Lola Herrera (Valladolid, 1935)
Lola Herrera (Valladolid, 1935) - Daniel Dicenta Herrera
TEATRO

Lola Herrera: «Hoy se ha bajado mucho el listón de exigencia propio y ajeno»

La actriz vuelve con la mítica «Cinco horas con Mario», de Miguel Delibes, que puede verse en el Teatro Bellas Artes de Madrid hasta el 18 de noviembre

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Traspasada la barrera de los ochenta, Lola Herrera no solo no reniega de su edad sino que se siente orgullosa de ella. Hasta tal punto que, en una faceta poco conocida, puso en marcha una pequeña empresa de diseño de ropa para confeccionar prendas que le gustan especialmente, sobre todo «cómodas», y que, sin renunciar al estilo y la elegancia, se adecuasen a la edad porque, explica, «no me gusta disfrazarme de joven». La iniciativa, montada en plena crisis, tuvo que echar el cierre, pero da cuenta del espíritu emprendedor de la actriz vallisoletana que ya demostró al marcharse de su ciudad natal buscando otros horizontes. Los encontró en el mundo del teatro. Y, con una larguísima y brillante trayectoria en su haber, ahí sigue y continuará: «No pienso retirarme. La vida es la única que podrá retirarme. Antes del verano tuve una rotura de rótula. Me operaron y todavía hoy estoy yendo a rehabilitación. Pero cuando subo al escenario, se me quitan todos los males, después de la función vuelvo feliz a mi casa y duermo mejor. Es como renacer todos los días. Encarnar a un personaje es un privilegio. No tiene precio sentir la energía que fluye entre el escenario y el patio de butacas. La interpretación, sobre todo en el teatro, no es solo mi profesión, es mi pasión».

Sin duda, esa pasión la ha acompañado siempre y ahora la vive metiéndose de nuevo en la piel de Carmen Sotillo, el personaje ideado por Miguel Delibes en «Cinco horas con Mario», primero novela y después adaptación teatral realizada por Josefina Molina, José Sámano y el propio Delibes. El montaje, tras una exitosa gira, recala en el Teatro Bellas Artes de Madrid, para continuar después recorriendo diversas plazas de nuestra geografía.

¿Ha sido «Cinco horas con Mario» un antes y un después en su carrera?

Por supuesto. He hecho muchas cosas que me han dado grandes satisfacciones, pero esa obra fue crucial.

¿Cómo surgió interpretar a Carmen Sotillo?

Un poco por casualidad. El papel recayó en mí por eliminatoria. Otras actrices lo habían rechazado, pero yo no he solido rehusar papeles. ¡Y luego fíjese el juego que ha dado Menchu! Yo había leído la novela y me interesó mucho. Carmen me intrigaba, me inspiraba gran curiosidad, y la verdad es que no la entendía muy bien al principio. Después, a raíz del montaje, empecé a comprenderla, a descubrir todo lo que había detrás de sus palabras.

«Mario estaba muy comprometido con mucha gente a la que quería ayudar, pero no tanto con su propia mujer»

Sobre todo como una víctima de la sociedad que le tocó vivir. Es una mujer llena de soledades, de frustraciones, de amargura, de insatisfacción.

¿Existen hoy Menchus?

Sí. Aunque, naturalmente, en otro entorno y quizás con otras necesidades. Las mujeres hemos dado pasos de gigante, pero aún queda bastante camino. Y no se pueden permitir retrocesos. Hay que tener enorme cuidado con esto.

Lola Herrera en un momento de «Cinco horas con Mario»
Lola Herrera en un momento de «Cinco horas con Mario»- Daniel Dicenta Herrera

El soliloquio de Carmen Sotillo es un duro memorial de agravios...

Es un reproche continuo. Mario estaba muy comprometido con mucha gente a la que quería ayudar, pero no tanto con su propia mujer. Un hombre inteligente y con una mente tan abierta como Mario debería haber apoyado a Carmen, compartir con ella su mundo... Hay un ajuste de cuentas, pero también está la culpa. Al final, termina explicando a Mario algo que se le quedó enquistado, que no le dijo en vida.

¿A pesar de todo, cree que Carmen y Mario se querían?

No lo sé. Pienso que más que otra cosa había un cariño, costumbre…

«Delibes era encantador, discreto, austero, poco amigo de homenajes. Me comentaba que cómo puede ser eso de escuchar lindezas sobre uno, da mucha vergüenza»

Usted conoció a Miguel Delibes...

Tuve esa suerte. Vio la función muchas veces, desde el patio de butacas, el gallinero, entre cajas... Le fascinó ver a un personaje suyo de pie en el teatro, era el primero. Se habían hecho ya cosas en cine, como «Retrato de familia», basada en «Mi idolatrado hijo Sisí», que dirigió Antonio Giménez-Rico, pero el directo del teatro es diferente. Se preocupaba mucho por mí. Me decía que si no se me cansaba mucho la cabeza. Era encantador, discreto, austero, poco amigo de homenajes. Me comentaba que cómo puede ser eso de escuchar lindezas sobre uno, da mucha vergüenza.

Lola Herrera y Daniel Dicenta en «Función de noche» (1981)
Lola Herrera y Daniel Dicenta en «Función de noche» (1981)

«Función de noche», la película dirigida por Josefina Molina y que interpretó junto a su exmarido, Daniel Dicenta, también fue un hito. ¿Y una terapia?

Para mí, sí. Me fortaleció, me ayudó a aclarar cuestiones. Con Daniel, mi exmarido, siempre hubo un cariño, un respeto de fondo, pero, por desgracia, no un entendimiento. A lo largo de nuestra convivencia, yo quise plantear cosas en muchos momentos, pero no había forma. Se negaba a escuchar los problemas si podían crearle angustia. Fue muy generoso al aceptar hacer el filme. Para Daniel fue perjudicial, machacante, sobre todo porque la gente es muy cruel e hizo una película de buenos y malos. ¡Bien sabe Dios que nunca creí que pudiera ser así! Lo lamentaré siempre.

¿Sus padres la apoyaron cuando decidió ser actriz?

Totalmente. En mi familia había mucho amor al teatro. Mi madre -de la que, por cierto, siempre me interesaba conocer su opinión, hasta poco antes de morir iba a los ensayos-, mi abuela materna y mis tías iban al teatro asiduamente. Tenían muchas penas y allí hallaban alivio. Nací un año antes de la guerra, y se pasaron penurias. Aunque mi familia era mucho de tirar para adelante. No se hundió en la pena. Había tiempo para llorar, para reír, para hablar…

¿Tiene algún rito antes de subir a las tablas?

La verdad es que nada especial. Solo estar tranquila, me gusta llegar con mucho tiempo, hacer las cosas muy despacio, tomarte mi cafetito o mi tónica en el camerino. Prepararme con sosiego para salir reposada al escenario. Y con energía. Me reservo mucho durante todo el día, dosifico el esfuerzo, porque las energías van mermando y para tenerlas intactas tienes que renunciar a muchas cosas a lo largo de la jornada. Porque en el teatro se trabaja al final de la tarde.

¿Cómo ve hoy la situación del teatro en España?

No está mal, pero, claro, podría estar mejor. En la crisis se han quedado muchos en el camino, ha sido muy terrible para todos, y para nosotros no podía ser menos, con una profesión tan vulnerable. Nunca se ha querido en este país al teatro. En general, no ha habido suficiente apoyo para potenciarlo. Hoy hay mucha gente buena, con unas posibilidades y conocimientos que en mi época no existían, pero también otra mucha gente que es simplemente habilidoso para estar en el sitio adecuado, manejar las redes sociales, vamos a ver si tus amigos de las redes sociales van al teatro… Yo vengo del tiempo en que se abría la taquilla y día a día tenías que ganarte el sitio en el teatro. Ha cambiado todo mucho, es normal, pero no puede cambiar la esencia. El teatro es complicado. Un pequeño tesoro que hay que conservar y cuidar. Aunque, no se acabará nunca, por mal que esté.

¿Qué consejo daría a los jóvenes actores?

-Pasión por lo que hagan. Rigor con ellos mismos. Constancia. Es una profesión complicada, exigente, no confundir con el famoseo. Hoy, y no solo en esta profesión, se ha bajado mucho el listón de exigencia propio y ajeno.