La escritora Concha Espina
La escritora Concha Espina - ABC

«Palabras», artículo póstumo de Concha Espina en ABC

Poco antes de fallecer, el 19 de mayo de 1955, la escritora, colaboradora habitual de esta Casa, envió un artículo que no pudo ver publicado y que, por su interés, reproducimos con motivo del 150 aniversario de su nacimiento

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Desde la Divina, la que hizo carne y habitó entre nosotros para la Redención del mundo son innumerables las interpretaciones que le caben a cada palabra, así como ellas mismas agotan su número y hacen poco menos que imposible su recuento, sus realidades y la prueba de su mejor servicio: la utilidad única y propicia que, por ejemplo, un escritor intenta dar a su trabajo.

[Concha Espina, la mujer que nació poeta]

Niego yo que en cualquiera de estos casos felices, las palabras se busquen ni menos que se rebusquen. Creo que se encuentran, que saltan ellas solas a la limpidez inocente de una página, atraídas por el instinto de quien las conoce, porque las ha gustado desde sus primeros balbuceos infantiles, como una blanda imposición del destino, tal vez porque a semejante persona le aguarden muchas piedras en los senderos del porvenir y una providencial compensación le siembre generosas flores entre los adustos guijarros.

Lo más sencillo y fácil es suponer así los hallazgos de las palabras lógicas y sensibles para la pluma de un escritor. Pero en esta época de los mil vocablos inútiles, la bronca palabrería sobrante en multitud de propagandas y de voceríos estériles, se reniega en público con tono de crítica literaria, o simplemente a base del comentario pueril, del estilo caudaloso y singular, hijuela, al parecer, de algunos autores.

Se afirma por ahí, con la resonante voZ de papeles y de emisoras, que no se necesita un léxico feraz, ni unas palabras nobles para escribir la crónica de lujo, el cuento interesante, ni la novela merecedora de un premio gordo. Se asegura, gratuitamente, que sobran las frases de prístino valor en una obra de moderna literatura y bastan en ella los renglones adocenados y vulgares, con múltiples desdenes a la sagrada memoria de Cervantes y de Calderón, Lope de Vega y San Juán de la Cruz, para sólo mencionar cuatro lanzas entre los Conquistadores del lenguaje, hueste de invictas raíces en sucesivas generaciones, muy lozanas ahora mismo, gracias a Dios.

Porque al otro lado de la inercia y el menosprecio, mezclados con la urgente economía, abundan los fieles adalides de las Letras hispánicas, entregados al doloroso y exquisito quehacer de la profesión literaria. Son gente de mucho calibre intelectual, signada con la estrella del sacrificio y del rigor, en cuanto al puro arte de escribir se refiere.

Y existe hoy un soberano plantel de profesionales, mozos, maduros y viejos, que cultivan con encendidos amores el buen Arte escrito a todas las anchuras del tremendo idioma nacional, todo a lo largo de sus caminos interminables.

Esto sucede cuando más se nutren los insignes merecimientos de la hermana lengua catalana, exaltados con obras de acendradísima poesía; cuando se aprecia como tesoro patricio el dulce bable de Asturias, el duro y milenario vascuence, progenitor como el sánscrito del castellanizado latín; iniciaciones que tuvieron su sede en San Millán de la. Cogollo, allá por los andurriales del XII, mientras florecieron las hablas melódicas de Galicia, los primeros romances indecisos de Córdoba y más tarde el párvulo silabeo de las Américas niñas.

Robusto cauce verbal que supo y sabe enriquecer el insondable río idiomático de Castilla, colmado de vegetaciones antillanas, voces indígenas de Méjico, modismos y expresiones singularísimas de Chile y Perú, decires de Centroaménca, donde tuvo Colombia la incorruptible fama del mejor lenguaje español.

Si con tales abolengos se orlan y se escudan nuestras palabras, todas en general, debemos preferir las más bellas, limpias y fragantes para nuestra labor pública. Porque algunas de estas que admitimos como sal y miel, pimienta y clavo, de la tarea profesional, suelen tacharse de viejas, desnudas, perdidas en un desierto, puestas lejos de la circulación, sin previo tribunal condenatorio.

Y con frecuencia son las más originales, las de una etimología más heráldica y racial; las que tal vez por un mínimo resto de tolerancia se conservan todavía en los mejores diccionarios lingüísticos.

No son feudos, parcelas ni heredad reservados al usufructo de ciertos autores, según se colige de alusiones impertinentes. Como si las letras abandonadas, casi prohibidas, según aquí declaro, no consistieran ya, precisamente, en bienes mostrencos, tierra de nadie, bajo el título capcioso de su antigüedad.

Si en realidad, para muchos no fueran conocidas, serán por eso más interesantes, como criaturas de un orbe intacto; si a otros le parecen antiguas, ¡cuánta sorpresa al sentir el pálpito de su juventud, al servirse de su novedad! Para los aficionados al sápido «boquel» de los licores, no habrá mejor perfume que el de aquellas palabras tan odorantes y escondidas, como las violetas.

Y cualquiera de estas criaturas injustamente condenadas al silencio, saben decir muchas cosas claras y rituales, desde el predominio de sus orígenes. Te las brindo, compañero escritor; estímalas como a elementos donceles por la virginidad sagrativa de su existencia, testimonio del supremo candor españolísimo no las abandones como a seres apátridas, hospicianos sin linaje ni apellido legal.

Porque si lo hicieras así, cometerías un delito histórico, imperdonable, contra el idioma que ha llenado de luz, de gracia v de fervor a veinte naciones privileqiadas del Imperio Cristiano.