novak Djokovic destroza la estadística, campeón en Melbourne por tercer año consecutivo después de derrotar a Andy Murray por 6-7 (2), 7-6, 6-3 y 6-2. Desde que existe la Era Open, ningún tenista había sido capaz de enlazar tres victorias en el Abierto de Australia, pero Djokovic es único, contrastado número uno que ha regalado otra exhibición durante estas dos semanas en el cemento azul de las antípodas. Suya es la foto desde el cielo, suya es la gloria. [Narración y estadísticas]

Se la ganó a pulso, paciente para desconectar al nuevo Andy Murray. Hay mucho en el tenista escocés que antes no se veía, liberado a partir del oro en los Juegos de Londres y de su éxito en el pasado US Open. Pero no le dio, no le bastó esta vez como para doblegar a un Djokovic tremendamente resolutivo, más pendiente del resultado que del espectáculo. Desde la adversidad, el balcánico levantó una situación complicadísima para resolver en 3 horas y 40 minutos.

La final fue una agonía permanente, durísima desde el intercambio inicial. Basta con decir que la primera rotura del encuentro llegó en el octavo juego del tercer set y para entonces ya habían pasado dos horas y 50 minutos de debate, igualdad elevada al máximo. La firmó Djokovic y ese juego acabó por dictar el desenlace final.

Murray ya no tiene miedo, no se altera ante una gran cita como esta. Mantiene la virtud de desquiciar al rival, siempre pendiente del error del otro, y ahora da un paso adelante cuando la situación lo exige. Acorralado en varias ocasiones durante la primera manga, supo mantener el equilibrio y llevó el set al juego decisivo, en donde estuvo muchísimo más entonado que Djokovic. El serbio, que había llevado el peso hasta entonces, se escurrió desde su errática derecha. No le acompañó ese golpe, nunca estuvo a gusto.

No había buenas caras en el palco del número uno, contagiada su gente por los gritos y bramidos que llegaban desde la pista. Djokovic, desesperado, se enfadaba con la raqueta y pateaba a la bola. Pero aguantó el tipo y se mantuvo en pie hasta un nuevo tie break, completamente opuesto al anterior.

Las portadas de Murray pasaban por ese juego y se enredó de la forma más absurda. Con 2-2 y saque, cometió una doble falta demoledora, distraído por una pluma que volaba en la Rod Laver Arena. Djokovic encontró una salida cuando peor lo estaba pasando y Murray, histérico como de costumbre, pedía atención médica por un problema en el pie.

De ahí en adelante, gestionó muchísimo mejor el encuentro. Llegó esa primera rotura en el octavo juego del tercer set para desequilibrar la balanza y quebró pronto en el cuarto parcial. Era definitivo, Djokovic volaba hacia su cuarto título en Australia mientras su rival no dejaba de gesticular con aparentes problemas físicos.

Murray se movía con dificultades, mermado por la paliza de la semifinal ante Roger Federer. Tuvo, además, un día menos de descanso que Djokovic, quien no necesitó más de una hora y media para resolver ante David Ferrer. Sin embargo, y más allá del físico, la realidad es que el serbio fue mejor cuando tocaba. Y en una final, ante todo, lo que cuenta es ganar.

Así lo entendió Djokovic y así lo hizo. Logró su sexto Grand Slam con un final soberbio. Mirada a su gente, puño cerrado y golpe en el pecho. La celebración del campeón, el festejo de un tenista impresionante. Djokovic es el dueño de Australia.