La escritora Maryse Condé, fotografiada en Barcelona, poco antes de su entrevista con ABC
La escritora Maryse Condé, fotografiada en Barcelona, poco antes de su entrevista con ABC - INÉS BAUCELLS

Maryse Condé: «Francia es uno de los países más racistas del mundo»

La escritora antillana, ganadora del premio Nobel alternativo de Literatura, presenta en España sus memorias de infancia

BarcelonaActualizado:

No deja de ser un acto de justicia poética que, el año pasado, cuando la Academia sueca se vio obligada a cancelar la concesión del Nobel de Literatura por un escándalo de abusos sexuales, el premio alternativo, creado por un nutrido grupo de personalidades del mundo de la cultura como protesta, recayera en Maryse Condé (Pointe-à-Pitre, Guadalupe, 1937). La escritora antillana, tristemente desconocida en nuestro país, es un referente feminista y una luchadora incansable por la igualdad y los derechos civiles. Pese a tener 82 años y una salud menguante que la obliga a desplazarse en silla de ruedas (a Barcelona llegó, con su marido, tras cinco horas de viaje en coche desde Aviñón), su voz desprende fuerza, la busca. En sus ojos, acuosos y casi a la deriva por la maldita ceguera, aún se intuye la niña que un día fue, en la isla de Guadalupe, y que años después protagoniza «Corazón que ríe, corazón que llora» (Impedimenta), sus memorias de infancia.

Publicó este libro en 1999, muchos años después de vivir las experiencias que relata. ¿Por qué decidió escribirlo?

El libro no vino solo. Una amiga editora, guadalupeña, me pidió que contara mi vida de niña; la idea era comparar la vida de un niño nacido en Guadalupe hoy y la de una niña de la Guadalupe de mi época. Se dieron cuenta de que el país parecía moderno, que había cambiado mucho, pero no sabían hasta qué punto aquello era cierto. De ese encargo surgió este libro.

¿Cómo funcionó la memoria en su proceso creativo?

Nadie sabe lo que es un recuerdo. Hay cosas que nos han contado nuestros padres, que pensamos que son verdad, y luego están las cosas de las que nos acordamos. Un recuerdo es una mezcla de ambas cosas: de lo que nos han impuesto y de lo que hemos guardado en nuestro espíritu. De ahí que el libro lleve por subtítulo «Cuentos verdaderos de mi infancia», porque en la memoria hay una parte imaginaria y una parte que se recuerda. Tengo otro libro, titulado «Victoria».

Sí, el que escribió sobre su abuela, la madre de su madre.

Eso es. Ahí, directamente, inventé lo que había sido su vida, lo que pudo sentir. Sin embargo, en «Corazón que ríe, corazón que llora» intenté guardar una verdad, trabajar con lo que yo recordaba.

Pese a que fue educada en francés, no en criollo, en este libro recupera el espíritu de la oralidad, tan importante en la cultura de la que procede. Se nos presenta como una contadora de historias, de su propia historia.

Desde niña, sentí el deseo de contar, pero mi madre, que era una católica convencida, me decía que lo que yo contaba era mentira. Eso me llevó a tener, desde el principio, una relación muy compleja con la imaginación. Cuando fui creciendo, sí hubo una búsqueda más consciente de modelos para convertirme en contadora, los grandes modelos del contador de cuentos, tan importantes en la sociedad guadalupeña.

De hecho, en un momento dado, cuando la envían con las exploradoras, asegura que sólo se sentía bien en su «imaginario universo fantástico». ¿Fue la fantasía, la imaginación, un refugio para usted? ¿Lo sigue siendo? ¿Por eso empezó a escribir?

Siempre, siempre. Yo era una niña que no vivía bien en este mundo. Era una niña un poco salvaje y siempre estaba pensando en lo que pasaba en mi cabeza. Todavía hoy, si una conversación no me interesa, me pongo a soñar, me voy a otra parte, siempre pienso en otra cosa. De hecho, a veces mis hijos me lo reprochan, dicen que me cuentan historias y me olvido de ellas porque estaba en otra parte. La imaginación me ha ayudado a vivir, ha sido una manera de vivir.

En el libro dice que siente fascinación por la muerte. ¿De dónde viene esa fascinación?

Mi madre murió cuando yo era muy joven y crecí y me hice adulta sin ella. Por eso, la muerte ha tenido un lugar capital en mi vida. Marguerite Yourcenar dice que es posible vivir sin una madre, y hasta a veces necesario, pero yo pienso que no.

Estoy de acuerdo con usted.

Sí, es imposible vivir sin madre, la necesitamos para crecer, para curarnos, para vivir y para luchar.

¿Y cómo se enfrenta ahora a la muerte?

La muerte es un paso detestable, pero necesario.

¿Le da miedo?

Mucho, mucho, mucho, pero todo el mundo va a morir. Estoy esperando a la muerte, pero me da miedo.

En el libro describe dos anécdotas, una con su madre y otra con su amiga Yvelise, que le llevaron a la conclusión de que nunca hay que decir la verdad a los seres queridos: «Hay que retratarlos siempre con los colores más luminosos», escribe. Sin embargo, a mí su literatura me parece muy sincera. ¿Debe el creador refugiarse en el artificio de la ficción o debe enfrentarse a su propia verdad?

Es complicado. Creo que ese es el motivo por el que, durante mucho tiempo, yo no he caído bien en Guadalupe, porque siempre he buscado decir la verdad. Para mí, escribir es decir la verdad o buscar decirla, y a veces es muy duro, es muy difícil intentar hablar siempre desde esa verdad, ser de verdad.

De hecho, nunca ha dudado a la hora de tratar temas espinosos e incómodos, pero que forman parte de la vida, como la violación, el aborto o la esclavitud. ¿Es la literatura una herramienta de denuncia?

Desde muy joven, viví en la mentira. Mis padres, sus amigos, todos, me criaron en la idea de que Guadalupe era un paraíso terrestre, el mejor lugar del mundo para nacer. Recuerdo, por ejemplo, que me pegaron cuando conté que mi hermana mayor se había divorciado, cada vez que contaba cosas que no cabían en la sociedad que se habían inventado. Crecí horrorizada por esas mentiras y siempre he buscado decir lo que nadie quería decir. La literatura es una rebelión contra el mundo, es querer decir las cosas como son, no como quisiéramos que fueran.

¿Y qué hay del compromiso del creador? Porque usted es una declarada feminista y ha denunciado en numerosas ocasiones los abusos del colonialismo.

Cuando tenía 16 o 17 años, escuché, por primera vez, la palabra colonialismo. Estudiaba en París y estaba con una amiga; su padre era profesor de Historia en la Sorbona. Mis padres nunca me hablaron de eso. Cuando descubrí que mis ancestros venían de África, se convirtió en mi pasión y ya no pude salir de ahí.

Leyendo «Calle, cabañas negras», de Joseph Zobel, descubrió la opresión colonial, los prejuicios racistas, la esclavitud, todo eso de lo que nadie le había hablado jamás. ¿Cómo le marcó ese descubrimiento, esa lectura?

Fui una niña muy mimada, no por mala fe, sino porque mi familia pensaba que esas mentiras eran lo mejor para mí. Por azar, mi hermano Sandrino me dio a leer a Joseph Zobel. Mi madre nunca habló criollo, nunca me contó un cuento en criollo. Descubrí tarde la verdad sobre las Antillas, por eso no puedo evitar hablar todo el tiempo de eso. Durante mucho tiempo, Zobel fue mi escritor de cabecera.

¿Ha sufrido usted el racismo, ha sentido cómo la miraban de forma diferente por el color de su piel?

Sí y no. Era algo que no me preocupaba durante mi época anticolonialista, cuando estaba más comprometida con eso. Ahora, por ejemplo, al recibir el premio Nobel alternativo de Literatura, cuando he ido a Guadalupe a celebrarlo, muchos compatriotas pensaban que Francia podría hablar más del premio o darle más importancia. Me da igual. No me considero francesa, así que me parece normal que no hablen tanto de mí o de mis premios como lo harían si se tratara de un escritor enteramente francés. Francia es uno de los países más racistas del mundo.

¿Incluso más que Estados Unidos?

Igual de racista. En América, los negros siempre han luchado, no hay más que ver lo que lograron con la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos. Sin embargo, en Francia los negros nunca han sido una verdadera comunidad. Incluso ahora, que el antiislamismo está a flor de piel, ni siquiera el odio francés se dirige hacia los musulmanes negros, porque no somos una comunidad, nunca hemos sido una fuerza en Francia. En ese sentido, nuestras reacciones siempre han sido menos fuertes.

Las mujeres de su familia han sido un referente para usted. Además del libro que escribió recordando a su abuela, en este «Corazón que ríe, corazón que llora» describe a su madre como «mi mañana, mi mediodía, mi medianoche, mi palabra, mi canción». ¿Cree que las nuevas generaciones, las mujeres jóvenes, estamos a la altura de ellas, de nuestros antepasados?

Las mujeres están luchando. Miro a mis dos hijas y a mis tres nietas y veo que están luchando, que lo hacen lo mejor que pueden y son unas guerreras que no aceptan cosas que, a lo mejor, mi generación sí aceptaba.

¿Está orgullosa de ese nuevo movimiento feminista que ha resurgido en los últimos años?

No hemos conseguido aún todas las cosas por las que hemos luchado. Hay muchos combates que están todavía en curso. Por ejemplo, parece ser que los hombres todavía silban a las mujeres en la calle…

Ojalá sólo fuera eso…

Yo creía que eso ya se había terminado. Estoy orgullosa de las luchas que se están llevando a cabo, pero los combates siguen en curso. Si tuviera que volver a empezar, si pudiera dar marcha atrás, hoy sería más violenta de lo que lo fui en su día.

En el libro asegura que cuando descubrió a los grandes poetas clásicos como Keats, Byron o Shelley empezó a comprender que sólo del sufrimiento se alimenta la creatividad. ¿La suya también?

Por desgracia, sí.

¿Y alguna vez se ha arrepentido de algo, a lo largo de su carrera?

No, no me arrepiento de nada. Quizás, de no haber sido a veces más violenta. A veces he sido muy tolerante y un poco de agresividad no viene mal, hay que defenderse.

¿Sigue teniendo fuerzas para escribir?

No lo sé. Lo último que he escrito ha sido un libro para mi nieta de once años, Serena. Veremos si vuelvo a tener fuerzas para escribir…