Concha Espina, en una imagen de 1920
Concha Espina, en una imagen de 1920 - ABC

Concha Espina, la mujer que nació poeta

Una obra recoge por primera vez todos los versos, algunos de ellos inéditos, de la gran escritora española, condenada al olvido por su ideología más conservadora

Madrid Actualizado: Guardar
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Es cierto que en los últimos años, y gracias al esfuerzo de pequeñas editoriales e investigadores infatigables, hemos recuperado las voces literarias de numerosas mujeres que, por su género, habían sido olvidadas o relegadas a un papel menor que el que realmente tuvieron en nuestra Historia. Valgan, a modo de ejemplo, libros como «Las sinsombrero» (Espasa, 2016), de Tània Balló, o la labor que, desde la Universidad de Exeter (Reino Unido), está llevando a cabo Nuria Capdevila-Argüelles, responsable de que hayamos vuelto a leer a Elena Fortún, redescubierta como mucho más que la creadora de Celia.

Pero no es menos verdad que en ese camino de reparación de nuestra memoria nos hemos dejado a uno de los nombres más importantes y singulares de la literatura española: Concha Espina (1869-1955). Y el pecado parece aún mayor, porque todo apunta a que el hecho de que nadie haya reparado en que mañana se cumple el 150 aniversario de su nacimiento se debe a la etiqueta de «mujer conservadora» que se le colgó tiempo ha y que nadie se ha preocupado de revisar o, incluso, ignorar, pues con la grandeza de su literatura debería bastar. Pero, ay, las poses, cómo pesan.

La clamorosa ausencia de reediciones de su obra confiere aún más importancia al libro que, en unos días, llegará a las librerías españolas y que recoge, por primera vez, toda su poesía. Publicada por Torremozas, editorial a la que tanto debemos por su trabajo de «arqueología poética», la obra recoge los tres poemarios de la escritora cántabra («Mis flores», de 1904, «Entre la noche y el mar», de 1933, y «La segunda mies», de 1943), así como todos sus versos aparecidos en prensa (varios en ABC y la revista «Blanco y Negro»), los poemas que incluyó en sus novelas más conocidas y dos inéditos que Concha Espina dedicó a sus nietas.

Homenaje

Se trata, además, de una suerte de homenaje a la autora, que siempre consideró la poesía como eje vertebrador de su obra, pese a que logró la fama, y con ella la subsistencia de su familia, gracias a sus novelas y artículos periodísticos. Así lo reconocía la propia Concha Espina en el poema rescatado de «La esfinge maragata» (1914), en el que asegura: «Yo soy una mujer: nací poeta, / y por blasón me dieron / la dulcísima carga dolorosa / de un corazón inmenso». También, en la introducción que escribió para «La segunda mies», donde sostiene que «muchos de mis amigos, tal vez los mejores, ignoran que yo haga versos y se sorprenden cuando traslucen, como algo insospechado, esta otra debilidad de mi vocación literaria (...) pero sucede que yo nací bajo el signo cándido y loco de la rima, y que rimé en la imaginación esos renglones incautos antes de saber escribirlos, es decir, desde el alba de mi estrella».

«Para nosotros era un deber recuperar toda su poesía, una faceta suya tan olvidada», explica Fran Garcerá, responsable de la edición de la obra y experto en las poetas españolas de la Edad de Plata (1900-1936), a la que perteneció Concha Espina. Una vez tomada la decisión, Marta Porpetta, directora de Torremozas, y él se pusieron manos a la obra, con la premura de intentar llegar a tiempo para el aniversario de su nacimiento, inadvertido para casi todo el mundo. Recopilaron los tres poemarios antes mencionados y se pusieron en contacto con los descendientes de la escritora, que fueron «maravillosos» y se mostraron «entusiastas con la recuperación de su legado», según reconoce Garcerá. De su archivo rescataron todas las fotografías que incluye la obra, en muchas de las cuales se advierte un aire moderno y vanguardista muy alejado de la idea de escritora antigua o tradicional que tenemos de Concha Espina.

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«Fue una mujer moderna y pionera -asegura Porpetta-. Queríamos darle ese tono de mujer mucho más sofisticada que la idea que tenemos de ella. Hay que quitarle esa pátina antigua». A juicio de la editora, a la autora de «La niña de Luzmela» (1909) «se le puso la etiqueta de conservadora y con ella sigue, no hay manera de quitársela, por eso se la deja de lado, pero eso es un error tremendo. Hay que entender sus circunstancias, el momento que le tocó vivir… Si es un poquito más conservadora, ya no la leemos, y eso no puede ser. Parece que es mucho más simpático reivindicar a otras autoras. Concha Espina forma parte de la Edad de Plata, pero se la tiene como si fuera de otra época, y eso es por el desconocimiento y por la etiqueta que tiene colocada».

[«La niña de Luzmela»; por Juan Manuel de Prada]

Lo cierto es que Concha Espina, como advierte Garcerá, «debió traspasar las mismas fronteras que el resto de mujeres de su época y, en su caso, además, tuvo que sacar adelante a su familia». Muy equivocada no estaba cuando, unos días después de casarse, bien jovencita, en Santander, con Ramón de la Serna y Cueto, reconoció que aquel matrimonio había sido fruto de una decisión precipitada. Con su marido puso rumbo a Chile -allí a Concha Espina le recomendaron que, si quería vivir de la literatura, se olvidara de los versos que desde niña llevaba escribiendo y se centrara en la prosa- en 1893, para que Ramón administrara los negocios de su familia, y con él regresó a España en 1898, año desastroso donde los haya, arruinada por la mala cabeza de su santo esposo y los dispendios que hizo al otro lado del charco.

Aquello debió provocar una crisis tremenda en la pareja y un enfado mayúsculo en Concha Espina, que cuando en 1908 se instaló con sus hijos en Madrid lo hizo ya sin su marido. Desde ese momento, los únicos ingresos de la familia fueron los que ella aportó como escritora. Encargos no le faltaron, entre ellos los de este mismo periódico, con el que mantuvo una estrecha colaboración.

Volviendo a su obra poética, Garcerá reconoce que «Mis flores», su primer poemario, «es ingenuo». Lleno de imágenes de carácter religioso, la mayoría de los poemas están dedicados al ámbito familiar y, aunque «con la distancia de los años ella llegó a juzgar con mucha dureza aquella obra», el investigador defiende «la importancia de rescatarla, porque de un poemario a otro podemos ver su evolución literaria y también en su concepción como autora». El segundo, «Entre la noche y el mar», publicado treinta años después, es un poemario mucho más maduro, en el que da cuenta de sus múltiples viajes, a través de los cuales refleja los temas universales: el temor, el miedo, el amor... Y el último, «La segunda mies», está compuesto por poemas que Concha Espina escribió durante la Guerra Civil. «No tienen una gran fuerza testimonial, pero se ve la circunstancia vital por la que atravesaba y ella quería que salieran a la luz, por eso los fechó», confirma Garcerá.

Aristas

Autora de múltiples aristas, Concha Espina pasó de apoyar la Segunda República a, desencantada con lo que de aquella aventura resultó, identificarse más con el bando sublevado durante la contienda española. «Eso enriquece su figura», argumenta el investigador, aunque reconoce que «la apropiación que se hizo de su figura durante el periodo dictatorial ha jugado en su contra y oscurece su literatura».

Antes de todo aquello, Concha Espina tuvo tiempo de ser rechazada por la Real Academia Española (RAE) y hasta de ser nominada al premio Nobel de Literatura (1926), que terminó por no llevarse debido a un único voto, que se atribuye a la propia RAE. Así lo recoge, al menos, la crónica que apareció publicada en ABC el 20 de mayo de 1955, un día después de su muerte, y que sostiene que fue «presentada (al Nobel) por el hispanista académico profesor Wulff, con votos de la Academia francesa, y sin el apoyo de las Academias españolas».

En todos esos años, Concha Espina nunca abandonó la poesía y, pese a la severa ceguera que padecía desde 1934 (murió privada de la vista), siguió escribiendo hasta el final. De hecho, tras su muerte, su hija, Josefina de la Serna, encontró en el armario de sus documentos su último soneto, dado a conocer por Torcuato Luca de Tena en el emotivo artículo que le dedicó en las páginas de este diario con motivo de su fallecimiento, y que también recoge la obra de Torremozas:

«Hay una sepultura de ladrillo

que me espera en el suelo arrodillada,

rojo lecho en tierra calcinada,

cuerpo estéril de gélido mantillo.

En ella ha de torcer un sordo anillo

mi pálida ceniza sosegada

bajo el silencio adusto de la nada

que resucite su mortal cuchillo.

Pero sobre la muerte se deshoja

la eterna luz del cielo soberano

y sobre la dureza de una losa

que abrigue la negrura de un arcano,

habrá el roce amoroso de una mano

que derrame el perfume de una rosa».