Detalle de una ilustración de Alan Lee para «La caída de Gondolin»
Detalle de una ilustración de Alan Lee para «La caída de Gondolin»
LIBROS

El último cuento perdido de la Tierra Media

«La caída de Gondolin» es la versión definitiva de uno de los grandes relatos de J. R. R. Tolkien, un capítulo más de la lucha entre la luz y las tinieblas con bellísimas ilustraciones de Alan Lee

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Cualquiera que haya leído El Silmarillion ha soñado con Gondolin, la deslumbrante y misteriosa ciudad oculta entre las montañas, construida por los elfos Noldor que se rebelaron contra el poder divino y huyeron desde Valinor hasta la Tierra Media. Ha imaginado sus murallas de piedra y las altas torres que se elevan sobre pináculos resplandecientes, sus escaleras de mármol orilladas por esbeltas balaustradas que reciben el frescor del agua pulverizada de las cascadas que bajan hacia el valle. «No creía que los hombres pudiesen contemplar cosas como esas en las visiones de sus sueños, tal era su asombro ante la gloria de Gondolin», escribe J. R. R. Tolkien.

Los fans de la mitología del viejo profesor de Oxford están de enhorabuena: he aquí la versión extendida y definitiva de uno de los grandes relatos que conforman El Silmarillion. Y también el postrer capítulo de una serie de «inéditos» que han ido apareciendo en los últimos cuarenta años, cuentos singulares, baladas, poemas, manuscritos que fueron descartados a la espera de que el perfeccionista Tolkien diera con un texto a su gusto. Si hacemos caso esta vez a Christopher, hijo y albacea del autor, no saldrán a la luz más tesoros escondidos en el archivo de su padre. Ya quiso dar carpetazo cuando editó Beren y Lúthien, la historia de amor entre un hombre mortal y una princesa elfa que se inspira en la que vivió el propio escritor con su esposa Edith. Un homenaje a sus progenitores, un bello relato in memoriam. Pero aquella presunción resultó errónea. Ahora, Christopher asegura en el prefacio: «Debo decir que en mi nonagésimo cuarto año La caída de Gondolin es (fuera de toda duda) mi último libro». Deseo compartido. No sería de recibo que, en el futuro, un nieto o bisnieto de Tolkien continuara rescatando borradores sin ton ni son.

Así, con La caída de Gondolin se cierra un ciclo que comenzó con Los hijos de Húrin y continuó con Beren y Lúthien, y hay que decir que su pertinencia está fuera de toda duda, y no solo para los muy cafeteros. El cuento -con esa prosa entre épica y poética tan característica en Tolkien- se despachaba en media docena de páginas en El Silmarillion, mientras en este volumen se recoge el relato original, la última versión y un capítulo donde Christopher explica la evolución de la historia. Morgoth, el primer Señor Oscuro, a quien se le opone Ulmo, el poderoso vala protector los pueblos de la Tierra Media, descubre gracias a una traición dónde está Gondolin y lanza sobre ella un ejército de maléficas criaturas y máquinas (la añoranza por una época pre-mecánica y la aversión por los artefactos que invadieron la «comarca» de su niñez -Sarehole, una aldea cercana a Birmingham- siempre estuvieron presentes en la obra de Tolkien). Como en todo su legendarium, la eterna lucha entre la luz y las tinieblas suele saldarse con derrota, pero «el amanecer es siempre una esperanza para el hombre». En los exiliados de Gondolin radica esa promesa.

Mucho antes de que El Hobbit o El Señor de los Anillos vieran la luz, Tolkien empezó a trabajar en la que él pensaba que iba a ser la gran obra de su vida. En 1917, mientras se recuperaba en el hospital de la fiebre de las trincheras -enfermedad transmitida por los piojos- que contrajo en la batalla del Somme, escribió los poemas que servirían de base a los cuentos de El Silmarillion. En mayo se estrena en los cines un biopic que narra ese momento de cruel epifanía que supuso para Tolkien la Gran Guerra. La caída de Gondolin, editado con el mimo habitual por Minotauro, con ilustraciones de Alan Lee, el artista que junto con John Howe y Ted Nasmith mejor ha plasmado ese universo secundario «creíble», es el último de los cuentos perdidos de la Tierra Media, el recordatorio de que la ruina alcanza incluso a las cosas más bellas y que no estamos sujetos para siempre a los confines del mundo.