Una escena del espectáculo
Una escena del espectáculo - Javier del Real
CRÍTICA DE ZARZUELA

«24 horas mintiendo»: escenas de matrimonio

El teatro de La Zarzuela presenta una comedia musical de Francisco Ramos de Castro, Joaquín Gasa y Francisco Alonso

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Hay dos formas de enfrentarse al espectáculo que estrena el Teatro de la Zarzuela: con el ánimo despejado o tratando de comprender el alcance de la propuesta. Ambas opciones son posibles ante la «restauración» de una comedia musical de aquel 1947 en el que Francisco Ramos de Castro, Joaquín Gasa y Francisco Alonso eran señores de la escena teatral española. Gran parte del público que acudió el viernes al estreno de «24 horas mintiendo» decidió no buscar los tres pies al gato y disfrutar con el enredo, la alegría de la música y la visualidad de sus escenas.

Las risas, los aplausos y, en la apoteosis, la felicidad colmó a muchos parroquianos de buena fe, contentos con la dirección escénica de Jesús Castejón, a partir de la versión libre de Alfredo Sanzol y musical de Carlos Aragón. Ellos firman la construcción de este artefacto en el que la ingeniosa y blanca trama original se salpimenta con guiños político-corruptos, la reubicación de algún personaje abierto al siempre fácil juego de la ambigüedad sexual y una retórica evidente, retruecánica y ripiosa. La música es fundamental y la de Alonso tiene «swing», gracia y pegada, lo que permite aliviar la eficacia de la interpretación y el sonido abierto de la Orcam.

La cuestión del actor es algo más delicada. No parecerse a ningún otro supone un mérito en este género, de ahí la buena estrella del «argentino» Ángel Ruiz y de Enrique Viana, quienes sabe explotar ante sus fieles los recursos y maneras que dan fama. Por supuesto, hacer de sí mismo es algo muy saludable y hasta divertidísimo cuando existe verdadera personalidad, no tanto cuando lo que se consigue es recrearse en la caricatura y el estereotipo, el gesto manido y la escasez de apostura, como sucede con buena parte del reparto. Importan detalles antes que el tropezado acabado general. Es el caso de Raffaela Chacón, atropellado el texto, histriónica… pero que en el pasodoble, sin voz y trampeando por doquier, hace del número una creación singular. No sería nunca algo reproducible en frío pero sobre el escenario y frente al dislate de la representación lleva el entretenimiento al estallido popular.