Christopher Maltman, como Edipo, en una imagen de la ópera
Christopher Maltman, como Edipo, en una imagen de la ópera - Monika Rittershaus, Salzburger Festspiele

El despertar salzburgués del «Oedipe» de Enescu

Alberto González Lapuente
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Markus Hinterhäuser, intendente del Festival de Salzburgo, conoce a fondo el arte contemporáneo, y no duda en explicarlo como expresión moderna de viejas obsesiones. De ahí la presencia, más o menos evidente, de la mitología y sus metáforas en la programación del festival en los últimos años, y su muy explícita aparición en la edición de 2019. Siguen vivos los mitos de la antigüedad, que el cofundador del festival, Hugo von Hofmannsthal, vio como un «espejo mágico», explica Hinterhäuser: los cuentos míticos que «aún plantean preguntas relevantes sobre la existencia humana, la guerra, la huida, el sacrificio, la venganza, la culpa y la expiación». Idomeneo, Medea, Alcina, Orfeo, Salomé… se asoman sigilosamente ofreciendo su mensaje intemporal. El Festival de Salzburgo carece de un título o lema que abrace sus muchos conciertos, recitales, obras de teatro en verso, funciones infantiles, representaciones operísticas… Pero es evidente que el argumento mitológico entreteje sus propuestas estableciendo una coherencia de fondo.

También está presente Edipo, el hijo de Layo y Yocasta que, obligado por el destino, mató a su padre y casó con su madre. Su presencia ha sido una constante en la historia del arte. Desde la perspectiva musical, de Henry Purcell a Honegger, pasando por Stravinski, Wolfgang Rhim y, en España, Durán o Josep Soler. En algunos casos, como en el «Oedipe» de George Enescu, sufriendo la vergüenza de un olvido solo comprensible desde la posición de obra singular, de difícil representación.

Hay un dato que llama la atención: los propios directores de la producción que este año ofrece Salzburgo, Ingo Metzmacher y Achim Freyer, reconocen que el espectáculo es una propuesta abierta que ellos mismos no acaban de comprender. Lo dicen en el sentido visceral, bajo la impresión de estar ante una realización que deja un profundo poso de inquietud. Merece la pena recordar al escritor Alejo Carpentier, espectador, en su estreno en París en 1936, quien señaló que «Oedipe» es «una de las obras más ricas y sólidas que compositor alguno haya escrito desde los albores de este siglo… una partitura que aporta una singular impresión de fuerza y grandeza».

El que Salzburgo haya sido capaz de renovar con extraordinaria solvencia lo que el propio Enescu quiso proponer, significa que Metzmacher logra junto a la Filarmónica de Viena construir un discurso introspectivo de apariencia fácil, amable, que lima las asperezas de una música enrevesada, a ratos directa y franca, en ocasiones personal e inclasificable.

La comodidad con la que Metzmacher dirige esta partitura revela la consistencia del trabajo previo y la calidad de unos músicos capaces de momentos sublimes ya sea como marco sonoro a la peste que asola Tebas, ya la grandeza de un final que acompaña la muerte del mito. Son muchos los testimonios que hablan de formidable talento musical de Enescu, compositor pero también violinista y maestro, y de las muchas dificultades que atravesó la composición de «Oedipe».

Entre las obsesiones estaba lograr que el texto fuera claramente comprensible, que la música lo respetase y lo transformara en lugar de sujetarse a él. La gran orquesta de Enescu, en la Felsenreitschule de Salzburgo, aporta, incluso desde las primeras filas, una sensación camerística, refinada. Hablar de algo importante es reconocer que en esta versión hay elocuencia en la intención y concentración en el resultado.

El trabajo de Metzmacher se inscribe en perspectiva muy una actual ajena a metafísicas románticas. Es posible que Enescu quisiera una agitación que hoy nos sonaría fingida. Durante más de veinte años, el autor estuvo obsesionado con el grito que el actor Jean Mounet-Sully daba al interpretar la tragedia homónima de Sófocles. Es fácil encontrar la grabación en Youtube. Se observará que el tiempo lo ha convertido en un gesto histriónico, falso y amanerado. Muy diferente del trabajo sustancioso que ofrece en Salzburgo el barítono Christopher Maltman, trazando la línea melódica con extraordinaria meticulosidad y superponiendo a ella los apuntes de «sprechgesang», encontrando homogeneidad en el timbre y aportando una sensatez dramática que termina por conmover.

Las escenas culminantes como el grito que acompaña a Edipo cuando se arranca los ojos o el dialogo con la Esfinge, referencia de la obra, llaman la atención por su sensata desesperación. Se ratifica a través de un reparto de voces notables, muy bien encajadas en sus papeles, y con las que se remata la fortaleza de la versión. Anaïk Morel como Yocasta; John Tomlinson, un veterano en el papel de Tiresias, Êve-Maud Hubeau representado a la Esfinge, Brian Mulligan como Creón…

Es imprescindible el coro de niños y aquí se contó con el Konzertvereinigung Wiener Staatsopernchor cuya labor sustancia una obra cuya acción dramática crece a través de las escenas corales, de ahí su difícil representación y la más fácil interpretación en versión de concierto. El sentido estatuario de la obra, la parsimonia de la acción como reflejo de la voluntad de constituirse en un gran oratorio, cuadra bien con las paredes de piedra de la Felsenreitschule, cuyas ventanas sirven de curiosas hornacinas desde donde muchas sentencias brotan con solemnidad, provenientes de un más allá que agita la acción que se desarrolla en el escenario.

La escenografía es casi inexistente, apenas algunos elementos de cierre que acotan la escena: todo se construye desde el vestuario y la iluminación configurando una sensación de irrealidad. El propio Enescu otorgó un sentido sinestésico de la obra. Aquí, Achim Freyer lo exalta en una sucesión significante, desde el negro que acaba por integrarse en el impresionante vestuario de los tebanos, hasta el verde que baña la escena de la ceguera.

Achim Freyer recuerda con cariño «La flauta mágica» que hizo en Salzburgo en 1997 aunque con «Oedipe» ha encontrado un argumento que le ha conmovido de forma particular. Estos días expone en Millstatt trabajos alrededor del mito mientras trabaja en una escultura que espera que sea expuesta en el entorno del festival. Su larga experiencia teatral se renueva ahora firmando la dirección de escena, la escenografía, la iluminación y el vestuario. Este último de sorprendente imaginación, con elementos desencajados, construcciones imposibles, arquitectura de voluntad rabiosa que pone el foco en el protagonista, a quien convierte en un boxeador físicamente torpe y derrotado.

El hecho de que el libro original de Edmond Fleg combine leyendas y recreación en una historia que trata de construir una biografía completa del mito, significa que Edipo nace siendo un bebe y muere siendo un perdedor bañado en su propia sangre. Él es el centro, el punto de fuga. Lo enfatiza esta producción reconocida por los espectadores con una ovación que crece poco a poco, mientras cada cual se despierta del sueño.