Una de las últimas imágenes de Pío Baroja, tomada por Alfonso, antes de su muerte el 30 de octubre de 1956 - ABC

Pío Baroja, el último inédito de un clásico

El 5 de noviembre se publica su novela «Los caprichos de la suerte», cuyo original se conserva en Itzea

VERA DE BIDASOA (NAVARRA) Actualizado: Guardar
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En diciembre de 1949, Pío Baroja confiesa a su amigo Eduardo Ranch Fuster su intención de escribir una trilogía sobre la Guerra Civil. Aquel deseo manifiesto se tradujo en «Los saturnales», cuya primera novela, «Miserias de la guerra», sufrió, como el autor se temía, las embestidas de la censura y no pudo ser publicada hasta 2006. Casi diez años después, y tal y como adelantó ABC Cultural, ve por fin la luz «Los caprichos de la suerte», la última novela inédita de Baroja, perteneciente a la mencionada trilogía y que, hasta ahora, había permanecido custodiada en la biblioteca de Itzea, el caserón de la familia Baroja en Vera de Bidasoa (Navarra). como adelantó ABC Cultural«Los caprichos de la suerte»había permanecido custodiada en la biblioteca de Itzea

A siete kilómetros de Guipúzcoa y cinco de Francia (la carretera que lo bordea fue la que tomó Baroja en su precipitado exilio a Francia, en julio del 36), el caserón encierra los secretos de una familia cuya historia es, también, la de la España del siglo XX. En la segunda planta, entre los 16.000 ejemplares que conforman la biblioteca de Pío Baroja, está el manuscrito de «Los caprichos de la suerte», mecanografiado por José García-Mercadal y con anotaciones y hojas sueltas añadidas por el propio escritor, que escribió la novela en Madrid.

José-Carlos Mainer, autor del prólogo del libro, y Ernesto Viamonte Lucientes, responsable de la edición, trabajaron cuatro meses con el manuscrito, teniendo que «hacer, a veces, ejercicios de paleografía», según confiesa, mientras pasa con sumo cuidado las páginas de la obra Pío Caro-Baroja, sobrino nieto del escritor. La carpeta que lo contiene, en tonos grises y atada por un par de cintas rojas, lleva una etiqueta en la que se puede leer: «Carpeta nº10. Pío Baroja. Novelas de la guerra- Los caprichos de la suerte. III Parte (A la desbandada)». En la biblioteca se conservan otros inéditos de Baroja que en un futuro podrían ver la luz: «escritos misceláneos, semblanzas, algunas cosas menores» y el epistolario entre el escritor y su hermano Julio durante la guerra.

La novela, de la que Espasa lanzará el 5 de noviembre una primera edición de 15.000 ejemplares, cuenta la historia de Luis Goyena y Elorrio (alter ego del escrito vasco) quien, cansado de una contienda que se antoja eterna, huye de Madrid a pie hasta Valencia y de ahí marcha a París, para finalmente poner rumbo a América. Es en ese final donde estriba el simbolismo de la novela, ya que Baroja, a su vuelta del exilio, optó por quedarse en España. «Tenía ya muchos años y no se sentía con la capacidad de empezar una nueva vida de cero. De alguna manera, quería recuperar su vida anterior en Madrid», explica Caro-Baroja. Y, sobre todo, no quería correr la misma suerte que el protagonista. Las últimas líneas del libro lo ponen de manifiesto: «Elorrio hacía artículos y traducciones para vivir con modestia».

La censura

«En su momento, era impublicable», reconoce Caro-Baroja, y en el año 72, cuando se empieza a recuperar toda la obra de Baroja, «tampoco se podían sacar estas cosas». «Es muy sintética, Baroja en estado puro, contundente, no oculta ningún tema. Es el crepúsculo de la vida de un escritor, pero eso no quiere decir merma de facultades», se justifica el sobrino nieto del escritor. Lo hace flanqueado por unas paredes que, sin hablar, lo dicen todo, pues llevan escuchando más de un siglo. Por el comedor («Buena casa para fábrica o convento», rezaba el anuncio que captó la atención del padre de Baroja) pasó lo más granado de la cultura española del último siglo: Ortega y Gasset, Marañón, Sebastián Miranda… Todo se conserva como estaba entonces, incluso la plañidera gótica que Azorín le dio a Baroja porque consideró que era de mal fario para su matrimonio.

Cuando estalló la Guerra Civil, la familia seguía las noticias por la radio, junto a la chimenea, que aún humea, avivando los rescoldos de un pasado que, una vez más, se hace presente en la literatura. «Baroja creía que estaba en una posición de distancia, de neutralidad, pero el 22 de julio de 1936 se da cuenta de que él, por todo lo que había escrito, sobre todo contra el tradicionalismo, no estaba impune». Aquella tarde, cuando lo apresaron y estuvo a punto de ser fusilado, se dio cuenta «de la gravedad del asunto. Era antirrepublicano, no tenía fe en que los actores principales de la época, tanto los militares como los políticos, fuesen a solucionar España», remata su sobrino nieto. Era «un individuo puro», con «muchas contradicciones», y en «cada momento tuvo una idea sobre los distintos aspectos de la política, pero decía lo que pensaba». Esta vez, por suerte, el único juicio les corresponderá a los lectores.

José-Carlos Mainer, autor del prólogo del libro, y Ernesto Viamonte Lucientes, responsable de la edición, trabajaron cuatro meses con el manuscrito, teniendo que «hacer, a veces, ejercicios de paleografía», según confiesa, mientras pasa con sumo cuidado las páginas de la obra Pío Caro-Baroja, sobrino nieto del escritor. La carpeta que lo contiene, en tonos grises y atada por un par de cintas rojas, lleva una etiqueta en la que se puede leer: «Carpeta nº10. Pío Baroja. Novelas de la guerra- Los caprichos de la suerte. III Parte (A la desbandada)». En la biblioteca se conservan otros inéditos de Baroja que en un futuro podrían ver la luz: «escritos misceláneos, semblanzas, algunas cosas menores» y el epistolario entre el escritor y su hermano Julio durante la guerra.

La novela, de la que Espasa lanzará el 5 de noviembre una primera edición de 15.000 ejemplares, cuenta la historia de Luis Goyena y Elorrio (alter ego del escrito vasco) quien, cansado de una contienda que se antoja eterna, huye de Madrid a pie hasta Valencia y de ahí marcha a París, para finalmente poner rumbo a América. Es en ese final donde estriba el simbolismo de la novela, ya que Baroja, a su vuelta del exilio, optó por quedarse en España. «Tenía ya muchos años y no se sentía con la capacidad de empezar una nueva vida de cero. De alguna manera, quería recuperar su vida anterior en Madrid», explica Caro-Baroja. Y, sobre todo, no quería correr la misma suerte que el protagonista. Las últimas líneas del libro lo ponen de manifiesto: «Elorrio hacía artículos y traducciones para vivir con modestia».

La censura

«En su momento, era impublicable», reconoce Caro-Baroja, y en el año 72, cuando se empieza a recuperar toda la obra de Baroja, «tampoco se podían sacar estas cosas». «Es muy sintética, Baroja en estado puro, contundente, no oculta ningún tema. Es el crepúsculo de la vida de un escritor, pero eso no quiere decir merma de facultades», se justifica el sobrino nieto del escritor. Lo hace flanqueado por unas paredes que, sin hablar, lo dicen todo, pues llevan escuchando más de un siglo. Por el comedor («Buena casa para fábrica o convento», rezaba el anuncio que captó la atención del padre de Baroja) pasó lo más granado de la cultura española del último siglo: Ortega y Gasset, el mencionado Marañón, Sebastián Miranda… Todo se conserva como estaba entonces, incluso la plañidera gótica que Azorín le dio a Baroja porque consideró que era de mal fario para su matrimonio.

Cuando estalló la Guerra Civil, la familia seguía las noticias por la radio, junto a la chimenea, que aún humea, avivando los rescoldos de un pasado que, una vez más, se hace presente en la literatura. «Baroja creía que estaba en una posición de distancia, de neutralidad, pero el 22 de julio de 1936 se da cuenta de que él, por todo lo que había escrito, sobre todo contra el tradicionalismo, no estaba impune». Aquella tarde, cuando lo apresaron y estuvo a punto de ser fusilado, se dio cuenta «de la gravedad del asunto. Era antirrepublicano, no tenía fe en que los actores principales de la época, tanto los militares como los políticos, fuesen a solucionar España», remata su sobrino nieto. Era «un individuo puro», con «muchas contradicciones», y en «cada momento tuvo una idea sobre los distintos aspectos de la política, pero decía lo que pensaba». Esta vez, por suerte, el único juicio les corresponderá a los lectores.