Lola Herrera, en «Cinco horas con Mario»
Lola Herrera, en «Cinco horas con Mario» - Pentación
CRÍTICA DE TEATRO

«Cinco horas con Mario», el idilio sin fin

Lola Herrera vuelve una vez más a interpretar a su más emblemático personaje, Carmen Sotillo

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Cuarenta años después de su estreno, con miles de representaciones por todas las geografías imaginables, atravesando la reciente historia cultural de este país, el mito de «Cinco horas con Mario» y Lola Herrera sigue vivo. Todos envejecemos menos los mitos, menos los idilios apasionados, y este de la obra de Delibes y Lola Herrera es el más largo, el más querido, el más recordado y el más aplaudido de nuestra escena. Un escenario negro, tres sillas, un sillón, la mesa de un despacho con una máquina de escribir y un termo, una papelera donde ir arrojando las basuras de la vida, un ataúd rosa chicle y una actriz sirven para poner en marcha de nuevo esta maquinaria de reproches, este ajuste de cuentas con un matrimonio gris que, como los grandes icebergs, ocultan más que muestran. Sí, es una radiografía de la familia, pero es también una radiografía de las ilusiones perdidas, del enorme fracaso en que consiste vivir. La cara B de los sueños de Menchu, de Mario, de Paco, de un país que se fascinaba con el desarrollismo y vivía anclado en morales asfixiantes.

En el Teatro Bellas Artes todo lo vuelve a llenar, como siempre en estos cuarenta años, esta Carmen Sotillo, «Menchu», y su monólogo obsesivo, directo, sus frustradas ganas de medrar y sus aspiraciones pequeñoburguesas. Y el camino que hace durante toda esa noche en que vela al marido muerto supone un intento de expiar las culpas, de pasear los fantasmas del rencor, de confesar hasta qué punto su autorretrato se refleja en el espejo de la soledad, de la incomunicación, de las infidelidades y de la mentira. Las palabras que escribió Delibes siempre van más allá de lo que dicen, por eso, el personaje de Menchu, visto desde hoy, crea a la vez ternura y rechazo, comprensión y repudio. No importa tanto ahora para el espectador el marco político del franquismo, sino cómo se interiorizaron las ideas de un sistema (machista, discriminatorio, esterilizador) que trabajaba por la infelicidad de estos seres.

El mensaje es claro: todos los personajes, todos nosotros somos víctimas de nosotros mismos, de los otros y de nuestra época. Por eso, «Cinco horas con Mario» sigue vigente, sigue emocionando y haciendo reír con sus descargas corrosivas e inocentes de humor. La puesta en escena, la dirección, la música o la iluminación son ya un clásico. Y Lola Herrera vuelve a imponer su sabiduría interpretativa, menos dramática, más serena. Modula la tragedia de esta vida desde todos los registros: la voz, el gesto. Solo podemos decir que las arrugas le sientan muy bien y que en esta despedida de «Cinco horas con Mario» vuelve a hacerlo a lo grande.