Rilke, un escritor epistolar

El poeta vivió un tiempo en el que todavía la escritura de cartas tenía un valor literario y era una forma de reflexión, no una mera comunicación

Diego Doncel
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Rilke es uno de los grandes poetas del siglo XX y también uno de sus grandes escritores epistolares. Vivió el tiempo en que todavía la escritura de cartas tenía un valor literario y era una forma de reflexión, no una mera comunicación.

En una vida tan aristocráticamente poética como suya, tuvo correspondencia con la mejor aristocracia espiritual de su época, una época donde el té en los salones iba dejando paso a guerras industriales y purgas ideológicas. Rodin, Tsvietáieva, Pasternak, Lou Andreas-Salomé o Marie von Thurn und Taxis  le hicieron escribir páginas que son autobiografía cotidiana, espiritual y emocional.

Ese tono es el que ofrece también en las «Cartas a un joven poeta» donde habla de aprender a escribir poesía como el que va a practicar un hecho sagrado. En efecto las cartas de Rilke siempre son espirituales y siempre son emocionantes. Las cartas que le escribió a su madre, Sophie Enz Rilke, son extremadamente relevantes en muchos aspectos.

De todo ese volumen se extraen ahora las que Rilke le escribió entre 1900  y 1925 para felicitarle la Navidad. Veinticinco años donde se va trazando el retrato con una madre con la que mantuvo una relación tensa, llena de altibajos, bajo el trauma siempre de aquel abandono en Praga vestido de niña. Aquí están contados, además, los sucesos más importantes de su vida en esos años, las ciudades en las que vivió, la paternidad, la guerra, pero sobre todo está contado el deseo de encontrar en esas horas de Nochebuena un momento de duración, un momento de felicidad, una paz espiritual, de tregua en su crisis con la religión establecida.

«Nosotros debemos ser silenciosos, introspectivos –escribe– y lo suficientemente serenos para recibir la gracia divina contenida en esta hora, que a muchos deja indiferente por estar llenos de ruido y no tener paz». Por un momento, Rilke y su madre dejaron el ruido y se prometieron pensar el uno en el otro a la hora de la cena, más allá de la distancia y de la ausencia.

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