Van Morrison en su actuación de 2013 en Barcelona
Van Morrison en su actuación de 2013 en Barcelona - Inés Baucells

Van Morrison, la alquimia del astro enfurruñado

El músico irlandés actuará el próximo lunes en el Liceo de Barcelona

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Nunca ha sido Van Morrison un artista al que le haya costado demasiado hacer las maletas y lanzarse a la carretera. Como Bob Dylan, el astro irlandés es un animal de escenario, un músico de la vieja escuela que vive de (y, por qué no, también para) hacer caja cada vez que se apagan los focos y empiezan a sonar los primeros acordes.

Quizá por eso «el León de Belfast» no escatima en rugidos y no le hace ascos a casi ninguna actuación, ya sea en el Festival de Montreux, en el Royal Albert Hall londinense o en esos lujosos resorts vacacionales ingleses e irlandeses donde se dejará ver próximamente a razón de 300 libras la entrada. Y quizá por eso también va camino de convertir sus actuaciones invernales en el Gran Teatro del Liceo de Barcelona en una suerte de tradición anual. Por allí pasó en diciembre de 2013 acompañado de su hija Shana Morrison, y al mismo escenario regresa este lunes para recoger el testigo de Woody Allen en el recién nacido Suite Festival.

Una nueva visita del autor de «Astral Weeks» que coincide con un nuevo capítulo en su turbulento y problemático historial discográfico. Y es que, una década después de fichar por Blue Note, sello «adulto» que le permitió escabullirse de esas multinacionales de pop que, como él mismo aseguró en su día, nunca supieron qué hacer con su música, Van Morrison acaba de fichar por RCA, discográfica en la que publicará en los próximos meses su 35 trabajo de estudio.

Se trata nada menos que del octavo cambio de camisa de un artista que, con los años, ha aprendido a vivir y a sobrevivir de espaldas a la industria haciendo bandera de su proverbial mala uva. Así, casi cinco décadas después de estrenarse con «Blowin’ Your Mind!» y a pocos meses de cumplir 70 años, el irlandés no tiene reparos en tachar de ladrones a los responsables de la frondosa reedición de «Moondance» publicada en 2013, sigue vetando la presencia de sus novedades discográficas en plataformas como Spotify e incluso desliza mensajes nada subliminales en algunos de sus títulos más recientes.

«Sartre dijo que el infierno son los otros, yo creo que la mayoría lo son», asegura en «Going Down To Monte Carlo», canción del que hasta ahora es su último disco, «Born To Sing (No Plan B)» y enésima prueba de que, pese a que sus discos ya no armen el mismo revuelo comercial que en los setenta o en los ochenta, aún es capaz de manejarse con elegancia y enorme inspiración a través del jazz, el soul y el folk de inspiración celta.

Ingredientes todos ellos que, por más años que pasen, sigue combinando como nadie en su portentosa garganta. De hecho, quienes acudan el lunes al Liceo lo harán con la esperanza de que el autor de «Into The Mystic» vuelva a firmar otra noche memorable y exquisita. Otra noche que, a pesar de su consabido mal genio y de ese reloj digital con pinta de taxímetro a la inversa que utiliza para salir pintando, devuelva la magia al Gran Teatro.